Textos escogidos de José Pérez Vidal
1
Barquero, amigo barquero,
llévame al mar en tu barca,
que está mi barquita rota
y yo me muero en la playa.
Toda la mar hoy es verde.
Quiero ir donde tú vayas:
a la mar de las tormentas
a la mar de las bonanzas;
no me alegra el que sea buena
ni me aflige el que sea mala:
quiero la mar, ¡la que sea!,
que yo me muero en la playa.
¡Barquero, amigo barquero,
llévame al mar en tu barca!
2
Señales del tráfico
Timbre. Rojo. Stop.
Las aceras se desbordan, atropelladamente, por el estrecho canalizo del “paso de peatones”. Los vehículos se agarran del suelo con el rugiente encogimiento de la fiera que tiene que refrenarse ante el borde imprevisto.
Y mientras las gentes cruzan, las miradas de los “autos” tienen convergencias de odio, reojos de venganza, trepidaciones impacientes… Pero ya el guante blanco ordena prisas…
Timbre. Verde.
Color de vientos y de corrientes marinas. Precipitado de velocidades. Signo del instante terrible en que el último peatón corre en un retorcido flaquear de miedos. En que las compuertas de los pretiles se cierran. En que todas las furias contenidas se desatan…
* * *
En el ejército de los vehículos los tranvías forman el pelotón de los torpes. Todos los días haciendo el mismo trayecto y todavía necesitan seguidor para no torcerse y llevar escrita la dirección en la frente para no olvidarla.
* * *
Los vehículos también tienen sus enfermedades. Los “autos”, por lo general, padecen de los oídos. Da lástima ver con la crueldad con que les levantan las orejas para curarlos.
Los “renaults”, sin embargo, de lo que suelen enfermar es de la garganta. Los chófers –especialistas en otorrinolaringología mecánica– para hacerles la cura les abren la boca y realizan, aun en plena vía, la prueba del artista de circo que mete la cabeza en las fauces de la fiera.
* * *
Tilín, tin. Tilín, tin.
Entre el carraspeo aguardentoso y trasnochado de los claxons y las voces solemnes o atipladas de las bocinas, la campanilla de los tranvías pone una nota sana, primitiva… El bucólico sabor de su tintineo pudiera ser causa de que la envidiaran y pidieran las camionetas de las granjas agrícolas.
* * *
Quienes más suelen utilizar las bajadas del “Metro” para cruzar la calle son las parejas de enamorados, el señor que nunca tiene prisa y el que se tapa la boca al salir a la calle de noche.
* * *
Las porras inéditas de los agentes del tráfico deben haberse estado reservando para servir de hisopos en los asperges veloces de los entierros en “auto”.
* * *
La bicicleta es la corriente afilada de aire que se cuela por las rendijas del tráfico. Como no es nada más que eso, ni derriba árboles ni destartala kioscos. Pero por ser solo eso, desgraciado del que se ponga en la rendija imprevista.
* * *
El frío grasiento de los atardeceres agrava el catarro crónico de los claxons que, entonces, carraspean desesperados.
3
La cometa
A la rueda, rueda, rueda… la rueda de los tiempos de los juegos infantiles. ¡Qué caprichosos los geniecillos que la impulsan y dirigen! Hasta ayer, parada en el juego de bolos; antes, en el de la peonza; ahora el geniecillo protector de los modistos en papel la ha detenido en el tiempo de las cometas. Y como siempre en los demás juegos, la cometa ha vuelto a estar de moda.
Síntesis china, cabeza de larga coleta, ya la tenemos poniendo en fiesta el cielo de todos los días.
Solemnes, caracoleantes, en las oficinas del aire fiscalizando las nuevas que llevan las brisas, rubriqueando las noticias radiotelegrafiadas, infundiendo bondad y alegría a todas las desgracias transmitidas que rosan sus colorines.
