¿Por qué lloras?
¿Por qué lloras?, le preguntó la madre al niño. El pequeño gimoteaba más desconsolado que otros días de camino a la guardería.
La madre tenía prisa. Iba a paso rápido y miraba el reloj con impaciencia.
Pensaba que ojalá no tardara mucho en encontrar un taxi.
El niño siguió llorando por pura inercia.
¿Qué te pasa ahora?, preguntó la madre sin perder la paciencia.
El pequeño se quedó alarmado, por unos momentos, porque ya había olvidado los confundidos ojos azules del mendigo que tanto se le habían parecido a los de su padre.