La penúltima vez en que volvía a verlo y hablar con él resultó decisiva en mi vida. Sí, ya todo cambiaría definitivamente para mí, ya nada será igual. Ocurrió ello en uno de los bares que hay tras los alrededores del Mercado Viejo, y le encontré bastante más remozado de lo que yo podía suponer.
Hace unos ocho o nueve años de aquel crucial encuentro, señor Víctor. Ahora lo vi de lejos la semana pasa en el estadio: llevando él un sombrerote mexicano charro para la molestia de los espectadores traseros. Y fue esta segunda vez también decisiva para mí, pero al contrario que en la anterior: ¡lo que son las improvisaciones caprichosas de la vida!
Sí, él pareció no darse cuenta de mi presencia en la grada varios escalones arriba por la izquierda. Creo que se encontraba solo y yo le creía muerto, ignoro por qué. Se llama Teodoro, aunque le llamábamos Doro, y supe fidedignamente que se trataba de él, sin duda.