Alfonso García-Ramos

DE Teneyda

Irremediablemente había llegado su hora.

 

— Pues verá Vd., señor Justo, yo vine aquí y me dije: Las cosas son como son, y las cosas que se dicen se hablan. Las vigas paralelas y sobresalientes, las vigas tendidas sobre su cabeza, a modo de carriles por los que la vista escapa al fondo de la cocina.

 

Dos rectas paralelas por más que se prolonguen nunca se encuentran, decía una geometría elemental.

 

Las rectas paralelas se cortan en el infinito, podía leerse en otra, dos dedos más gruesa y cuarenta duros más cara. Pero para Sebastián, que no había pasado de la cartilla, todas las vigas convergían en esa penumbra del fondo donde apenas pueden distinguirse calderos y fogones.

 

Las vigas y los calderos serían un buen tema para el hablaje A lo mejor el señor Justo se arrancaba diciendo que eran del tiempo de su abuelo, que si tal y que si cual. Y así, rodando por familias y cosas, aparecía la ocasión de proponerle el casorio con su hija.

 

—Buenas vigas tiene Vd., señor Justo.

 

 —Regulares que son, sí señor.

 

—Y la cocina tiene que ser buena para el invierno, digo yo

 

—Muy buena que es, sí señor.

 

Señor Justo es de palo; a señor Justo no hay quien lo enrede. Y hay que hablar, porque a todo hombre le suena su hora y entonces no le queda otro remedio que echar palabras por la boca.

 

El palo de Sebastián va trazando un redondel sobre el suelo. Luego un entramado de rayas verticales y horizontales.

 

—Pues yo venía por lo de Adela.

 

Un palo es bueno para enhebrar palabras. Justifica la mirada baja y el que habla puede ocultar la vergüenza que le sale a la cara. Un palo es bueno siempre, que las palabras se enredan y el hombre se ataruga, pues se levanta la vara, se desloma al perro más cercano, y se sigue después platicando con toda tranquilidad.

 

—Pues verá Vd. que su hija siempre me da desprecio.

 

—Eso de desprecio… ¿Verdad hija?

 

—Lo que Vd. dice, padre, tanto como desprecio…

 

—Pues a cualquier cosa que yo le decía me viraba a espalda. Y entonces yo me dije: Sebastián, que tú no eres ni un pobre ni un baldado; lo que tienes que hacer es una finura para embobarla. Por eso se me ocurrió tirarle tres docenas de voladores juntas debajo de su ventana, pero salió Vd. con la escopeta y por poco no me mata.

 

De pronto, a medianoche, o de día también, con más frecuencia en los calores de verano, se oye el crujido de un mueble que estalla. El ojo y el tacto recorren minuciosamente la superficie buscando la grieta reveladora, pero fracasan en su intento porque mano y mirada son incapaces de llegar al fondo de esa tabla donde acaba de reventar un pequeño corazón de madera. Pero señor Justo no es todo de palo; se le nota algo, y la declaración del pretendiente le ha puesto una arruga risueña muy cerca de los labios.

 

—Las cosas tienen que empezar derechas para que salgan bien. Mi hija se portó como debía, pues si yo me entero que le hace cara al primer hombreque le diga algo, del variscazo que le doy la deslomo ¿No, tú?

 

—Sí, padre, —dijo resignada la muchacha.

 

—Y en cuanto a lo de los cohetes, mi hija no es ninguna querindonga para que vengas tú con esos relajos.

 

—¿Relajos dice? Pero si hasta el cura tira cohetes y nada menos que a la Virgen. Vd. mismo echó dos docenas el año pasado como promesa que tenía.

 

Señor Justo se impacientaba con la terquedad del   pretendiente.

 

—Yo tiro los cohetes, primeramente, porque suben para el aire mientras el aceite se queda abajo y a lo mejor se lo bebe el sacristán, y los tiro, segundamente, porque la Virgen está muy lejos y con el ruido se entera más pronto de que uno está agradecido. Pero mi hija no necesita de tanto ruido para saber que un hombre formal está por ella. Se te podía haber ocurrido otra finura cualquiera. ¿No dices tú lo mismo, hija?

 

—Sí, padre, lo que Vd. dice.

 

El viejo había soltado un cabo con todo disimulo y Sebastián empezó a recogerlo hasta dejar atracada la conversación en el punto que le convenía.

