La despertó el frío. Se incorporó tiritando, y se puso sobre los hombros la raída manta de cuadros que llevaba sobre ella.
Por primera vez sintió miedo, e hizo esfuerzos por no llorar, aunque le parecían muy tristes los rugidos que daban sus tripas. Sonaban como si alguien rasgara las cuerdas de una guitarra sin tener ni idea.
Pensó en una sopa caliente, en un muslo de pollo y en unas uvas de verde dorado que se deshacían dulcemente en la boca.
En esas andaba, arrepentida de su aventura, con unos lagrimones bajándole por la cara sucia – porque hay que decir que tenía unos churretes e las mejillas que la hacían parecer un bandolero -, cuando oyó unas maldiciones.