No dejaron el muerto un sábado a mediodía.
Recuerdo que había mucho solajero, que era un sábado de gente para la playa y el barrio casi vacío, ya en vacaciones los chiquillos de la escuela del rey. Cuando lo dejaron, mi madre empezaba a preparar el sancocho con cherne de todos los sábados.
Estaba solita en casa, en la habitación chica, y a oscuras. Acababa de ajuliar para fuera las moscas del mediodía. Mi madre parecía rezar, siempre con un millo en la boca.
El abuelo Ignacio Perpetuo había subido al otro lado de la loma, donde las cuevas del Baladrón. Mi padre, ese día, tenía que haber regresado ya, pero la mala marea lo retrasaba, nos habíamos acostumbrado a ello.