Entre la tristeza y el temor, reconócelo: tu pelota de trapo se quedó en el tejado un día cualquiera. No importa si el pantalón fuera corto o largo, en todo caso sudor y tierra llegarían a las rodillas, prendiendo directamente sobre la encallecida piel, traspasando el bolsón teludo en el que nunca pudo pintar bien la raya. Te quedaste ante el vacío, talmente como tarde de Viernes Santo donde juego, música, grito, hasta palabra en alta voz, estaban prohibidos.
La esfera que curva el viejo calcetín del padre sobre un duro corazón de crines saltó al tejado y no pudiste rescatarla, pues se había escapado aquella libertad de escalar muros, apedrear cristales y preparar una pequeña descarga eléctrica bajo el asiento del antipático profesor. Ahora eres otra cosa, te lo dijeron aquellos colores que saltaban a la cara ante el paso de la chica de altas cejas, la de la falda a cuadros que el viento ceñía a las piernas – ¡oh, qué piernas! -, la que con su andar de gatita en celo te hacía sentirte ridículo bajo la mugre de las polvaredas de otros tantos partidos de fútbol.
Murió el niño de ayer, pero no te apresures a enterrar su cadáver, no convoques las filas de escolares con coronas de flores, calla aquello de «angelitos al cielo» y no repiques campanas de gloria, que más bien estás para dobles. Porque su sombra te acompaña como la de un familiar fantasma, como la de un vampiro que robara la sangre de libertad que aún corre por tus tejidos. Estás preso en impenetrable maraña, llevas el viejo traje paterno al revés, el traje «virado» – uniforme de tu generación – con el bolsillo al otro lado. Domeñas la rebeldía del cabello con bastos fijadores para parecer persona seria, para que te tomen por caballero cabal, fiel a tu clase y a las buenas costumbres. No opinas, porque nada puedes opinar, porque todo está escrito entre los humos de una guerra que no hiciste y de la que apenas tienes confusos recuerdos. Otros humos, sin embargo, los llevas metidos en las entretelas más íntimas. Volutas de incensarios, de velas devotas, en la penumbra impresionante del templo por las que batían las olas solemnes del órgano y del latín gregoriano.
Humo negro del auto inquisitorial, allá en la gran plaza de los álamos desnudos y la dorada polvareda donde ardieron los libros herejes de don Benito, don Pío, Anatole France, aquella pérfida «Catedral» de Blasco Ibáñez y hasta algún libro del buen Quevedo, pues la cosa era llevar libros a la hoguera y todos los escritores, aun los que parecen más de derechas, son peligrosos. A cambio de ello, tu voz, las de tus amigos y compañeros, cantaron vigorosos himnos de contrición – no es lo mismo que atrición – en la procesión penitencial donde pecadores arrepentidos – algún viejo «rojo» por medio y el contumaz concubino que pidió sacramento matrimonial en primeras horas de la madrugada ante el infierno que le pintara el misionero – cargaban con cruces y cadenas.
14 de abril, Santa Misión. Confesiones en el cementerio, sintiendo en tus rodillas el aliento frío de los muertos, leyendo en las lápidas funerarias tu meta y tu sino, lamiéndote las carnes el fuego del infierno, gritando que sí, que nunca volverían a entrar en lugares pecaminosos como ese cinematógrafo que fulminaba el dedo y la voz del misionero, ampliada por el primer micrófono móvil que viste en la isla.
14 de abril, Santa Misión. Este y no el otro es el importante. Del otro apenas te llega confusa memoria, algún anatema desde el púlpito o del señor serio y respetable, alguna vergonzante inscripción en cualquier muro por mano escondida y arropada por las sombras nocturnas que el mal calcáreo reparador no cubrió del todo. Algún guiño de complicidad entre los otros, los vencidos, los sin voz, los atemorizados del otro lado del muro, que todavía inspiraban terrores a tus gentes. Confiesa que a ti mismo, por ese recelo ante lo desconocido y condenado.
