LO DESRISCARON
La noche, negra como cuervo, ha echado sobre el barranco de Guayadeque una capa de profundo, pavoroso y alquitranado silencio. En Cuevasmuchas una familia está bastante inquieta. Son las doce de la noche y el hijo mayor no llega. Al tercer misterio del tercer rosario familiar, un silbido, largo y áspero como una soga de pozo, raja el oscuro silencio del barranco. Isabel, una de las hermanas gemelas, persignándose instintivamente, interrumpe el ya cansino rezo de rosarios.
—¡Es Manuel, padre! Es Manuel que avisa, desde la banda de Ingenio, que ya viene.
La muchacha se asoma el barranco y grita «¡Manuel!», nombre que el eco lo va rebotando de risco en risco; pero no obtiene respuesta.
La familia termina las letanías, los padrenuestros y avemarías por los difuntos y por las almas benditas del purgatorio y aguarda la llegada del fuerte galletón…
Pasa una hora y Manuel no viene. Un aire de angustia y un suspiro de preocupación hace tiritar la llama de la vela en la perturbada palmatoria. De pronto rechina en las concavidades de la cueva otro silbido lastimante y lastimero.
—Mira a ver, Bartolo, si ese silbido es de tu hijo Manuel, musita miedosa la madre.
—No, Rafaela, ese silbido cambado, estridente y gruñón no es el de nuestro hijo Manuel.
—Pero contéstale tú, hombre. Pregúntale con tu silbido a ver si a ti te responde —insiste sollozando la madre.
—No, déjalo. Pueden ser las brujas envidiosas que andan por las noches con intrigas, sinvergüenzuras y caprichos. Y a lo mejor son guanches aparecidos que vienen del otro mundo a llorar sus penas o a reprendemos…
El pabilo de la vela se ha torcido. La cueva queda en dura y sospechosa oscuridad.
La madre pálida, fatigada, se queja de jaquecas y se tiende en el catre con la mirada perdida en una niebla de lágrimas.
Son las tres de la madrugada. Toto, el perro de Manuel hijo, llora desconsoladamente a la puerta de la cueva y toca con sus ensangrentadas patas para que le abran. Bartolo padre, que no ha pegado un ojo en toda la noche, sale a la puerta todo enguirrado, no de frío sino de malos barruntos. El perro, con sus dientes, hala de los calzones a Bartolo como pidiendo que lo siga.
El perro, delante, y Bartolo, detrás, bajan tétricos y resbaladizo riscos; caminan, jadeantes, barranco arriba rozando arbustos duros v ceñudos, ramas desnudas y esqueléticas de almendros retorcidos y rencorosos…
En la Montaña de las Tierras, Bartola encontró a su hijo Manuel, el cuerpo frío, morado y endurecido por el relente de la muerte.
En la engrifada aurora, el bucio sonó a muerte por todos los ámbitos del profundo barranco. La luz de la mañana se llenó de reconcentrado dolor, y voces desatadas iban repitiendo de banda a banda, de cueva en cueva:
—¡A Manuel el de Bartola lo desriscaron anoche! ¡A Manuel el de Bartola lo desriscaron anoche!…
Después del entierro de Manuel, durante cuatro lunas seguidas, por las noches, solo se oía el murmullo del agua que, al rozar con las ñameras y cañaverales, parecía llorar con nudos de angustia. Varias personas afirmaron haber visto de madrugada una sombra, como la de Manuel, que cruzaba el barranco y un siniestro cuervo negro persiguiéndolo…
15 de marzo de 1986
LO ESTABA ESPERANDO
Nicolás, el de Los Caideros de Gáldar, estaba endrogado. Ya nadie le fiaba ni una perra chica en tiendas ni cafetines. Le había caído la tiña encima: la vaca se le murió al parir, se le aljorraron las papas y el millo apenas le dio un saco de piñas de rebusco.