Cuando me comuniquen algo funesto, que la comunicación se enrede en el rabo rizado de una cometa. Así no podré recibir el conocimiento de mi desventura sino con esa rosada indiferencia con que los niños ven que los visten de luto.
Vibra el entusiasmo inicial de toda moda. Izan las cometas los primeros cantos de los gallos y hasta el alto atardecer, animan de verbena las avenidas de todos los vientos. Sólo entonces se inicia el aterrizaje. Una tras otra, como enormes arañas, todas las cometas se van sorbiendo el largo hilo que las cautiva hasta llegar a tierra.
La que se quede última ya tardará en posarse. Esa tendrá que aguardar hasta que la tarde dicte sus últimas cláusulas, hasta que el sol ponga sus últimos lacres, hasta que el silencio inicie sus responsos. Es que la última es la majestuosa rubricadora, notaria del día.
4
[Poggio Monteverde]
No es una novedad. El escritor, como todo hombre –incluso el genio, en gran parte–, es hijo de su país y de su tiempo. Juan Francisco Poggio Bracciolini, en la Roma cismática y corrompida y a la vez ávida de cultura de la primera mitad del cuatrocientos, hubo de cuajar en satírico y humanista. Juan Bautista Poggio Monteverde, 1632-1707, de sangre italiana también, pero surgido en la España barroca y decadente de los últimos Austrias, tuvo que desembocar en el verso torneado y la amarga sentencia.
Nace Poggio y Monteverde en Canarias –ángulo de occidente y mediodía, ensueño y color–; se licencia en Salamanca, y allí se entraña en las ideas y gustos de la época. En Quevedo aprende el tono agudo, cortado y sentencioso; la tradición ascética, estoica y senequista. De Calderón recoge el verso atormentado y retorcido, el brillo y la metáfora, la estructura y los problemas del teatro sacramental. La influencia del autor de la Epístola satírica y censoria se habría de apreciar especialmente en sus sonetos; la del artífice de los autos, en sus Loas sacramentales.
Vuelto a la isla de la Palma, ejerce de abogado, y ya maduro, es nombrado teniente de corregidor. Más tarde abraza el estado sacerdotal y desempeña puestos de visitador y vicario.
Escribió loas para los festejos de la Bajada de la Virgen, comedias para la festividad del Corpus Christi, pasillos para la noche de Navidad, sonetos, himnos, canciones, romances, etc. Pero la mayor parte de esta producción está, al presente, extraviada y, quizá, por desgracia, para siempre perdida.
Hoy que de nuevo se vuelve la mirada hacia el seiscientos –comprensión del barroquismo: Góngora, Calderón, la arquitectura–, la publicación de este haz de poesías de Poggio y Monteverde vale como doble devoción al poeta y a la actualidad. Poggio es uno de los poetas más pulcros y brillantes de Canarias y, sin duda alguna, el más representativo de la centuria barroca.
(Introducción a Poesías de Juan Bautista Poggio Monteverde, Las Palmas, 1944).
