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Juan José Delgado

De Comensales del cuervo

VÍSPERAS

Hoy también a mí, Isaac,
me ha parecido ver, por los
días
de la vida, la víspera
de la muerte.

La vida fue solo trueno de sí mismo,
vicio minucioso,
deleble relámpago a media tarde, pero antes
se quiso acercar y tanteó con el pie la exacta medida en la tierra,
como a disimulo buscando
un recuerdo perdido:

Separa la carne desgranada de polvo
de los codiciosos lamidos de amarillo, único recuerdo,
quillada estaca de mala travesía, cuerno inmerso
que hace elevar el grito no más de la garganta, cueva
donde morir la cónica serpiente.

No hay grito,
guarda silencio
y muere pensando en los rincones.

En el cuerpo, que fue cuña del aire, él era el mundo,
y en él el mundo encontraba su albergue.

Ya es catacumba de tierra derrumbada.
Que por tan poca cosa, mordedura de manzana,
venga la muerte, grandísima señora del truco
y la careta.
Pero por tan poca cosa él atraviesa
abismos de brújulas nerviosas, y nos deja
muy atrás,
en la orilla del ciprés y de las hojas tormentosas.

Y sin saber cómo, la muerte se queda entre nosotros.

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