CAPÍTULO VI (Fragmento)
El suave rumor de las hojas secas del tabaco se mezclaba con el crujir frío del metal que las cortaba. Murmullos de palabras sueltas. Miradas furtivas. Sonrisas llenas de traviesas picardías. El olor trastornaba. Era espeso y penetrante. Parecía que se adhería a las ropas, a la piel…
En los haces brillantes que creaba el sol que entraba por los altos ventanales de la estancia danzaban, como pequeños destellos de luz, las motas de polvo. Rozaban apenas las cabezas de los hombres y mujeres que trabajaban en silencio, los sumergía en una atmósfera casi irreal. Se podía paladear el aire denso. Las manos se movían rápidas y automáticas sobre la mesa negruzca.
Álvaro fumaba apoyado en el portón de la entrada. La madurez había salteado de canas sus cabellos oscuros en las sienes. Los ojos marrones, tras las gafas de pasta, escrutaban el local. Analizaba minuciosamente los movimientos de cada una de las trabajadoras. Celia, su mujer, pasó a su lado.
–¿No piensas trabajar en todo el día?
–Vigilo.
–¡Eso no es trabajar!
–Soy el amo.
–¿El amo?
–¡Calla, mujer!
–Siempre callar, callar…
–Respétame delante del personal.
–El respeto se gana, no se impone.
Era una mujer ya madura. Primero, hija; luego, esposa: siempre silencio, obediencia y trabajo callado. El rencor acumulado había apagado su belleza, mas detrás del aire de amargura se podían adivinar unos rasgos armónicos, que la hacían hermosa a pesar de la mirada de melancolía que siempre afloraba a sus ojos.
El olor aturdía.
El aire embriagaba.
La luz se teñía de marrón, se llenaba de efluvios cálidos. El olor ocre invadía los cuerpos, las paredes, las palabras. Alguien, al fondo, comenzó a cantar una habanera. Los trabajadores hacían el coro, las voces, el acompañamiento…