5
Influencias geográficas en la poesía tradicional canaria
Las Canarias, como todas las islas, y más aún las de corta extensión como ellas, hay que imaginarlas rodeadas de puertas por todas partes, puertas libres y francas por donde entran las influencias y elementos más extraños. Las islas son consideradas por los geógrafos como uno de los territorios más abiertos y acogedores. Todos los puntos de sus extendidos o recortados confines están en contacto con el mar y constituyen otras tantas entradas para las novedades forasteras. Además, el mismo aislamiento y la estrecha limitación de las islas generan dos factores humanos y recíprocos que favorecen el ingreso de elementos de las más diversas procedencias. Uno es la mágica atracción que hacia las islas –especialmente mientras la navegación ha estado rodeada de cierto aire de aventura– han sentido los mareantes de todas las latitudes. De todas las islas ha salido, en la infancia de su incorporación a la cultura universal, la llamada vaga e insinuante pero irresistible de sus míticas sirenas. El otro factor está constituido por lo más entrañable y hondo del alma isleña: una consoladora, imprecisa e insaciable esperanza; las islas pequeñas, casi sin solar, se consuelan de su soledad y desolación esperando. Tienen los brazos de su alma, como los de sus cabos, tendidos al horizonte y dispuestos a recibir con alborozo cualquier cosa que a ellos arribe. En la vigilante balconada de todos los riscos isleños se adivina el espíritu soñador y tierno de una Dácil, la princesa indígena de Canarias, con la mirada puesta en la lejanía y la súplica anhelante en el “incierto mar”: […]
Además de todas estas concausas determinantes del ambiente acogedor isleño comunes a todas las islas, hay otra no menos conocida, que tiene un valor extraordinario en relación con las Canarias: la especial situación de éstas. Situado el archipiélago en un punto crucial de los más frecuentes rumbos entre Europa, África y América, ha sido como un filtro y remanso de las relaciones entre los tres continentes. A través de sus costas se han canalizado las más contrarias corrientes culturales, que han dejado en ellas densos y duraderos sedimentos. […]
Examinados ya los factores geográficos que han contribuido a nutrir el acervo folklórico canario, corresponde ahora estudiar las causas que han participado en el arraigo y conservación de los elementos importados. En primer término se nos presenta con categoría de causa fundamental el espíritu mismo de la isla, que si es ansioso e insaciable, también practica la guarda cuidadosa. La isla es conservadora como todo microcosmos consciente de su limitación y pobreza. Ahora bien, su conservadurismo no llega a anquilosarse y a rechazar las nuevas aportaciones. En las islas existe la tradición viva, pero al mismo tiempo la puerta abierta.
En segundo término, ha contribuido, y no con menor fuerza, a conservar la tradición en Canarias, lo quebrado de su suelo y el régimen minifundista de su propiedad. Los repartimientos del suelo canario, hechos a continuación de la conquista, aumentaron el aislamiento dentro de las islas. Cada donatario edificaba su albergue y se establecía en el lote de tierra que le había concedido quien tenía facultad real para ello: unos, en terrenos costeros; otros, en un llano o en un valle alto; no pocos, allá arriba, en plena cumbre. Aislados de este modo dentro de la isla, en un doble aislamiento, sin más relación mutua que la determinada por las fiestas, ferias u otras ocasiones no cotidianas, los conquistadores y nuevos pobladores del archipiélago debieron de guardar como reliquias los recuerdos de su tierra de origen. Los cantos y oraciones aprendidos de la patria lejana tuvieron que ser vigoroso consuelo de la soledad en que vivían. La escasez de comunicaciones, que se mantuvo casi invariable hasta tiempos bastante recientes, dilataba largamente la llegada de nuevos cantos que pudieran desplazar a los primeros, y así, éstos sin competencia, arraigaban sin dificultad.
(Poesía tradicional canaria, pp. 133-134).
6
La isla gótica
La isla de la Palma es una isla recia, enriscada y viva. Abajo, su perímetro breve se hunde rápido en lo azul del mar. A sus pies se humilla el blanco y el azul del mar y de la espuma. Arriba, sus cumbres agudas y cortantes se pierden atrevidas en el azul del cielo. El blanco y el azul del cielo y de la nube se desgarran en ellas.
Hay islas bajas, indolentes, abandonadas –de espaldas sobre las olas– a sueños lentos de balsa o armadía. La isla de la Palma, por el contrario, vigila todos los rumbos, erguida, a pie firme y desvelada, como una antena sobre el mar. Aquellas –las islas bajas– no son verdaderas islas; son, más bien, solares para islas. La de la Palma, sí, es una isla completa y con remate. La inspiración ardiente de los volcanes la ha concebido, y con la exaltación incontenible de cien erupciones, se ha ido elevando, atormentada, como una isla gótica.
