La escritura de Juan Jiménez alienta una de las voces más significativas de la poesía canaria de la segunda mitad del siglo XX. Si bien perteneció al grupo Poesía Canaria Última y cultivó una amplia militancia política antifascista, el poeta nacido en Carrizal de Ingenio supo urdir una obra harto singular, tan ligada a sus orígenes campesinos cuanto a una interpelación teológico-política del tiempo y de la historia. En efecto, el sentido último de su escritura reviste un hondo cuestionamiento del lenguaje y la moral dominantes: dicha perspectiva alterna una profunda experiencia del amor, a la vez íntimo y social, con un deber de memoria “capaz de derribar el mundo”.
Juan Jiménez Santana nació el 13 de mayo de 1940 en Carrizal del Sur, Gran Canaria, en el seno de una familia humilde, y falleció el 11 de enero de 2019 en la ciudad de Las Palmas. En su juventud se nutrió de los escasos materiales de que dispuso: una Biblia hebrea, algunos periódicos y revistas que llegaban a la zona, y –sobre todo– la sabiduría que respiró conviviendo con sus coetáneos. Su infancia y primera juventud serán un fermento constante en su obra poética. La realidad sureña de aquellos tiempos era prácticamente análoga al presente de lo que entonces de denominaba “Tercer Mundo”.
En 1955 el poeta se traslada a Las Palmas de Gran Canaria e ingresa en la Escuela de Comercio, pero abandona sus estudios de Peritaje. La experiencia en la capital supondrá el encuentro con personalidades y espacios de participación que lo alentarán a desarrollar un intenso activismo cultural y político, además de despertar en su interior una inquebrantable vocación poética.
Durante el verano de 1957 incursiona por primera vez en la escritura. Pero es en 1960 cuando descubre, por intermediación de la librera Margara Bosch, una publicación que será clave: «San Borondón. Pliegos graciosos de poesía», ideados por el poeta Manuel González Sosa. A fines de ese año participa de un homenaje a Saulo Torón. Más tarde forma el grupo literario «Atlántico» con Manuel González Barrera, Paco Lezcano, Sergio Ruano y Domingo Velázquez. «Trasmallo al fondo» reunirá a dichos poetas en una antología, según se anunciaba en una entrevista colectiva publicada en el Diario de Las Palmas (6 de abril de 1961).
Ya instalado en la capital grancanaria, Juan Jiménez se vincula, a partir de la sociedad Neo-Tea, con destacados artistas insulares. En agosto de 1961, antes de partir a Melilla al servicio militar, organiza en el Carrizal dos semanas de cultura en el marco de las Fiestas Patronales. Participan, entre otros, los pintores Rafaely, Felo Monzón, Lola Massieu, Jane Millares y los escritores Agustín Millares, José María Millares, Domingo Velázquez y Manuel González Sosa. En 1961 inicia, con la escritura simultánea de cinco libros, un fecundo período creativo que culminará en 1980 con la publicación de Itinerario en contra.
Al volver de Melilla, el poeta asume un ideario de extrema izquierda. Se suma a Latitud 28, frente cultural del Partido Comunista, de los hermanos Tony y José Luis Gallardo y su gran amigo Manuel González Barrera. Luego, organiza con el grupo las dos primeras «Caravanas de la cultura» en Carrizal e Ingenio, en diciembre del 63 y enero del 64, respectivamente.
En ese último año dos poemas suyos aparecen en una antología del Colegio Mayor San Agustín, titulada Poetas de las Islas, mientras que en 1966 publica su primer libro, La canción necesaria con María C, y es incluido en la antología Poesía canaria última, por Lázaro Santana y Eugenio Padorno. En 1967, su libro Y no es por el peso del sol por lo que cae obtiene el premio Ansite, organizado por el Cabildo Insular de Gran Canaria, que será divulgado al año siguiente.
