María Joaquina Viera y Clavijo

Por Victoria Galván González

María Joaquina Viera y Clavijo nació en Puerto de la Cruz (Tenerife) en 1737 y falleció en Las Palmas de Gran Canaria en 1819. Se considera la primera autora de las letras canarias. A pesar de que Agustín Millares Carlo, en su Ensayo de una biobibliografía de escritores naturales de las Islas Canarias (Siglos XVI. XVII y XVIII), menciona otras escritoras cronológicamente anteriores como Antonia de Coronado o sor Josefa de Sacramento, la obra escrita por María Joaquina Viera y Clavijo adquiere una dimensión mucho mayor tanto por la cantidad como por calidad y proyección de sus versos.

María Joaquina Viera y Clavijo nació el 27 de marzo de 1737 en Puerto de la Cruz (Tenerife). En palabras de su primer biógrafo, José Agustín Álvarez Rixo, poseía un talante moral, ascético y fue una entregada cuidadora de su familia, de sus padres, a los que cuidó en La Laguna, cuando el padre Gabriel Álamo y Viera pasó a desempeñar una escribanía, desde 1757 hasta 1784, que marchó a Gran Canaria, donde falleció el 25 de septiembre de 1819, para cuidar de sus hermanos Nicolás y José, al regreso del segundo a la isla tras catorce años de estancia en Madrid. Los datos biográficos que conocemos se deben a las notas que el polígrafo del Puerto de la Cruz José Agustín Álvarez Rixo antepuso a un cuaderno, copia suya, de poesías manuscritas de la autora.

Por estas notas sabemos que obtuvo cierto reconocimiento ˗elevado en las palabras elogiosas del cronista que le impulsan a redactar estas notas y a realizar la copia manuscrita de parte de sus poemas˗ en el círculo cultural y literario canarios, tanto en lo literario, como en lo escultórico, pues tallaba figuras en barro, aunque de este corpus no se conserva obra alguna. Nicolás Viera y Clavijo fue abogado de los Reales Consejos, canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Canarias, juez apostólico del Tribunal de la Santa Cruzada y subcolector de Expolios y Vacantes. José fue el representante más señero de la Ilustración canaria, con una dilatada trayectoria literaria, historiador de Canarias y arcediano de Fuerteventura en la Santa Iglesia Catedral de Canaria desde su regreso a las islas en 1784 hasta su fallecimiento en 1813. La dedicación de nuestra autora al cuidado de sus hermanos se expresa con nitidez en el testamento de Nicolás, en el que la declara heredera universal de sus bienes y que sería su deseo poseer más para recompensar todo “el amor y cariño con que desde su tierna edad me ha acompañado y asistido en todas las muchas y graves enfermedades que he padecido” (2008: 13).  

La educación recibida por María Joaquina en el seno familiar, dada la escasa regulación de la enseñanza formal para las mujeres, que no pasó en la centuria de tímidos intentos que no se consolidaron y porque se priorizaba la enseñanza de los varones, estaba integrada por los contenidos prescritos para su sexo: contenidos religiosos; instrucción para la sociabilidad, que incluía los atributos del denominado “bello sexo” como el recato, la modestia, el decoro, la sumisión o las tareas domésticas. El poder religioso en la educación en todos los niveles educativos y sexos era hegemónico. La Iglesia controlaba la enseñanza, sus contenidos, en los que velaba por la transmisión de la doctrina cristiana. Aunque la Ilustración abogó por la secularización en todos los ámbitos, la presencia de la Iglesia continuó siendo omnipresente y allí donde la corona no materializó los proyectos de reforma educativos con la creación de escuelas patrióticas públicas, su hegemonía continuó. En 1787 la real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife reconocía la falta de instrucción y aplicación general al conjunto de la isla. 

En el caso de la educación de las mujeres de las clases nobiliaria y burguesa fue habitual la instrucción en el espacio familiar, que también podía extenderse a las clases populares. La pertenencia de la familia Viera y Clavijo a los estamentos intermedios explica este modelo educativo. El elogio y la defensa de sus virtudes, por parte de Álvarez Rixo, se sustentan en la buena educación recibida en el núcleo familiar. Su padre, hombre de conocimientos, se preocupó de enseñarle la lengua latina, declara el polígrafo portuense en los apuntes biográficos referidos. Asimismo, Álvarez Rixo cuando se refiere a la educación de los varones de la familia, afirma que su padre se esmeró en la educación de sus hijos, Nicolás y José, advirtiéndose el hiato diferenciador entre ambos modelos educativos y entre ambos sexos. A pesar de ello, la educación recibida por María Joaquina se aprecia en la lectura de sus versos, que informan de su conocimiento de la lengua latina, tanto de las fuentes bíblicas como religiosas (Galván, 2006b), además de estar al tanto de la literatura que se producía en Canarias. La cultura literaria que se infiere de esta lectura es que su bagaje literario se halla al mismo nivel que al de la comunidad letrada masculina, con la que dialoga, con la que se interrelaciona y a la que interpela en sus versos. 

El modo de presentar estas notas biográficas pone el énfasis en la genealogía y en la supeditación de sus méritos al sexo masculino, como puede comprobarse en los datos que conocemos de su “carrera” literaria. Álvarez Rixo expresa que su intención al dar a conocer a María Joaquina se debe a que hasta ahora nadie había pensado en ocuparse de las mujeres de talento en tanto se creyese en su inexistencia. Desmiente esta falsa creencia con la mención de los méritos de una dama canaria que conoció como fue María Joaquina. A su juicio, si las mujeres recibiesen la dirección adecuada en su instrucción, podrían ser incluidas en el parnaso, subrayando así la condición subalterna de las mujeres inclinadas al arte o a las letras. Se exige, por tanto, la sujeción a los patrones hegemónicos. Entre las distintas posiciones que las mujeres adoptaron ante el reto de la escritura, se desprende del ejercicio literario de María Joaquina su adaptación a las reglas literarias dominantes masculinas, aunque con ciertas reticencias y manifiesta rebeldía ante su identidad como escritora y el rol secundario que se presuponía para las mujeres que se lanzaron a la actividad creativa, como se aprecia en algunos de sus versos. Su demanda es intervenir como una igual en la comunidad. Que María Joaquina quería participar activamente en la vida pública canaria no solo se constata en sus versos, sino también en el único texto en prosa conservado, en el que se dirige a las mujeres canarias, Una señora canaria a las de su sexo, para animarlas a contribuir como madres y esposas a la lucha contra el enemigo francés y a favor de Fernando VII. Se trata de una proclama patriótica, como otras generadas en el territorio peninsular en ese contexto histórico, que evidencian su implicación activa como ciudadana en la construcción y defensa de la nación. De la lectura de sus poesías, género dominante en su producción literaria, se infiere que su talante no era de ningún modo sumiso, que su deseo es escribir, aunque sea en silencio, que no se amilana ante las críticas y que es muy consciente del rol que desempeña la poesía como medio de expresión de las inquietudes culturales, espirituales y sociales de su entorno. 

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