No puede haber encuentro. Jamás lo hubo, jamás podrá haberlo. ¡Qué me gustaría decir lo contrario! ¡Cuánto daría yo por mantener erguida la esperanza!
Donde solamente se ha pretendido, se pretende y se pretenderá la rapiña, no podemos hallar encuentro, solidaridad: no. Donde se buscó y logró el exterminio y la sumisión, la perenne miseria y el pertinaz desamparo, la fría liquidación de millones de humanos, no podemos ejercer el abrazo fraternal: no.
La angustia inmisericorde nos vendrá en lo otro, en lo supuestamente complementario, en lo realmente sustentador, en lo esencialmente radical, en la imposibilidad. Nos viene aquí: hay un capitalismo feroz, con objetivo sencillamente feudal, totalmente alejado de la industrialización emancipadora, vivificante; hay un ultraCapitalismo oligárquico que casi todos tenemos asumido en lo más profundo de nuestra conciencia.
Es un ultracapitalismo demoledor de todo progreso dignificante y que sustenta monarquías, seudorrepúbicas militarizadas en defensa de las inmensamente poderosas mafias ultrabancarias, teocracias de risa si no fuera por su infinita crueldad, democracias engañosas en que el colectivo renuncia a toda participación verdaderamente política, eligiendo sólo burócratas policiales corruptos corruptores.
Aplaudimos a los tiranos. Nos adiestran desde la cuna a que les envidiemos y les respetemos. Nos han hecho perder y hacemos perder sutilmente el instinto de justicia, la fe en la solidaridad, el repudio a la ignominia.
Es lo esencial ahora para los poderosos, para ese engranaje fatídico que intenta dominar la política mundial: adiestrarnos en la aceptación de la situación injusta, ver ésta como única mejor. Se le llama “pragmatismo”.
Y a algunos de sus privilegios títeres ponen corona, ponen galones, ponen bandas honoríficas, ponen diplomas y premios nobeles, ponen halagos y mucho dinero y vanidad publicitaria para su obra científica, de arte o literaria.