Entre 1968 y 1969 participa de dos homenajes clandestinos: a César Vallejo, en la Biblioteca Pública de Las Palmas, y a Pedro García Cabrera, en la ULL. En 1968 ingresa en el Partido Comunista, pero la cerrazón y el dogmatismo de la organización lo llevan a proponer, a finales de 1969, la creación del Partido Comunista Canario por la Independencia de las Islas: se reunían en su propuesta el anhelo de conjugar un modelo de comunidad alternativo a los nacionalismos europeos y el ideal marxista de una sociedad sin clases.
En 1970 viaja a Chile y Argentina, y en septiembre de ese año rompe de manera definitiva con el Partido. Su lectura ética de Marx, cercana a Gramsci, desagrada a la ortodoxia. Pasa entonces –como señalara el propio Jiménez– «a la clandestinidad de la clandestinidad». Padece un fuerte aislamiento, solo interrumpido por algunas intervenciones literarias: en la Semana Canaria de Málaga, organizada en 1975 por el escritor Rafael Franquelo, y en el recordado y polémico Primer Congreso de Poesía Canaria de abril de 1976 de La Laguna, ciudad en la que estudia la licenciatura de Geografía e Historia.
En 1980 ve la luz Itinerario en contra: el libro cierra –como señala el propio Jiménez– «el ciclo sentimental más amplio» de su vida hasta ese momento. En la década del 80 se ahonda un periodo de silencio que se extenderá hasta sus últimos años (sobre ello es de especial interés la entrevista concedida a Javier Durán, donde el poeta afirma: «Yo soy el último que se ha ido de la fiesta»: La Provincia, 26 de octubre de 1995). El poeta se niega a «pactar la historia», lo cual lo convirtió en una personalidad incómoda para las diversas camadas poéticas de las Islas. A mediados de los 90 comienza a estudiar hebreo y griego bíblicos, y profundiza sus meditaciones en torno a la historia, la filosofía y la actualidad geopolítica. En 1995 publica Epigramas, uno de los libros más fascinantes de la poesía del fin de siglo en lengua castellana.
Por esos años, una nutrida biblioteca e inéditos contactos con poetas, editores y académicos de la filosofía y las lenguas y culturas semíticas, convirtieron a Juan Jiménez en el vector de una verdadera sociedad secreta dedicada a proyectar el pensamiento del futuro. El filósofo Reyes Mate incluye uno de sus poemas como apertura de un libro clave de la filosofía reciente en español, Tratado de la injusticia (Anthropos, 2011). En 2016, tres años antes de su fallecimiento, Juan Jiménez recibe el Can de Plata de las Artes por parte del Cabildo de Gran Canaria. Sus últimas obras, Planeta personal y Quinto cuadrante, permanecen inéditas.
La escritura de Juan Jiménez es una rara avis en el concierto de la poesía canaria e hispánica del siglo pasado: su obra trasciende con creces las condiciones inmanentes a lo estrictamente literario, advirtiendo en sí la trascendencia de un lenguaje coral, urdido a la par de Vallejo, Pavese o Celan, poetas a los que admiró y estudió en profundidad. Si bien ya había dado a conocer sus versos y publicado su primer libro, es con la aparición de Itinerario en contra (1980) que su poesía cobra estatura histórica. El volumen reúne cinco libros compuestos entre 1961 y 1975: La canción necesaria con María C. (1961-1965); Para bajar con las palabras hasta la humillación (1961-1965), que circuló clandestinamente con el sugerente rótulo Mitin sobre España; Poemas señalados con el signo más por el odio y el rencor en contra (1961-1970); Y no es por el peso del sol por lo que cae (1961-1973); y el propio Itinerario en contra (1961-1975), que da título al conjunto.
En la poesía de Juan Jiménez subyace un sentido religioso —ni confesional ni explícito—, señalado tempranamente por Jorge Rodríguez Padrón a propósito de su afinidad con César Vallejo: «Juan Jiménez es, pues, un poeta de la misma estirpe religiosa que Vallejo, tanto por su origen marginal, claramente asumido, como por la intención redentora nunca disimulada. Conocer la vida es entregarse a la vida; descubrir el amor e iluminar instantáneamente el mundo es balbucear unas emociones profundas». La asociación de la «intención redentora» con la fuente erótica, como en Vallejo, es metapolítica; la solidaridad con los campesinos inherente a Itinerario en contra tiene su fuente en la experiencia del amor o la amistad social: la acción política no se resume en la limitación de la violencia «natural» entre los seres humanos, ni en la conservación y gestión de la mera vida, sino el nacimiento ético a la llamada y la respuesta.