Dejó el sacho y el cacho de tierra a su mujer y salió a buscar trabajo donde fuera. Se estaba construyendo el pinganudo Faro de Maspalomas. El capataz de las obras se compadeció de Nicolás y le dio un empleo: picar cantos, desmenuzar piedras y cernir arenas de sol a sol.
En aquel entonces Maspalomas era una vasta soledad silenciosa. No había ni una pisada de esas hordas extrañas que hoy vienen a calentarse y a tostar sus carnes con los soles canarios. Por aquellas propiedades del conde de la Vega Grande solo cogían sol los pudorosos lagartos cubiertos de cabo a rabo con sus vestidos cobrizos.
Nicolás no se hallaba allí sin su mujer e hijos; pero a causa de la tirana pobreza tenía que quedarse penado toda la semana. Dormía solito sobre un jergón lleno de hojarascas de millo, amansaba el hambre con pellas de gofio y conduto de cebollas y tunos pasados o con lapas y algún cangrejo o pulpo que apañaba, mariscando por las mañanitas, y que los asaba al mediodía con troncos de leña buena; apagaba la sed con el agua salobre que guardaba en una calabaza. A prima noche se entretenía jugando a la ronda o al tute con tres peones, naturales de Agüimes, que convivían en una estrecha choza hecha por ellos mismos con ramas de veroles y tabaibas, gigantescos candelabros de cuatro o cinco metros que cubrían por completo barrancos y montañas.
El sábado, apenas soltaba el trabajo, Nicolás se encaminaba por atajos hacia Los Caideros. Llevaba consigo una alforja con un poco de ropa sucia, una libra de pan de millo, la calabaza de agua y la pellita de la paga semanal envuelta en un pañuelo blanco.
Tenía Nicolás las piernas menudas como verguillas, estaba flaco como varilla de mimbre y empuñaba en sus caminatas un gran palo de acebuche de unos cuatro metros de largo; y todo esto le ayudaba a agarrarse de los riscos y a saltar precipicios de ocho a diez metros para acortar el largo camino.
Esta vez cogió por Fataga, Tunte, Ayacata, Tejeda y, al toque de la oración, llegó al pago de Los Caideros de Gáldar. Venía con la garganta seca, la remojó con dos tragos de ron en el bochinche de Gregorito el Petudo, tertulió un ratito con los presentes y salió aprisa para su cueva de La Degollada.
En La Degollada había dos cuevas pegadas. En la cueva de arriba hicieron el nido Nicolás y su mujer desde que se casaron, ahora hacía ocho años. Allí le habían nacido los siete hijos corre que te corre… En la cueva de abajo estaba depositada, desde muchos años atrás, la caja común que servía de ataúd para llevar al cementerio de Gáldar a toda persona que cayera por Los Caideros en los brazos descarnados de la muerte. Al virar la quiebra, vio, engoruñada en la puerta de la cueva de abajo, a la astrosa vieja Jacinta, novia que fue, cuando joven, de su difunto padre. Que se querían lo sabía todo el pueblo; pero un día la dejo plantada y muchas lenguas testimonian que también regada… y que por eso Jacinta se marchó a la ciudad para ocultar su deshonra. Despedida por vieja de una casa de gente rica donde trabajó de criada durante cincuenta años, sin cuartos en la talega, y con muchos achaques en cuerpo y alma subió a Los Caideros a pasar frío, hambre y “a morirse donde nació”, según manifestaba la propia Jacinta a cuantos compasivamente le daban un plato de comida o un poco de ropa vieja.
—Buenas noches, Nicolasillo, mi niño. Te estaba esperando. A ver si no eres tan enroscado y malo como fue tu padre conmigo. Socórreme, que traigo mucho frío y mucha hambre de tanto andar penando por estas veredas y vericuetos … —le dijo Jacinta con negra sonrisa y voz fañosa.