14 de abril, Santa Misión, para ponerte las carnes de gallina ante esas escapadas a la calle del piso de callaos y casas con mujeres repintadas que aplaceraban tus ímpetus carnales, por los achuchones con la bien plantada moza del campo; tanto da en el baile campesino que, por aquello de «quien más macho» – mago o señorito-, acababa siempre en trompadas y pedradas, que en concurrida procesión donde las apreturas de los fieles se hacían cómplices del diablo. Claro que te modelaron y tostaron para estos catorce de abril, que te enseñaron a rebatir las teorías de los filósofos «modernos» y agarrarte a la sotana inconmovible de Santo Tomás de Aquino.
Tienes los oídos llenos de grandes frases que encienden el corazón y arrayan los ojos, frases que te hablan de imperios azules, de hogares con lumbres y mesas con pan, de hermandad entre los hombres y las tierras de España, frente a la feroz división del antiguo partidismo político. Y si no anduviste con pasos marciales y camisas al viento, culpa fue más que de formación, de tu incurable indisciplina.
La pelota se te quedó en el tejado y, con ella, muchas cosas que rompieron tus ojos maliciosamente abiertos. Por los rotos del manto de la retórica descubriste el jubón trapacero. Viste dogmatismos junto a corrupciones, verdades proclamadas y otras verdades reales como puños, y te nació entre las manos una libertad alicorta que voló enseguida hacia el escepticismo.
No eres ahora el niño que cree, ni el hombre que opina, eras barca sin norte que se deja mecer pero que no navega ni una braza. Perteneces a los de la oscura, cansada rebeldía, ni a los que gritan, ni a los pocos que siguen callando lo que un día dijeran a voz en cuello. A los que flotan simplemente.
No, el rompecabezas no anda bien. Le faltan o sobran algunas piezas. Pero no eres tú hombre para arreglarlo. Hombre manso, hermano menor de aquellos soldados que fueron a la guerra. Lo tuyo es obedecer y callar. Parecerte a los mayores, muchacho que llevas el traje de tu padre al que una hábil costurera dio vuelta a la tela para que pareciera nuevo. Uno más de los chicos del traje virado, con el bolsillo al otro lado descubriendo el fraude. Creciendo entre cartillas de racionamiento, órdenes y prohibiciones. Callar, asentir, estudiar. Mucho estudiar porque esa es tu salida. Tu salvoconducto para llegar a puerto seguro, al buen sobre a fin de mes que te ponga a cubierto de ser un desgraciado, de «un quiero y no puedo», del pelagatos siempre abrumado por cuestas de enero, mayo o septiembre, por meses de cuarenta o cincuenta días, por facturas, trampas y otras espinas del mediano vivir.
Si no te gustaba mucho la carrera de Aparejador, tampoco estabas muy seguro de lo que querías ser. Igual daba una cosa que la otra y con menos vocación que ganas de acabar la carrera cuanto antes, te ves ahora con el título colgado en el salón de tu casa. Y tu Casa que para eso es antigua, seria y bien relacionada, te empujó a dónde estás, te buscó el primer trabajo en una galería de agua y entraste en la cadena de este negocio que para unos pocos pinta oros y para muchos pinta bastos.
Fue difícil luchar, más bien convencer a «los oros». La orientación que le dio el cura a la galería no era la acertada. Las medidas de la mina, canijas; apenas sin espacio para revolverse cabuqueros y carretilleros con una cierta seguridad. Lo primero te costó poco corregirlo – otra cosa fue el dinero y el tiempo perdido en el inútil zig-zag – pero por poco pierdes el empleo cuando insististe en mejorar las condiciones de la perforación. Eso era mucho gasto y desde el egoísmo de una comunidad de accionistas no se entiende el ahogo de un minero que apenas puede levantar la cabeza sin tocar el techo de la galería. Para eso hay que meterse dentro, conocer el encierro, las sombras, el calor, el miedo y el aire sucio y viscoso.