La isla de la Palma tampoco es –ya está anotada la brevedad de su pie– una de esas islas inmensas –Madagascar, isla de Cuba– aprendices de continentes. En la Palma, no solo las costas, sino hasta los valles recónditos del interior, están oreados por la brisa marina. Y no hay palmero, cualquiera que sea su oficio, que no tenga en el alma tatuajes de marinería. Cualquier tema marítimo, desde la pesca con caña ribereña hasta la engolfada navegación, halla en la isla las mismas resonancias que las brisas en los salitrosos tarajales costeros. Los isleños son marineros en su gigantesco navío petrificado. ¡Qué delicia la del isleño, en la isla pequeña, al ver un buque surcar el mar enmarcado de la ventana, y creer que es él, en la isla, y no la nave, quien navega!
(Viento y tormenta de una vocación, Santa Cruz de Tenerife, [1944], pp. 3-4).
7
De Canarias y América
El hombre no es sólo hijo de sus padres, sino también del lugar de su nacimiento. Si los padres le dan el ser, el pueblo natal le da la norma y modelo radical de vida.
En ambientes extraños de superior nivel cultural, el hombre retrae y guarda las maneras y gustos de su pueblo en lo más íntimo de su espíritu. A veces, sin embargo, una canción, una comida, un paisaje rompen el espiritual recogimiento y todos los recuerdos nativos afloran jubilosos y se imponen por un momento. El hombre, durante esos instantes, ventila y orea lo más hondo de su vida.
En los ambientes inferiores, por el contrario, tratamos de imponer las costumbres y normas tradicionales de vida del país en que hemos nacido y nos hemos criado. Procuramos asimilar el pueblo ajeno al nuestro para llegar a vivir en él como en el propio.
En los casos, por último, en que ningún núcleo humano, ni siquiera inferior, cohíbe en tierra extraña la realización de las naturales inclinaciones, el colonizador intenta reproducir su país de origen. Los descubridores y colonizadores del Nuevo Mundo tuvieron siempre presente el Viejo de la dominación, trazado y organización de sus fundaciones. Y así no resultó raro que abundasen tanto las réplicas de nombres geográficos: Nueva España, Nueva Granada, New York, New Orleans…
El canario, en su comportamiento en tierras extrañas, no iba a ser una excepción respecto de los demás tipos humanos. Y a dondequiera que fue, especialmente cuando se desplazó en grupos de familias, llevó consigo el vivo recuerdo de sus islas.
En los territorios conquistados y colonizados en Nueva Granada por el segundo Adelantado de Canarias y por su hijo, no tardaron en fundarse sendos núcleos de población con los nombres de Tenerife, Las Palmas y La Palma. Y donde no se pudo aplicar el nombre de las islas o de sus ciudades, se trasplantaron los nombres de las calles; en Montecristo, por ejemplo. Fundado en la isla de Santo Domingo por canarios, tenía a los pocos años diez calles, y entre ellas, la de Triana, la del Castillo, la de la Peregrina, la del Sol, la de San Francisco, la de Fragoso…
No se tienen noticias de cual fuese la traza y estilo de las casas de estas calles. Seguramente reproducirían el estilo y la traza de las casas de Canarias. Así, por lo menos, sucedió en otros lugares mejor estudiados: Cartagena de Indias, Antioquia.
Y dentro de estas casas construidas y habitadas por isleños en tantos lugares de América, desde Texas, La Luisiana y La Florida, hasta Montevideo, se habló, y en muchas partes todavía se continúa hablando, el español de Canarias. Y en la comida cotidiana no faltaron los elementos de la alimentación isleña. Y en las expansiones y fiestas no se encontraron mejores modos de expresar la alegría que con los bailes y cantos de las islas. Y en los momentos de desgracia e incertidumbre, no se impetró, en fin, el auxilio divino sino a través de los mismos santos intercesores a que se había acudido en el Archipiélago: la Virgen de Candelaria, Ntra. Señora de los Remedios, Santa Ana…
Diario de Avisos (Santa Cruz de La Palma), 2 de julio de 1955.