BRAHIME Y EL BESO DE SAL
Cuentan en el desierto del Sáhara que la sal es un don de los dioses. Sin ella la vida es imposible, sin ella no existe el futuro.
Los pueblos que viven en la mar de arena sueñan con la mar azul. Allí los besos saben a sal.
Brahime vivía los campamentos de Tinduf, rodeado de aire amarillo, de calor, de caminos que no iban a ningún lugar, de nada. Siempre a la espera, en un mundo prestado. Vigilando la imaginaria puerta de entrada por si llegaba alguien. Sentados en las jaimas sin saber qué hacer con el tiempo soñaban con un país que algún día recuperarían.
En verano el aire quemaba. Entonces llegaban las caravanas para transportar a los niños. Los llevaban a Europa. Pasarían unos meses de alegría, conocerían otras familias, vivirían nuevas experiencias.
Él no había sido elegido hasta aquel año. Nunca había salido de la inmensidad amarilla. Sus hermanos enfermos habían ido otros veranos. Cuando regresaban parecían los artistas de las películas. Tenían ropas limpias, olían a jabón y perfume, hablaban como los personajes de los cuentos.
Llegó el esperado día. La gente lloraba y gritaba en la despedida. El viaje fue largo, cansado, misterioso. El avión voló más allá de las nubes. Brahime se agarró de los brazos del sillón. Luego durmió. Cuando aterrizó tenía la cabeza llena de sueños, de ideas, de imágenes. Podría al fin ver los centros comerciales, las ciudades llenas de coches y ruidos, los cines que fabricaban sueños. Quería un reloj, ir a la playa, balones de reglamento, ropa de marca y zapatillas y medicamentos para sus padres y una televisión y un panel solar… y deseaba un equipaje de fútbol completo.
Brahime salió el último del avión. Se restregó los ojos. Los colores lo abrumaron. Nunca había visto campos pintados de verdes, azules, violetas o rojos. Agarró con fuerza el atillo de tela que contenía todo su equipaje. Le temblaron las piernas. Abrió los ojos mucho, hasta que le dolieron.
El verdadero asombro no había llegado. No pudo hablar cuando entró a los lavabos del aeropuerto, salía agua por todas partes. Grifos, cisternas, tazas de water eran mágicos surtidores. Parecía cosas de hechicerías o de las películas. Sólo con tocarlos brotaba agua. Pensó en los que jamás habían salido del mundo de arena. Juró que llevaría el agua al desierto.
A partir de aquel día empezó Brahime su investigación. Quería saber dónde nacía el agua. Si lograba llevarla hasta el desierto los suyos no estarían tan tristes.
Le divertía vivir con aquellos desconocidos. Tenían extrañas costumbres, comían raros alimentos, hablaban una lengua fea, tenían la piel muy blanca, pero eran amables y le empezaron a gustar. Le agradaba estar allí, pero le intrigaba el secreto del agua. Cada vez que abría un grifo se sobresaltaba. El agua que salía desbordada le producía una sensación inquietante. Era igual a lo que sintió el día que lo llevaron al circo y un hombre partió a una mujer en dos y luego la volvió a pegar. Aquella noche no durmió.
−¿De dónde viene el agua? −preguntó un día.
Nadie le dijo nada convincente. Se miraron y sonrieron. Brahime calló. Aquella noche soñó con mares embravecidos, con ríos desbordados, con aguaceros ruidosos.
Dos días después lo llevaron al mar. Estaba nervioso. Ya le habían contado cosas del mar los chicos que habían viajado el año anterior. Oyó su rugido de león dormido desde lejos. De pronto el mar apareció delante de sus ojos. Era azul, inmenso, cambiante. No bastaban los ojos para verlo.
−Dame la mano. ¡Ayúdame a ver el mar! −dijo Brahime con voz temblorosa.
Y agarró la mano blanquecina la manita morena, temblorosa, de uñas sucias, de piel seca. Y en un impulso se soltó y corrió hacia el agua azul adornada de ribetes blancos en la orilla.
Saltó con las olas. Bebió espuma. Persiguió peces. Aplaudió tratando de atrapar el agua. Salió horas después, temblando, con los dedos arrugados.
Unos días antes del final de las vacaciones, decidió arrancar el lavabo del baño. Quería llevarse el agua con él. Se inundó el piso. Se enfadaron. Luego rieron.
El día de la partida fue triste. Le regaron balones de reglamento, camisetas de su equipo de fútbol preferido, medicamentos, comida… Pero él sólo pensaba en llevarse el mar.
Llegó con camisa blanca, jeans rojos, zapatillas de marca… Parecía contento, pero en sus ojos se había metido el mar.
Nunca volvió a ser el mismo. Se iba sólo al desierto. Miraba al horizonte. Soñaba con el mar.
Un día, sentado en las rocas calcinadas, sintió tristeza. Recordó las olas, la espuma, los peces… Sintió que el mar azul que se había metido en sus ojos quería salir. Pensó en su pueblo esperando siempre llegar al mar.
Lloró.
Las lágrimas mojaron la arena. El sol se ponía en el horizonte. Pasó la noche llorando. La luna lo vigilaba en lo alto. Llegaron otros niños, se acercaron en silencio y lloraron con él. Y se unieron a ellos los padres, los abuelos y los tíos. Al amanecer de los pies de Brahime manaba un río. Sus ojos eran torrentes de lágrimas que se mezclaban en el torbellino que huía hacia la lejana costa.
El mar de los ojos de Brahime iba en busca del otro mar.
Cuentan que así nació un nuevo río en África. Un caudaloso torrente de sueños e ilusiones.
Aquel día bailaron en los campamentos. Se abrazaron y comprobaron que cerca del mar los besos saben a sal.