Pero tampoco tú puedes entenderte con la «piña». Te separa de ella la fosa de un barranco con lecho de cantos puntiagudos que te desgarrarían los pies. Están al otro lado del muro, son los extraños y vencidos. Los que estuvieron ante los fusiles de aquellos soldados que de niño despediste con agitar de banderitas de papel y lágrimas en los ojos, de aquellos soldados para los que tu madre y hermanas tejían pasamontañas y gruesos calcetines de lana. Entre los hombres de la piña y tú se levanta un telón de miedos y odios, en el que rebotan las palabras y el buen deseo de establecer una cordial comunicación. Todavía el recelo, el incurable recelo sobre el campo humeante de una guerra que va sobre tu espalda, aunque no tuvieras parte en ella.
Juan, Florentín, distintos, refugiados en su concha de silencios y recuerdos. Allá en el fondo de la mina con el sudor corriendo a chorros por los torsos desnudos y su voz retumbando por las paredes de la cueva. Antes, la tarde clara de octubre sobre el jable fresco y crujiente del desriscadero. Cuando llegaste en tu primera visita – reconoce que con el corazón bien apretado-, una carretilla vertía escombro en la explanada.
La mina empezó a perder luz con los primeros metros. Paredes y techumbre parecían crecer hacia dentro, como queriendo cerrar el paso.
-¿Seguro que tiene las medidas?
-Eso dicen… Si no, peor para nosotros que la transitamos. Lo que importa es hacer metros deprisa y cobrar.
Pronto el aire comenzó a enrarecerse y el corazón a golpear como un puño. La claustrofobia, sensación de ahogo que ataca los nervios y te da ganas de correr, de huir hacia la boca, al encuentro del sol y el aire puro.
-¡Cuidado con la cabeza que el techo baja!
El carretero que le acompaña hasta el frente sabe de memoria el camino. Se diría que podría andarlo a ciegas sin necesidad del candil. Su paso era rápido y seguro.
-Por la mañana vamos más deprisa, pero a estas horas y con tanto viaje las piernas se ponen bobas.
-¿Queda mucho?
-Poco falta ya, debemos andar por los mil metros.
-Se oye algo.
-El otro carretero que debe estar llegando al «chucho».
El «chucho» no es un perro. No te lo enseñaron en los libros de texto, pero se llama así en la galería a los puntos más espaciosos donde se establecen vías muertas para el cruce de las carretillas.
El que venía del frente relucía como un pez bajo los resplandores del acetileno en la piel sudorosa.
-¿Cómo va eso por allá?
-Con la tuya acaba el escombro. Los cabuqueros andan por media pegada.
-Hoy le dimos por los besos.
-Algún día tenía que ser. Dicen que el frente está muy duro.
Siguieron adelante. El uno como siempre: el que tú sabes, luchando con sus miedos.
-¿De por aquí?
-No, cristiano, pescador y de la Punta del Hidalgo.
-¿Cómo dejaste la mar?
-Cosas del pobrerío que se lo lleva a uno de acá para allá. Mi magua me queda, créalo usted.
Por el fondo de la galería apareció un punto de luz, incierto, pequeño, titilante. Luego creció hasta hacerse algo así como un limón grande, de un amarillo desvaído, espectral.
El suelo y las paredes vibraban ya con el estruendo de las perforadoras que el túnel repetía con mil ecos. La luz del fondo se hendía, se rompía en dos mitades, en dos llamas vivas unidas por un halo tenue.
-Muchachos, aquí está el ingeniero.
No solo le sobraba título, sino también manos. ¿Cómo tenderlas en gesto convencional a unos hombres que le recibían totalmente en cueros y bañados en sudor?
-¿Aprieta el calor?
-Todavía se aguanta bien. Más adelante será peor…
-Pero están ya desnudos.
-Es por la humedad. Aquí las ropas se pudren en un día.
