Un pluma roja
La boca se le hizo agua y eso que agua era precisamente lo que le sobraba.
Vivía Cara de Sapo en una casa mojada y, en el interior de aquella charca que a nosotros nos parece pestilente, abundaban las arquitecturas líquidas. Casa con ventanas, con puertas con corrientes de agua. Un puente acuoso, inaccesible a los ojos humanos, por los que se demoraban algunas especies anfibias.
Les parecerá exagerado si les digo que en las charcas se esconden pequeñas venecias, un mundo de canales y de barcarolas que a nuestros ojos parecen amarillentas hojas de árboles arrastradas por el viento, hundidas por el peso de alguna oruga muerta.
Se le hizo la boca agua, aunque había mucho de aquello por todas partes. Y es cuando habló de la pluma roja, a la que no había visto en su vida, pensó en el jornalero guapo que pasaba todas las tardes por aquellos contornos. Le tenían un odio cerril, africano.