Mr. Charles Honoré Bridoux y Lefébre era un francés nada menos que de París. El 9 de abril de 1835 nació su hija Victorina, pero a los pocos años Mr. Charles Bridoux marcha a Valparaíso por cuestiones de negocios y emprende a su vez, allá, el gran viaje que no tiene vuelta. Victorina y su madre vienen a Cádiz, tierra natal de esta.
Doña Ángela Mazzini, de ascendencia italiana, es la madre de Victorina Bridoux, nuestra muy querida amiga. ¿Qué diremos nosotros de esta virtuosa y culta dama? ¿Hemos de ensalzar en ese encantador lenguaje periodístico del siglo XIX, las dotes de esa señora madre?
Suponemos que los lectores habrán tenido ocasión de leer un discurso del siglo XIX. El encumbramiento de las ideas liberales de aquella época, las continuas luchas parlamentarias y políticas, el amor a la libertad y el odio a la tiranía despertó una vocación, un amor apasionado por el gran arte de la oratoria. Recordemos que Argüelles era llamado «el divino»; recordemos la fila enorme de ilustres hombres públicos que gozaban de un «pico de oro»; recordemos la gigante, grandilocuente, figura de don Emilio Castelar… ¡Divina oratoria del siglo XIX! Los artículos de periódicos eran discursos; las cartas que se escribían eran discursos; las conversaciones más vulgares eran discursos; los libros de don Marcelino Menéndez Pelayo, ¿no están escritos en el más solemne y florido estilo oratorio?
¿Qué decían aquellas cartas, artículos, libros, discursos del siglo XIX? Palabras, palabras, palabras. Nos ha venido sin querer, más aún, rehuyéndola, la famosa cita de Hamlet. Divinas, exaltadas, bellísimas palabras cinceladas, pulidísimas por aquellos ilustres varones. ¿Qué importa el que nunca nos hayamos enterado de lo que querían decir tantas palabras artísticamente enlazadas? ¿No hablaba don Emilio del Gólgota, del Dios del Sinaí y del Cristo del Calvario? ¿No escribía don Marcelino de la «pintura de caracteres» y del «misterio del fondo y de la forma»? ¿Para qué hemos de exigir más?
Hemos leído un prólogo a las obras poéticas de esta malograda poetisa que nos ocupa, debido a la pluma de don José Manuel Romero y Quevedo, natural de Las Palmas, poeta de la generación que se agrupó en la revista El Porvenir de Canarias y autor dramático, y además conocemos un Juicio crítico imparcial debido a la pluma de don Bartolomé Martínez de Escobar. ¡Oh, Dios, estos juicios críticos del siglo XIX que la mayoría de las veces ni son juicios, ni críticos, ni cosa alguna semejante, sino exaltadísimas palabras, cuyo sentido desconocemos y que nos impresiona[n] gratamente por lo desatinadas, por lo atropelladas, por lo retóricas y disparatadas que resultan! ¡Divinas palabras del siglo XIX! […]