Fragmento
La escena representa la buhardilla de una supuesta pensión. Sobre una tarima que permitirá diferentes planos de actuación estará una cama en la que aparecerá echado OSO, el único personaje visible de la acción. En un lateral, armario sobre el que habrá botellas vacías. Junto a la cabecera, la clásica mesa de noche sobre la que estará una palmatoria con vela. En el suelo, junto a la cama, un pequeño acordeón. Esparcidas de un lado para otro, diversas prendas, entre las que estarán las botas, camisa, etc. Sobre el perchero, las muestras de un atuendo muy “hippie” y actual; junto a la mesilla de noche, un transistor, y presidiéndolo todo, el póster en color de una muchacha muy desafiante y sin rastro alguno de prejuicios. El telón puede aparecer abierto desde que el público comienza a entrar a la sala. El escenario estará casi a oscuras, y solo una luz tenue iluminará la cama donde OSO duerme ajeno a todo. Una música casi espacial comenzará a escucharse, y tras unos momentos, una voz en “off” que dirá muy pausadamente.
VOZ EN OFF.— Frente a la redondez del mundo, el hombre tuvo siempre un camino recto. Un camino de virtudes para desandarlo a ciegas. El hombre no puede perder su ruta; el hombre tiene que permanecer en la recta, si no quiere salirse, angustiosamente, del mundo.
(OSO comienza a moverse en la cama. Sobre los compases musicales se eleva una voz en “off”, esta vez femenina).
VOZ FEMENINA EN OFF.— Destierra la osadía, vive con la seguridad del lagarto. No hagas nada nuevo; no intentes nada nuevo. ¡Viva la rutina! ¡Viva, vive la rutina!
(La música espacial arrecia hasta confundirse con una música negroide, esquizofrénica, que va subiendo desconcertante, cada vez más estridente, molesta, mientras OSO se revuelve en la cama hasta que, acosado por la música atronadora, salta desencajado, gritando).
OSO.— ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! (Entre furioso y llorando se dirige a la mesa de noche y enciende la palmatoria. Con ella encendida adelanta hacia el público y dice como roto). ¡Sí, basta! Al diablo quien lo dijera, pero “no hay mayor mal que desesperar a un joven”. ¡No se puede desesperar a un joven! (Está descalzo, sin camisa, solo con un pantalón vaquero a media pierna, tal como estaba echado. Tras una pausa en la que parece reflexionar se dice). Aunque yo tampoco deba ser un gruñón. Por eso me gustaría reírme a carcajada limpia. (Riendo con risa nerviosa). Me gustaría reírme… (Al público). Pero no se rían ustedes… (Transición). O ríanse, ríanse mucho si lo desean así. Quizá sea la única oportunidad que tengan para reír sin motivos.
(Se dirige a la mesa de noche y deja la palmatoria. Se ha quedado en cuclillas un momento, en el escenario se ha hecho más luz. De súbito se vuelve, encarándose con alguien imaginario).
¿Que de dónde vengo…? ¿Y a ti qué te importa de dónde vengo? ¿Que te importa…? (Reaccionando). Pero es conveniente que alguien lo sepa. (Se sienta sobre la cama, con las piernas cruzadas, a estilo hindú, y recita con una mano en el pecho y otra en plan doctrinal). Según los sacerdotes antiguos, la enfermedad y el pecado venían a ser una misma cosa.