Nicolás asintió con la cabeza, pero no respondió al saludo. Subió con rapidez vertiginosa a la cueva, besó uno por uno a sus siete hijos, ya dormidos todos en un mismo catre chillón, abrazó a su mujer, le entregó las perras de la paga semanal “para que borrara las deudas de la tienda, se sentó en una piedra que servía de tosca silla y exclamó orgulloso: “Nada como mi casa y mis tres teniques. Nadie como la palomita de mi mujer y mis siete pichones”.
Se acordó de la vieja Jacinta cuando su mujer puso el caldero sobre los teniques para calentarle la cena.
—Muchacha, Marujilla, mira a ver si me sacas un platito de pota je para la pobre Jacinta que está ahí abajo muerta de frío y de hambre —dijo Nicolás a su mujer.
—¡Demontre! ¡No me asustes! Que ya tengo todos mis nervios esconchabados de pasar las noches sola en estos parajes de miedo…
—¿Cómo vas a ver tú a Jacinta si se la llevaron a enterrar antier en esa espantosa caja que tenemos por molesta y única vecina? —le respondió amarga Maruja.
Nicolás se estremeció, se levantó de un brinco, cogió el farol, bajó precipitadamente, miró, entró en la cueva, registró hasta los rincones: allí no estaba sino la dura caja de los muertos. Como creía en los aparecidos, inmediatamente se le posó en la cabeza una arañante duda: ¿”Vendría a despedirse de mí o a darme las quejas porque no la acompañé en su viaje a las chacaritas”? Miró y remiró en las afueras y ni rastro. Levantó el farol para observar más lejos… Un búho, asustado por la luz del farol, salió huyendo de su escondrijo y le rozó la cara… Subió corriendo a su cueva con los cabellos engrifa dos, se sentó, dio un largo y profundo suspiro y dijo a su mujer:
—Ya no está… Se iría con sus penas a otro sitio. Pero ¿por qué me esperó a mí ahí abajo?
Respondiole su mujer:
— ¿No será por culpa de tu padre?
Y la cueva se quedó en tembloroso, tétrico y negro silencio. Una ráfaga de un viento enroñado abrió la puerta, tumbó la palmatoria y se apagó la vela.
19 de marzo de 1986
EL MAJADERO TELÉFONO
En una clínica de la ciudad de Las Palmas está grave una madre. Es un sábado destemplado, amargo y frío. Una garujilla molesta y pertinaz empaña los cristales de la acongojada habitación donde la buena madre, con solo su corazón, lucha contra la emperrada y empellante muerte. El venerable rostro de la madre refleja toda la ternura y tesón con que se acreció, año tras año, para que en él cupieran todos y cada uno de sus hijos que ahora, compungidos y apiñados, la rodean ansiosos de devolverle el vigor con que manejó y encaminó sus vidas.
La noche está cerrada. Los hijos, conminados por celadores que cumplen impías órdenes, se han marchado al lejano pueblo. A las once sólo quedan Lola y Paco.
Como algunos médicos, los sábados y domingos, se desentienden de sus pacientes y los dejan en manos de enfermeras, Paco pregunta a la monja celadora si esa noche se puede marchar tranquilo a casa o sería mejor quedarse velando al pie del lecho de su fatigada madre. La Sor le contesta que su madre no está en peligro y que era preferible, incluso, la dejara al cuidado de las enfermeras de guardia…
A las cinco de la madrugada repica insistente y brusco el teléfono cual si fuera un negro grillo. El hijo despierta, enciende el bombillo, corre atolondrado a la sala, coge el bruto teléfono y una voz oscura y áspera de macho garrasposo le ordena:
—Véngase cuanto antes a la Clínica.
Y se cortó el desapacible e insolente teléfono.