El sentido último del ciclo poético-existencial indicado lo encontramos en el modo único con que Juan Jiménez produce el poema. Una sintaxis profusa, abierta, vanguardista al tiempo que embebida de una inequívoca aspereza rural, revela una eminente labor corpórea, un trabajo arquitectónico encarnado, eso sí, en un decir penetrante, arcaico, tramado con una mística política parangonable al primer Pasolini. El poeta hace suya la palabra desechada: aquella que irrumpe no del ser sino de la exterioridad —en expresión de Enrique Dussel— del «propio pueblo que, aunque oprimido por el sistema, es lo más extraño a él». En las notas intituladas «Acotación primera», prólogo autobiográfico al libro, Jiménez expresa con claridad la imbricación ética de su escritura: «Toda estética es en el fondo la defensa de una actitud».
La presencia del sur grancanario es constante, mas no abstracta ni mítica. El desierto es la humanidad oprimida que el poeta se entregará a reconstruir, y redimir, desde el sufrimiento y la proximidad del rostro oprimido del prójimo. El amor político cobra vida. Es memoria peligrosa que pone en tela de juicio el presente. En Itinerario en contra los muertos «mueven las palabras». Sus voces «van por la calle». Juan Jiménez se hace eco de un tiempo fuera del tiempo, de un mundo subterráneo ajeno a las apariencias, al ser o la facticidad. De una tradición oculta, ocultada. Son quienes quedaron relegados en las cunetas de la Historia. El mandato teológico-político de unir memoria y poesía no exalta una deriva sentimental, ni siquiera biográfica, del quehacer poético. Es, antes bien, condición de toda verdad posible.
En el ya citado Primer Congreso de Poesía Canaria de abril de 1976 el poeta hizo pública una teoría poética novedosa, de signo poscolonial, titulada La función del creador en el momento actual de cara a la transformación de la sociedad en Canarias. El texto desencadena una fuerte polémica. Denuncia que la literatura se ha convertido en un mero comercio, y que «la colonización cultural es el grado supremo, óptimo, de la colonización». Se trata de una de las primeras manifestaciones del pensamiento poscolonial canario. En paralelo, el poeta llama a «sentar las bases» del futuro, convocando a una revolución cultural, social y política en las Islas.
Los textos en prosa escritos por Juan Jiménez en los años noventa y en la primera década de este siglo remiten a las mismas inquietudes que atraviesan su poesía. La singularidad de su escritura se inserta en estos textos de modo inconfundible. Un enfoque filológico podría calificar sus artículos de «prosa poética». En ellos, Juan Jiménez señala de manera constante la condición religiosa que adquiere ahora el capitalismo, «la pretendida providencialidad con que encaran los desastres sociales». Religión, mitología en la que el hombre es movido por fuerzas que le superan y envuelven más allá de su intervención. El progresivo interés que Juan Jiménez sentirá por el profetismo bíblico tiene aquí su origen.
Al «fin de la historia» se referirá nuestro poeta en numerosas ocasiones con la expresión «pactar la historia». Se pacta no solo el consenso de la globalización como destino final de la humanidad, sino también el significado del pasado. La historia se reconstruye entonces a la medida de las exigencias ideológicas de quienes detentan el poder en el presente. La poesía de Juan Jiménez intenta mantener la conciencia y los «sueños» despiertos. ¿Cómo resistir a la avalancha de discursos, marketing y lavado cerebral publicitario que borran la verdad de los sueños de cambio de los años 60 y 70?
