Capítulo 1
Tristeza sobre un caballo blanco. Tristeza gris, antigua y demoledora como una tarde de invierno sobre el mar. Olas oscuras que arrancan de lo más profundo, de lo más lejos, del fondo mismo del Océano, de los senos del tiempo, que suben a lomos de soberbias y rabias que se desbocan para morir en la pared negra del acantilado. […] Melancolía es su nombre, tú los sabes bien, resaca de pecados pretéritos, algo que se lleva en la sangre, que mancha y hiere a generaciones y generaciones.
Capítulo 8
Los volcanes no se quedan bajo la tierra, la corteza es muy débil para contenerlos, conforman a los isleños a su imagen y semejanza: unos pocos los canarios de fuego, atormentados por la lava hirviente, inconformes, soñadores, propensos a la locura, dispuestos a quemar lo que no les guste, a quemarse ellos mismos en la aventura; otros pocos canarios del viento, a los que las islas se les hacen pequeñas para su vuelo, orientados como veleros al alisio que los deje en las inmensidades americanas; unos pocos más aunque cada día menos, canarios de la tierra, raíz inarrancable, dura, trepadora, que rompe la lava infértil y la transforma en campo de labor, que hace huertas escalonadas en las faldas de las más verticales cordilleras, que le roba espacio al barranco, que le roba espacio al mar, que estira la piel de la isla, que escarba en sus más hondas entrañas hasta encontrar agua; muchos, muchísimos más, la ¿abrumadora? mayoría, canarios aguados, corriente dócil y plegada al terreno, ciega y sorda, no importa si por el barranco o campo a través, si fecundadora o arrasadora, si discurre por canal limpio o alcantarilla negra, va por donde la lleven y empujen, lo mismo se pudre en un charco inmóvil que se despeña en cascada, riega los sembrados o los arrasa con la riada.