El hijo vuela con prolongada angustia y zozobra sospechosa hacia la Clínica. Allí, roto por el dolor, besa y moja el cuerpo frío de su madre muerta…
El hijo, malherido en su amor, ha maldecido a la monja y al médico porque siempre quiso estar al lado de su madre bendita y más en las horas de tristezas y de agónico sufrir. Aquella noche del sábado, al besarla, le pareció que los ojos piadosos de la madre le querían hablar… como pidiendo que le hiciera algún mandado…
Desde entonces, a las cinco en punto de la madrugada, todos los días, oye en sueños el repique tozudo del teléfono, como si fuera una majadera matraca, y se despierta sobresaltado. Y ya no puede coger más el sueño y entonces recuerda aquel aciago domingo de madrugada y, sin poderlo remediar, maldice a la Sor y al médico…
Y es que está cada vez más convencido de que su madre, antes de irse a la gloria, lo llamaba y llamaba para decirle algo, para darle algún recado importante…
Tal vez una noche, a las cinco de la madrugada, se lo diga.
14 de marzo de 1986
ENTRE RISCOS
Aguedita estaba preñada. Iba a parir ya pronto. Vivía en el bar ranco Guayadeque, en una cueva muy alta y solitaria. Su marido tuvo que salir de viaje a vender quesos en Telde. La noche estaba cerra da. La hermana Fela, que vivía en Temisas, ya estaba adormilada cuando oyó voces que repetían:
—Vete a Guayadeque a casa de tu hermana que está pariendo.
Fela cogió el sobretodo y salió corriendo porque Águeda era su hermana gemela. Por los caminos vio que tres luces iluminaban los riscos y laderas y le mostraban el trayecto más corto. Llegó a tiempo. El alumbramiento fue feliz y a los tres de la madrugada se oyó el bonito lloro de un precioso niño.
Aguedita y Fela creyeron que las tres voces y las luces eran los espíritus de los guanches buenos que, desde el más allá, venían a ayudar a sus descendientes de las cuevas de Guayadeque.
Al salir el sol, los mirlos, canarios, capirotes y pintos, en un impresionante coro, manifestaban su alegría por la llegada de la criatura. Unos emocionados silbidos comunicaban la buena noticia a las cuevas de las dos bandas del Guayadeque. Una melodiosa ternura resbalaba por los riscos y de los nacientes brotaban más sonoras y transparentes las aguas.
EL DESAFÍO CON EL DIABLO
Los riscales y laderas, lomas y barrancos, arrifales y jables del sur de Gran Canaria se habían aprendido, de tanto oírlas, sus coplas favoritas:
Una pata tengo aquí
y otra tengo en tu tejado,
por culpa de tus amores
ando todo escarranchado.
De Maspalomas, la piña;
de Arguineguín la sandía
y del pueblo de Mogán
Maximinita García.
En la cumbre hay una flor
que la llaman retamita,
la perdición de los hombres
son las mujeres bonitas.
De Temisas, la aceituna;
de Guayadeque, la almendra;
y del Ejido de Agüimes,
Rosario la Majorera.
Con esta, con Rosario la Majorera, se casó y tuvo doce hijos, cuatro hembras y ocho machos, Manuelito Guedes, pastor, como su abuelo y su padre, desde sus nueve años.
A sus quince abriles ya se conocía toda la comarca sureña desde Temisas a Arinaga, desde Aguatona a Amurga, desde el barranco de Balas a Los Guaniles, desde Gando a Arguineguín, sitios a donde conducía su ganado en busca de rastrojos, pastos y yerbas.
Altote y fuerte, espabilado y bonachón era una viva estampa de los antiguos pastores guanches de Agüimes.
De su abuelo y de su padre aprendió a silbar, cantar, blandiar, luchar, saltar, defenderse y jugar al palo y al garrote. Fue espléndido luchador y mejor garrotista. Su fama se extendió por toda la Isla, tanto que muchos venían a su encuentro, unos para aprender y otros a desafiarlo. Jamás perdió un desafío ni siquiera el que pegó con el mismísimo diablo, su último desafío.
Cho Manuel, el Invencible como lo llamaban, cargaba ya sus setenta años. Al despuntar el alba de un tres de diciembre, salió de Majadaciega donde se había establecido con su mujer e hijos, sacó su ganado de las faldas del Roque Aguayro y se encaminó hacia Temisas.