 

—Pues por la finura que no quede. Ya saben que a Sebastián no le falta una canasta de fruta o una becerra que regalar.

 

—Viniendo con buena intención no hay porqué virarle la cara. ¿Qué dices tú, Adela?

 

—Lo que Vd. padre. Viniendo con buena intención…

 

El trasiego de palabras había llegado al momento difícil. Sebastián se hubiera echado un trago de estar en la taberna. Uno de esos vasos que se beben de golpe para pelearse con alguien o para soltar la parrafada que quema dentro. Sebastián que no estaba en la taberna dejó subir los ojos por la rampa del palo hasta encontrar la mano que lo empuñaba. Solo entonces se atrevió a mirar de frente a la muchacha.

 

—Pues, oye uno cosas y acaba con un lío en la cabeza. La cuestión es que la gente dice que entre Adela y su sobrino Antonio hay algo. Uno se entera de eso por ahí y pregunta, sin ofender, lo que pasa.

 

Las últimas palabras de Sebastián cambiaron en ira la complacencia que venía mostrando el viejo.

 

—Pues cuando uno oye eso por ahí lo que tiene que hacer es partirle la boca al que lo diga. Antonillo no es hombre para mi hija. Le hemos criado aquí desde que se murió mi hermana y como a un hijo se le mira. Es pobre, tan pobre como los que piden por la puerta. Para Adela es un hermano y los dos saben bien que si se les ocurriera mirarse de otro modo les partiría el lomo a variscazos. ¿Verdad, hija?

 

—Eso padre, Antonillo es como un hermano.

 

No lo dice la geometría, pero las líneas paralelas se cortan siempre. Los ojos, los de Adela y Antonillo tenían necesariamente que encontrarse bajo el mismo temor al dueño de la casa. En el principio fue la mirada y la mirada se tornó deseo. Antonio y Adela se buscaron y se encontraron en la oscuridad del granero.

 

—Como a un hijo o a un hermano se le tiene, si no, que lo diga ésta, —proseguía el viejo, machacón.

 

—El padre dice bien; Antonillo no es más que un hermano.

 

La carrera de caricias emprendida en el granero quemaba una etapa cada tarde. De las manos al beso. El beso que empezó con un roce de labios crece a la bestialidad con el hábito. No desahoga nada porque es intento truncado, inútil de por sí, engendrador de más deseo.

 

Los labios que lo pueden, lo barren todo. De la mujer a la hembra, de Adela a su sexo, toda una senda llena de obstáculos: El temor al padre, los sermones en la iglesia, las consejas del pueblo… Pero los labios, hipócritas, dicen ir por otro lado. Piden una milésima nada más, una milésima más de carne cada día.

 

Los labios barriendo con todo, y Adela, que no conoce la pendiente por la que resbala, cediendo cada día un escalón nuevo, hasta que se entregó toda a su novio y le pareció su falta mucho menos grave de lo que había creído.

   

—Como a un hermano siempre se le ha mirado — repetía obediente la chica.

 

La conversación había llegado a un punto en el que Sebastián se sentía maestro.

 

—Pues para octubre, si es que nos arreglamos…

 

—Por el arreglo no creo que quede –contestaba receloso el señor Justo—. Pero octubre es pronto para lo mucho que hay que preparar. 

   

— Para octubre las noches son largas y el casado encuentra menos fría la cama que el soltero. Así que para octubre si es que nos arreglamos. Vd. Sabe con lo que cuenta un servidor.

 

—Pues yo como pensar había pensado en las tierras de ‘’Montaña Mocha’’. Cuatro fanegadas bien hermosas, sí señor, para un matrimonio mozo que quiere trabajarlas.

 

—¿Y las vacas también? —pregunta Sebastián, ya metido de lleno en el negocio.

 

—Las vacas a partir la leche y la carne, había pensado yo.

 

El palo de Sebastián vuelve a hacer círculos en el suelo.

 

— Pues verá Vd. lo que se me está ocurriendo, y es que los becerros queden para casa sin partir y así irá teniendo uno ganado para estercolar bien todas las tierras.

 

—Pues como ocurrírseme a mí, no se me había ocurrido; pero si es un empeño de los dos no quiero que les quede esa magua. ¿Qué dices tú, hija?

 

—Yo lo que mi padre diga. Siempre lo que mi padre diga.

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