Siete Sitios queda dentro, de una hoya. Queda tras aquellas cumbres pelonas.
Siete Sitios, sabe Dios que no miento, se me antoja cada vez más lejos. Además de que allí no perdona la calor y ni están para tales trotes estas piernitas de uno.
En Siete Sitios vive Andreíta Casiana, la mejor de mis madres. “Iré a morir donde mi sangre” y recaló en Siete Sitios. Dice que más vale solita y con Dios. Y se acomodó en lo alto del cafetí Moruna, que sube por detrás, independiente. “A nadie molestaré”, y volvió a coser ropa de hombres, nada de familias conmigo, dos ayudantas jovencitas y sin malcriadeces. Duerme en el rincón fresco, bajo la mesa de planchar. Sobre una zalea de camello duerme, dice que le alivia los riñones.
Muy de tarde en tarde, ya le dije. Me daba un saltito a Siete Sitios, con la fresca, y la visitaba. Andreíta Casiana, la mejor de mis madres, se me dejaba besar la mejilla izquierda, la más sudorosa y amarga. Luego me hacía sentar en el taburete de los hombres que esperan por la prueba de la chaqueta o del pantalón. Sabía que me gustaba el agua de nogal muy dulcita y con gofio y queso duro picado. Nunca fue regalona en balde. Pero siempre me obsequió sin remilgos y tuvo debilidad difícil para conmigo. Seguro que sería por mi asunto, ya usted sabe.