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Orlando Hernández Martín

De Teo juega al tenis con las galaxias

Fragmento del primer tiempo

El escenario estará totalmente abierto hasta que se ilumine para el comienzo de la acción. Con fondo de telón negro habrá en el lateral izquierdo una especie de mampara o biombo de madera, sin pintar, supuesto almacén de MOISÉS. En el lateral derecho, árbol, también de tronco y hojas secas, a cuyo pie estarán acostados EMMA y LUIS. Muy cerca, un banco o poyo al igual que otros diversos planos, desde donde se moverán los distintos personajes en el transcurso de la acción. Con ambiente propio de amanecer se va haciendo lentamente la luz.

MOISÉS.— (Asomando por la mampara). ¡Luz, sí, que se haga la luz, como si fuera el primer día de la creación! (Saliendo). Jamás he podido comprender cómo se atrevieron a revelarse los ángeles malos. Dicen que gritaron: “Seremos como dioses, no le serviremos”, y se quedaron tan campantes. Pero lo que yo digo: esos ángeles tenían que estar locos. Locos y cabrones, lo que yo digo, verdaderas calamidades. (Mirando hacia el rincón donde con luz aún tenue se revuelven bajo una manta LUIS y EMMA). ¡No os apuréis, muchachos, las horas libres hay que aprovecharlas tanto como el tiempo de trabajo! No hay que apurarse, las energías hay que guardarlas para cuando hacen falta.

LUIS.— (Revolviéndose). Ya está bien de sermones; cállate de una vez, que no sabes sino hablar.

MOISÉS.— (Queriendo resultar amable). Hablar es lo que hace falta para poder defenderse. En cambio tú, como no tienes que quejarte de nada, puedes pasarte la vida totalmente callado. (Acercándose). Siempre tendrás quien te cuide.

EMMA.— (Incorporándose). ¡Iros a la porra! ¿No os parece demasiado temprano para repetir las mismas monsergas?

MOISÉS.— (Sorprendido). ¿Y a ti no te parece también excesivo que tengas que dormir siempre acompañada?

EMMA.— Esas son cuestiones mías, cerdo.

MOISÉS.— Sí, ya; cuestiones personales en las que nunca debí meterme. Perdona.

EMMA.— A cualquiera se le ocurre despertarnos tan de mañana.

MOISÉS.— Es verdad, que para los enamorados no cuenta el tiempo.

EMMA.— Déjate de cursiladas, por favor, que con el sueño no se juega. ¡Qué pelma! (Vistiendo un mini pullover que tiene a su lado).

MOISÉS.— Pero, cómo, ¿vas a levantarte tan temprano?

EMMA.— (Sentada, peinándose). Sí, petardo, ¿o es que acaso no te acuerdas de que aún teníamos “trabajo”?

MOISÉS.— Pues se me había olvidado. Pero algo echaba de menos, porque apenas si pude dormir, obsesionado con ver la amanecida.

EMMA.— ¡Obsesionado con la amanecida tú! ¡No me hagas reír! ¡Lo que pasa es que no has podido dormir pensando en tus ganancias! (Sacudiendo a LUIS y besándole la boca). Ponte en pie, que de pie también se puede dormir. ¡Como los árboles! (Le enciende un cigarro y se lo pone en la boca).

LUIS.— (Incorporándose, adormilado). ¿Hay muchos “compradores”?

EMMA.— Algunos habrá; compradores no faltan nunca. El asunto es salvar la mercancía.

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