“La luna, que sus mayores llamaban ayer, nunca era la misma. Gorda como una oveja o minúscula como un higo al que se le acaba de dar un bocado.
“Sansofi, sé bienvenida” – decía ella-.
La que estaba allá arriba nunca decía nada.
“¿Vas a seguir siempre ahí” – insistía la niña-.
“¿Estarás también mañana, cuando tenga que ir a estudias con la maguada?”
La luna parecía parpadear, pero no. Era que pasaba una de esas nubes oscuras que de repente atraviesan el cielo.
“¿Por qué no bajas y te sientas a charlar un rato conmigo?”