José Carlos Cataño

DE El cónsul del Mar del Norte

Beatriz
Pude haber optado por un tipo de experiencia más presentable, donde la audacia hubiese sido también más inteligible.

Cuna y madera, talento y principios no me faltaron. Pero prescindí, ay, de maestros, y a nadie tomé para dedicatoria, paráfrasis u homenaje, pues los pocos que despertaron mi simpatía, o estaban muertos o andaban escondidos. Y otro tanto sucedió con los temas en que me las vi. Siempre pertenecían a la otra mirada, la que despierta la sospecha de un desliz en la ciega, armoniosa enormidad del mundo, mientras éste amenaza con vaciarse en el temblor de una respuesta.

La otra mirada es la mirada de los perdedores —fieles vasallos del sinsentido—, cuyo empeño queda rebasado por la ley que unos llaman dios y, otros, motivo de literatura, de la misma manera que la senda en el valle o la casa en el desierto son finalmente recobrados por la broza y la desolación.

Y la gente no está para lo difícil. Aplaude el estilo limpio, la intachable conducta, y eso que llama rigor y lucidez. Aplaude la vida, el método, el triunfo.

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