Aquella mañana, ella
abandonó la casa como si no pasara nada.
Era tan solo otro día más de vestirse y
tomar el café caliente
con los ojos aún rendidos por el sueño,
con los ojos pesados,
no por el llanto
o malos recuerdos que cruzan fugaces.
Se pasó la mano por la frente,
pero no para ahuyentar
fantasmas.
Frente a la luz, le lloran los ojos,
pero no de tristeza,
de algo inconsolable
que recordara de pronto.
Caminaba y tropezó con los últimos
borrachos de la noche
y los miró con pena,
pero no como quien piensa
en alguien amado,
acodado en una barra,
bebiendo con premeditación
y sin excusas
y finalmente atravesó una calle.