Los dos quedamos fuera, amparándonos en la línea de sombrea que pudimos encontrar, contra el muro.
Cuando eso, todavía éramos jovencitos y habíamos llegado tarde otra vez. Nos costaba mucho cumplir nuestras obligaciones.
La enorme puerta estaba cerrada por dentro; ya lo sabíamos. Y toqué golpeándola con un tenique, pues con la mano me dolería.
También sabíamos que nadie vendrá a abrir de inmediato y tendríamos que esperar, como siempre.
“Usted no tiene vergüenza” —desde la ventana más alta gritará el Chillón un cuarto de hora después de haber yo golpeado un portón. “Usted no sabe guardar respeto”, volverá a decir cuando nos percata encuclillados y jugando con los orines a hacer riachuelos.
Siempre se dirigirá a nosotros dos en singular. El Chillón parecía desconocer el plural. Al menos nunca se lo oiré. “Usted no cumple su obligación”, y desapareció de la ventana.
Por aquel entonces, con poco más de veinte años él amaba a una cabrita rucia que le hubo regalado para Pascua Florida un hijo grande de también Andreíta Casiana.