CAPÍTULO III (Fragmento)
Hicham descansó bajo la delicada sombra de la higuera. El fresco lo adormeció lentamente. Vagando por los raros senderos de la ensoñación, comenzó a recordar. Imágenes, lugares, palabras acudían a su mente.
Había aprendido con el abuelo que lo más cotidiano se puede convertir en un hecho maravilloso. En su pequeña aldea se combinaba la creencia en el poder de la palabra para transmitir los conocimientos con los libros y las tecnologías del mundo actual. Todo comenzaba a ser diferente, a cambiar. Había que estudiar porque esas eran las nuevas normas del ministerio de educación. El patriarca de aquella estirpe siempre decía que los políticos estaban equivocados, no se podía imitar a los pueblos de Occidente, en el desierto la concepción del universo era diferente. Estaba de acuerdo en que tenían que cambiar. Pero cambiar no era imitar. Evolucionar no consistía en equiparar costumbres, modos de vida y modelos de comportamiento con otros pueblos alejados de ellos, que no comprendían las normas de la arena.
En los desiertos, en los mares y en las selvas no hay paredes.
Hicham respiró los aromas de las hojas y los higos que empezaban a madurar. Aquellos olores los llevaría siempre adondequiera que fuese o huyese. Era el olor de la felicidad. Sentía que lo cubría y que una especie de placer oscuro lo invadía. Sabía que el abuelo estaba detrás, que lo miraba. Hubiese asegurado que adivinaba los pensamientos. No le importaba. Así no tendría que hablar.
Recordó el pasado del abuelo. Sabía que él lo tendría que transmitir, en algún lugar, a alguien. Era una manera de perpetuar la memoria. Además, era una forma de contribuir al conocimiento de la humanidad. Los recuerdos, a veces, duelen.
El abuelo estaba tan cerca de él que sentía su respiración alentándolo. Ayudándolo a recordar.