A ORILLAS DE LA REALIDAD (Fragmento)
Avanzando, avanzando, como una plaga silenciosa, la alfombra de plásticos sucios y putrefactos. La destrucción acechaba por las calles. Tapiaba las ventanas. Asfixiaba. Llovían botellas plásticas llenas de trozos de vidas. La basura inundaba el mundo, se comía la vida; sepultaba los campos, los edificios, las avenidas…
El plástico cambiaba la fisonomía del paisaje, cubriéndolo todo. Arrasando la yerba, los árboles, los campos… Las personas trataron escapar, pero no hubo solución. Se quedaron rodeadas y, poco a poco, el plástico se pegaba a sus cuerpos, se adhería a la piel. Embalsamados con los deshechos. Trataban de arrancarlos desesperados y se destrozaban, pues la piel y la carne estaban pegadas a él. Se desgarraban. Otros, se pudrían despacio baja aquella cáscara asfixiante.
Había salido del mar una ola de plástico enorme.
La civilización acabó engullida. Nadie podía escapar. Nadie podía evitar la tragedia que se acercaba.
La ola crecía.
Daniel corría cansado. Había deambulado mucho tiempo por caminos sombríos. Hacía días que no encontraba nada para comer. Lloró de rabia y desconcierto cuando descubrió lo que estaba pasando. Vagaba entre podredumbre sin saber a dónde iba a llegar.
Todo parecía arrasado. Pensaba que si seguía corriendo, podría encontrar a alguien que lo ayudase. La esperanza estaba en no pararse.
Vio a lo lejos un almacén abandonado. Aceleró la carrera. El corazón palpitaba con fuerza. Llegó agotado. Intentó entrar en él, aunque con cierto temor. Aquella estancia oscura era el único lugar en el que podía refugiarse, pues en un mundo derruido aún se mantenía en pie. Rodeó el edificio despacio. Iba tocando con la mano los muros, como si buscase algo que le explicara lo que había sucedido. Se paró, luego buscó con la mirada. No había ventanas y la puerta estaba cerrada.
Daniel suspiró. Miró hacia atrás, como si hubiese escuchado algo a su espalda. Tuvo que empujar con fuerzas el portón para poder traspasar el umbral. Cedió con un chirrido de maderas viejas. Un olor insoportable a podredumbre y enfermedad se extendió por los alrededores. Se tapó la boca y la nariz con la mano. Apenas podía respirar. Sintió arcadas. Olía mal, muy mal. El aire estaba viciado.
Estaba cansado y asustado.