Su último libro publicado, Epigramas (1995), se escribe como resistencia a la tromba ideológica que pretende desactivar los sueños diurnos y volverlos sueños de consumo ilimitado. El libro explaya una escritura por demás compleja: en sus páginas se divisa la asunción irreverente de un lenguaje ya sugerido en Itinerario en contra, y que sin duda prometía una ulterior consumación polifónica, amplificada en su sonoridad y su sintaxis. La subversión semiótica ya no es tránsito, camino, itinerario, sino consumación: la dicción del verso, su grado descollante de concreción formal, se decanta hacia una altísima liberación estética, metafísica en cuanto se expone a la experiencia en todas sus dimensiones, teológico-política en cuanto presta oídos al resto escatológico que subyace a la economía nihilista de la sociedad y el lenguaje.
Epigramas no abandona la denuncia de la injustica de Itinerario en contra. En realidad, la nueva situación histórica presiona de otro modo en su escritura. Según el poeta Antonio Martín Medina, hay que leer la poesía de Juan Jiménez como una protesta ante la «despolitización progresiva» que arranca con la Transición española. La densidad verbal del libro condensa un punto de fuga en el que lo dicho se consagra a lo sublime ético: su amplitud significativa responde a la intriga de un dejarse decir por el tiempo de la vida. La palabra recobra, de ese modo, su vocación preoriginaria: ética, metafísica, mesiánica. La radicalización ilimitada de su expresión se encomienda a la responsabilidad histórica fundamental: que «nada se pierda» (Walter Benjamin).
La memoria es, en el conjunto de la obra de Juan Jiménez, el desvelador de la fase hermenéutica de la injusticia, es decir, de la negación de significado a la miseria material, la humillación moral o el asesinato. La memoria es el despertar de la indignación por la injusticia y por eso ya una forma inicial de la justicia misma. Theodor W. Adorno escribió que «después de Auschwitz, escribir un poema es barbarie». La pregunta, entonces, reside en cómo escribir poesía después de los campos de exterminio. Para Reyes Mate, «hay que reconocer que es en la experiencia del sufrimiento donde la poesía encuentra la palabra justa de lo que la verdad es». Y es en esa línea en la que, creemos, hay que aproximarse a la lectura de poetas como Paul Celan, Juan Gelman o el propio Juan Jiménez.
La obra de Juan Jiménez ha tenido un grado de divulgación relativo, por lo cual hacerse con sus libros y escritos en prosa no es tarea fácil en la actualidad. Salvo por una antología de 2016, su poesía no ha sido publicada desde 1999. Es de esperar que en un futuro no muy lejano su poesía completa sea reeditada y, asimismo, vean la luz los libros en que estaba trabajando hasta que su salud se deteriorara gravemente. Su prosa crítica, exigua en cantidad, extraordinaria en calidad, sigue aún dispersa y resulta poco accesible para quienes no hayan conocido al autor, o la hayan leído y conserven de primera mano.
La canción necesaria con María C: 1961-1965, Tagoro, Las Palmas de Gran Canaria, 1966.
Y no es por el peso del sol por lo que cae, Cabildo de Gran Canaria, 1968.
Itinerario en contra, Imprenta Pérez Galdós, Las Palmas de Gran Canaria, 1980.
Itinerario en contra, Benchomo Biblioteca de Obras Canarias, Tenerife, 1981.
Itinerario en contra, Viceconsejería de Cultura del Gobierno Canarias, Islas Canarias, 1990.
Itinerario en contra, Ediciones Libertarias, Madrid, 1999.
Epigramas (desde 1981 hasta ahora), Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, 1995.
Epigramas, Ediciones Libertarias-Prodhufi, Madrid, 1999.
Antologías escogidas
HERNÁNDEZ SUÁREZ, Manuel y SANTANA, Lázaro (eds.), Poesía canaria última, Museo Canario, Las Palmas de Gran Canaria, 1966.
Poetas de las Islas, Publicaciones del Colegio Mayor de San Agustín, La Laguna, 1964.
Traigo viento en los ojos. Antología (1961-1999), Servicio de Publicaciones y Difusión Científica de la ULPGC, Las Palmas de Gran Canaria, 2016.
Sobre el autor
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DOMÍNGUEZ JAÉN, Sergio, “Una poética de la conciencia” (1 y 2), Cartel de Diario de Las Palmas, 13 de marzo de 1996 y 20 de marzo de 1996.
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