Ese afán conscientemente subconsciente —las más de las veces— de delimitarnos, de estancar esa indómita energía que, lo admitamos o no, nos rezuma y desborda, llega a encontrar un algo de sucedáneo en la palabra encarcelada, engrillada y amordazada, es decir: en la poesía.
Ahora se rasca la coronilla, levanta una caspa grasienta que se adhiere a las uñas.
El colombiano Camilo Torres decía que la agresividad social se encuentra en aquellos países donde hay frustración de aspiraciones.
Se mira las uñas con caspa; con la uña del índice de la otra mano las limpia: Tengo que lavarme la cabeza. ¿Dónde no hay frustraciones?
Nada, que esa comezón que nos invade consigue frecuentemente en los cobardes, en los poetas, una ensoñada escaramuza erótica —propia de los débiles, claro— y, con melindres barnizados de hambre justiciera, surge el balbuceo de la impotencia, del medio decir, del vacuo y gangrenado hilvane al ropaje de cuando llamamos sentimientos, ideas, ¡pobres vivencias metefisicadas!
¡Qué razón tiene Virginio Mendoza cuando canta aquello de dime lo que comes y te diré lo que…!, ¡carajo, cómo me pica la dichosa cabeza!
Vuelve a rascarse, cada vez más sañudo. Creo que se acabó el caspiselenio, malhaya sea.