Hacia las nueve de la mañana, el cielo se puso negro, cayeron rayos enrevesados, sonaron truenos estruendosos, llovió a cántaros, los goterones de agua empaparon las tierras, corrieron por las laderas e hicieron resbalar al pastor, al perro bardino y a las cabras y ovejas. La fuerte lluvia los sorprendió en un paraje desarbolado y sin soco donde guarecerse. Casi dos horas duró la tormenta de relámpagos, truenos y aguaceros. Tres baifitas se ahogaron, el bardino se estropeó una pata en busca de cuatro cabras asustadas. Fue aquel un día desgraciado para aquel pastor. Desgraciado y amargo: le cambió la vida para el resto de sus días.
A primanoche, calado hasta los tuétanos, los zapatos embarra dos, pantalones, camisa, chaleco y sombrero mojados, Manuel regresó a su casa; nervioso, corajiento y disparatado, botó el zurrón y la cachimba sobre el catre y tiró el palo al suelo; de su boca no salían sino blasfemias y maldiciones contra Dios, la Virgen, Santa Bárbara y contra el mismo puñetero diablo.
—¡Déjese de rabietas y maldiciones, cristiano! No se me enroñe tanto. Con perretas y palabrotas nada se remedia. Tenga paciencia. Mire que Dios los puede castigar más. Así le advirtió Rosario, su mujer.
—¡Esta noche, coño, me peleo con Dios, con Santa Bárbara y hasta con el jodido diablo, recoño! ¡Malditos todos ellos, carajo!
—Déjese de calenturas, no eche más palabrotas ni blasfemias. Mire que Dios lo está escuchando. Salga a serenarse un poco que ya hace horas que escampó.
—Pues, sí me salgo, carajo, porque estoy rabioso y no me aguanto; y, si no maldigo, me reviento.
Manuel, a la cintura el cuchillo y en la mano el garrote, salió sin rumbo cierto. La rebelina le dio por ir por el Camino de la Madera. Al llegar al Lomo del Ancón se le apareció un sombrajo; pero emperra do, siguió hacia El Peladera. Aquí el sombrajo se le paró de frente. Semejaba un hombre alto, robusto, bien parecido y hasta guapo; vestía pantalón, chaleco y capa negros y llevaba un largo palo de acebuche en la mano derecha.
—Aquí estoy, buen amigo, vengo al desafío que me pegó.
—Ahorita estoy todo derrengado y no tengo ganas de pelea.
—Además, ni lo conozco ni recuerdo haberlo desafiado.
—Pronto ha perdido la memoria, amigo. Vengo de lejos y no me iré sin probar su maestría. No sea cobarde y prepare su garrote.
—A mí nadie, nadie, nadie me llamó cobarde —dijo indignado Manuel. Se trabó la pelea. Duró horas. Manuel atacaba, paraba, templaba, giraba. Le respondía el forastero con igual habilidad. Rodaban por los suelos, se levantaban y volvían a pelear. Estaba Manuel en situación apurada, cuando, con un golpe girado, le quitó la capa a su adversario y, al verle dos grandes patas mitad pezuñas de macho, mitad espuelas de gallo, gritó fuerte:
—¡Jesús, María, Dios mío! ¡Vete de aquí, diablo maldito! De pronto estalló un esperrido, saltó un fogonazo de luz y desapareció el desafiante. Era el diablo, el puñetero diablo.
A las cinco de la madrugada Manuel, con ceño adusto, fallido, sin fuerzas, corazón tembloroso y asustado, se retornó a su casa. Se sentó en una piedra; en otra, con su cuchillo, trazó una cruz de dos jemes de largo y uno de ancho, la besó y juró sobre ella que jamás volvería a coger el garrote para pelear.
—Se me apareció el diablo y tuve que pelearme con él, Rosario.
—Eso fue un castigo de Dios, Manuel. Bien te advertí yo que no dijeras palabrotas.
—Diles a tus hijos Juan y Ghana que saquen el ganado hoy.
—Es mejor, es mejor, que usted ya no está para cargar con el zurrón.
