DIONYSOS
Rebuscó entre las cenizas de la mujer, amontonadas en el suelo duro. Lo encontró allí, medio chamuscado. Pataleando de frío y hambre. No tenía tiempo aún para crecer solo. El pequeño dios parecía tan desvalido que a medio formar aún lo incrustó en su muslo y allí moró hasta la hora de nacer.
La cólera y los celos en forma de rayo fulminante fueron los causantes de su doble nacimiento.
Un rayo de sol, cual bisturí astral, fue abriendo la piel pegada a la piel azul del blue jeans. Se fue rasgando lenta la carne tersa del muslo. Abultada por la presión, a punto de restañarse, se abrió la piel y el vello amarillo se cubrió de rojos. Un dedito débil salió de la carne dolorida y luego surgió la mano y el brazo amoratado. La cara del diosecillo y su cuerpo flaco. Con dificultad y dolor fue saliendo el divino rosado del muslo del dios.
El padre lo tomó en brazos y sonrió, con una sonrisa de triunfo. Una vez más los dioses podían asombrar a los hombres de mente escasa.
En la habitación blanca y gris del hospital, pasa ahora los días, después del parto feliz.
Mira durante horas la cicatriz del muslo derecho, tersa y brillante, a punto de crujir. O levanta la vista al techo, al lugar donde debía estar la lámpara… lo encuentran así y dicen que cada día está peor… Otros días encuentran escritos en las sábanas extensos dramas que nadie representará…
Algunos dicen que el alcohol lo está matando. Otros que delira. Alguien se ha atrevido a murmurar que es depravado. Todos decían que tenía los ojos vidriosos de los borrachos, pero, en realidad, su mirada estaba cansada de siglos.
−¡En estos tiempos ni los psiquiatras creen en los dioses!