Lo decía el termómetro: aún, veintiocho grados; más adelante se llegaría a los cuarenta. Pero peor que esto es el alto grado de humedad, casi al borde de la saturación, que deshidrata los cuerpos al no permitir que se evapore la transpiración.
-¿Se bebe mucha agua?
-De esta criamos ranas. Ayer nos bebimos entre los dos un garrafón de doce litros.
El candil descubría bien el frente. No había dudas, se trataba de un falso dique. Detrás de este aparecían otra vez los materiales escoriáceos. Estaba bien trazado. Con precisión casi geométrica los cabuqueros habían colocado los taladros: solitario barreno de techo, los tres de la bóveda, el de salida con dos a cada lado y, a ras del suelo, los de repisa completando la pegada. Todo bien preparado y distribuido para que cada cartucho al explotar dejara espacio a la onda expansiva del vecino. Buen trabajo y buenos cabuqueros.
Ahora Juan, el más viejo de ellos, volvía al frente tras recoger la dinamita del «chucho» más cercano. Despacio, casi ritualmente los cabuqueros fueron colocando los seis kilos de dinamita en los agujeros. Ni un estremecimiento al sujetar la mecha al fulminante apretándolo con los dientes.
El aire se adensaba por momentos.
-El viento ha cambiado fuera y la galería está respirando mal. Mañana la máquina tendrá que dar más aire.
Florentín dio fuego a las mechas, cada una de ellas de tamaño distinto para que no denotaran los barrenos a un tiempo.
Cuando quedaba por prender el barreno de salida corrieron al «chucho». Pronto llegó Juan, que lo había encendido.
La explosión cegadora convirtió la cueva en una catarata de luces, estrellas y globos de colores. El trueno sacudió las paredes y piedrecillas afiladas cayeron del techo. En la cara, la cachetada del vaho caliente y enseguida el penetrante olor a pólvora.
Los de la «piña» contaron atentamente las explosiones.
-Para mí están completas.
-Para nosotros también.
-Hay que andar con cuidado, pues barreno sin explotar es hombre muerto mañana.
-Buena explosión. Me pasaron los barrenos silbando.
-Mañana tendrán trabajo los carreteros.
-A los carreteros siempre nos tocan las «verdes».
-Pues cojan el taladro para que vean lo que es oro molido.
Cuando llegaron al aire libre, la tarde plateaba sobre el mar y todas las cosas, remontados bosques, aristadas rocas, jables y riscos, marchitos sembrados, árboles y matorrales, mostraban la inmaculada pureza de sus colores, desdibujados durante el día por la luz deslumbradora de las Canarias. Era la paz de la atardecida, algo así como un baño de mar para nervios y músculos cansados, casi deshechos por la pesadilla del trabajo de la mina.
El encargado de la máquina, viejo y renegrido pellejo colgado sobre la alta percha de un esqueleto ya doblado por los años, puso en la sartén pescado y papas. Martín, el pescador metido a minero, punteaba en la guitarra y cantaba a media voz una isa marinera.
-Calla ya con tanta barca y tantos remos que nos tienes mareados.
-Más me tienen ustedes que no hablan más que de guerras y perrerías.
Se imponía terciar en el diálogo.
-¿Cuándo dará agua la galería?
-Calculo que después de los dos mil metros.
-Dicen que cuando hay «reventón» le dan una propina a los mineros.
-En unas sí y en otras no – dijo el maquinista. Cinco he visto parir y para mí no ha habido una peseta.
-Habrá que buscarse un nuevo trabajo para entonces.
Tampoco el mundo de las galerías andaba a derechas. Pero lo malo es que empiezas a comprender que este mundo es tan solo pieza de una más grande y monstruosa máquina atacada por un mal profundo. Por una enfermedad tan grave y poderosa, que tú, ayer muchacho del traje virado, y hoy, hombre de la mansa inconformidad, no tienes fuerzas ni arrestos para vencer. Ya lo sabes, lo tuyo es trabajar, aplaudir, callar y obedecer…