Ojos de gata Christie
Odiaba las barras que se movían. Maldito vaivén. Ni que fuera el pasajero de un trasantlántico de lujo. Allí se veía: el flequillo salpicado por el viento, la espuma remoloneando por la quilla de un barco acostumbrado a destripar tanto mares azules como ricos de cuento habitan en la fantasía. Ricos que nunca van a ningún lado.