Jugábamos al trompo en el solar de los Calderines, ya por las vacaciones de verano. Y, nada más recibir el comunicado, arrancamos corriendo hacia las cuevas del Baladrón. Allí, en la suya tan grande, se disponía Cesarito Dávilas a comenzar su primera siesta, la siesta de media mañana tras unos vasitos de ron con pejines y chochos en la tienda de Ferminito Ñeca y acompañado de don Adolfo, el barbero.
Estaba Cesarito echado sobre un jergón que había a ras de suelo y fumaba tabaco fuerte. Nos vio al contraluz de la entrada siempre abierta durante el día, y volvió a susurrar con su voz enronquecida por el ron y los madrugones:
“De la gente, en su casi total mayoría, puede decirse que es buena; pero se comporta mal porque resulta más fácil ser malo, ¿o no, usted?”
Era la última moda que usaba el cabrero para dar la bienvenida o saludar por aquel entonces. Cuando nos escuchó llegar subiendo por la ladera, se había medio incorporado hacia el costado derecho.
Yacía Cesarito Dávilas en la zalea de cabra gigante que cubría el jergón. Y lo flanqueaban sus dos bardinos, ya tendidos sobre el suelo de tosca y mirándonos medio traspuestos de modorra. Cesarito Dávilas acostumbraba darles su poquita de ron dulce para que los animalitos fueran felices en el sueño.