Enguirrado y aburrido, pensativo y soturno pasaba sus días. Sentado en un peñasco miraba el roque Aguayro, Temisas, Agüimes … y repetía:
—El jodido diablo tiene mucho poder y saber; casi, casi me gana, carajo…
Dice la gente que, en el sitio del pleito, por más de veinte años, no creció greña ni aulaga, tabaiba ni verol. Tampoco anidaron los calandras ni tomaron el sol los lagartos.
Sólo algún guirre extraviado, se posaba, de cuando en cuan do, en El Peladera; pero al rato alzaba su vuelo por el olor a azufre que había dejado el diablo, el puñetero diablo.
LA CRUZ DE LA VIEJA
—¡Adónde va con este solajero, Rosarito?
—A Los Cercadillos a llevarle el almuerzo a Juan que está regando las nueve horas que le toca por dula de la Heredad de Los Parrales. (Fue un lunes de julio, a las doce del día, a la salida del Ejido).
—¿Qué quiere hoy, Rosarito?
—Un tostón de tabaco de hebra para la cachimba de Juan que está asurcando la tierra para plantar papas y millo. (Fue un martes de noviembre, a las nueve de la mañana, en la tienda de María Belén, en la plazuela de San Antón).
—¿A qué vino, tía Rosario?
—A ver si tu madre me presta la cuna para el nietito que me va a nacer. (Era un miércoles de mayo, al toque de la oración, en la calle La Amargura del Barrio).
—¿Adónde va con la cesta, Rosarito? Se va a empapar con esta garujita que está cayendo.
—Al Henchidero, a lavarle la ropa a mi hija Lola que está de buena esperanza. (Fue un jueves de junio, a las cuatro de la tarde, bajando la calle El Agua).
—¿Adónde va tan aprisa, Rosarito?
—A buscar una carta que me mandó mi hijo Paco desde Cuba. (Fue un viernes de agosto, a la puesta del sol, en Las Cuatro Esquinas).
Juan, el marido de Rosarito, hacía diez años que había fallecido de una pulmonía.
Lola, su hija, había muerto en el parto y la criatura, fruto de su vientre, voló al cielo a los siete días de nacida. Hacía de esto ya cinco años.
A Paco, su único hijo varón, lo habían matado en Cuba, hacía doce años, por motivos políticos, según hablillas.
Las desgracias apuñalaban impíamente a Rosarito, tan buena, tan bonita, tan piadosa y tan honrada. Y se fue trastornando día tras día. La mente se le fue poniendo ferrugienta, pero su demencia no era peligrosa, no estorbaba ni ofendía a nadie.
María, la hija que le quedaba, la dejaba salir de casa porque “así su viejita gozaba, se distraía y hasta se retoñaba y rejuvenecía”. Y la gente la mimaba y compadecía.
—¿Adónde va esta viejita tan tempranito?
—A Los Corralillos a poner paz entre mis sobrinos Chano y Cristóbal que se han peleado por una lambrija, por una tirita de tierra baldía y unos arrites pedregosos ¡Cosa con esa! (Fue un domingo, a la salida del sol, pasada La Viñuela). Rosarito tenía ya setenta años. Su persona y su estado suscitaba la piedad y el cariño de todo el pueblo.
—¿Adónde va esta viejita con este sol tan bravo?
—A Pajonales a llevar provisiones a Juan que está allí con las vacas. (Era un sábado de mayo a las once de la mañana, en La Tablilla. Hacía ya doce años que Juan había sembrado, por última vez, trigo, cebada y chícharos en unas cadenas lindantes con las tierras que, años después, en 1780, el obispo señor de Agüimes regalaría al coronel Don Pedro Westerling).
Rosarito cogió el antiguo camino de Temisas; más allá de Las Cadenas de la Virgen, se sintió fatigada, se sentó a descansar en una piedra negra, miró y remiró, llamó y rellamó a Juan, dio un largo suspiro, le dio un repentino fatuto y cayó para atrás al suelo.
Un temisero, que bajaba hacia Agüimes en su burra con los serones repletos de aceitunas, se la encontró fría, con los ojos abiertos y una suave sonrisa en sus labios.
La tarde estaba hinchada de luz y paz. El aire olía a pastos y retamas. Una bandada de palomas negras y azules cruzó los aires. Se oyó un largo silbido al que respondió el ladrido lastimero de un perro. El temisero sintió un espeluznante escalofrío y se apresuró a llevar la mala noticia a Agüimes…
En el sitio donde se encontró el cuerpo frío de Rosarito, su hija María colocó una cruz, piadosa costumbre muy común en los pueblos de la Isla.
Desde aquel entonces, los que iban y venían de Agüimes a Temisas, al pasar por allí, se santiguaban y colocaban en la cruz un ramo encarnado de amapolas o un manojo amarillo de trigo o flores blancas y azules de retamas y veroles.
Desde entonces bandadas de pájaros se posaban en la cruz y, compasivos, entonaban unas canciones más bonitas, más puras, y más piadosas que las plegarias de los fieles devotos en la iglesia.
Aquel sitio y las cadenas en rededor se conoció desde entonces con el topónimo “La Cruz de La Vieja”.
Hoy no existe la cruz, ni el Camino de Temisas, ni amarillea el trigo, ni grana el chícharo, ni anidan los pájaros por aquellos parajes. Solo, de vez en cuando, pasa de largo el ganado del pastor de Casablanca…
EL ALA SE ME PARTIÓ
Fue el 15 de mayo de 1849. El día estaba quieto. Un silencio seco y severo se prolongaba a lo largo y ancho del barranco de Guayadeque. Tres nubarrones canelos pretendían tapar la cara del sol. En la banda de Ingenio, en El Lomo, brotó una voz fuerte, emocionada y conmovedora:
—Soy el hijo de una viuda, mi pobre padre murió.
—¿Cómo quieres que yo vuele si un ala se me partió?
Era la voz de Juan que ratiaba sus vacas en el cercado que llevaba a medias con los Herrera de Agüimes.
Su padre, para mejorar de fortuna, había emigrado a Cuba. Jamás regresó. Allí falleció después de diez años de fatigas y sudores…
Lola, la hija de la costurera, lavaba la ropita de sus hijos en la acequia de Los Parrales, en el sitio llamado La Molinilla.
Escuchó la penosa y piadosa canción de Juan. Se le pararon las manos. De pronto, pasó por su mente la figura de su padre ausente y escuchó una voz lejana y lastimera: “Ha muerto”.
Un mes más tarde llegó una carta de Santa Clara de Cuba. Un emigrante de Agüimes, primo suyo, le decía: “Querida Lola: El día 15 de mayo, a las once de la mañana murió tu padre de un tabardillo. Antes de cerrar sus ojos y sellar sus labios para siempre, te nombró repetidamente. Lo siento. Ten consuelo y resignación”.
A la semana siguiente, Lola bajó a lavar la ropita en La Molinilla. De la banda de Ingenio venía un viento fuerte que abofeteaba las ramas de los olivos y algarrobos. Una pareja de capirotes lloraba porque manos impías les habían robado sus crías. Y Lola también lloró.
—Su voz dolorida la escucharon las piedras y matos de las laderas:
—Soy la hija de una viuda, mi pobre padre murió.
—¿Cómo quieres que yo cante si un ala se me partió?
El espíritu, la mente humana tiene alas para volar a través de los tiempos y de los espacios. Es un enigma, un misterio incomprensible para muchos.
El espíritu de Lola, la hija de la costurera del Barrio, era prodigioso: sintió el día y la hora del fallecimiento de su padre, allá en la lejana y amada Cuba. Fue el 15 de mayo de 1849, a las once de la mañana en una hacienda de Santa Clara; pero las campanas de Agüimes no doblaron a muerto sino el 29 de junio, cuando llegó la amarga noticia.