Manuel González Sosa

Selección de poemas

De Sonetos andariegos:

 

A MI ABUELO, DETRÁS DE LA VIDA

Yo a este lado del muro, y tú a la parte

de allá. ¿Cerca, lejano? Tú callado;

yo gritando en silencio y obstinado

negándome a cansarme de llamarte.

 

Habla. Susurra apenas. Da un vagido,

un golpe con tu puño, o un ligero

arañazo en la cal. Yo sólo quiero

tenues sospechas de que está tu oído

 

pegado a la pared, como está el mío

sorbiendo tu callar. No he de pedirte

entero tu secreto: si es desierto

 

o mar, o senda, o cima, o bosque umbrío,

lo que se ve después. Quiero sentirte

para saber si ahí se está despierto.

 

MUJER DESCALZA

¿Van a tierra tus huesos, por los huecos

que saben las raíces? ¿Tu mirada

está brillando ahora entre los flecos

de dos nidos con savia coagulada?

 

Oh muchacha descalza y combatida

por la mañana en celo, no posada

sobre los surcos húmedos, brotada

como un árbol de fronda estremecida.

 

Tibia y ensangrentada galería

te adivino por dentro, prolongada

a la última hondura, y más lejana.

 

Quizás desde tus ojos se vería

lentamente avanzar la caravana

que hacia la vida viene, de la nada. 

 

De Contraluz italiana:

 

TRAVESÍA

Llega ya, con el alba, la salida.

Lastimada de luz, la vista añora

sólo por un instante el túnel próximo.

¿Por dónde has de mirar al campo abierto?

 

¿Por el poblado espejo cuyo fondo

cierra una subyugante lontananza?

¿Por la ventana abierta hacia un paisaje

de sumidades: copas, azoteas?

 

¿Por la puerta que extiende, piedra a piedra,

su umbral hasta las lindes azarosas

donde cada aventura se resuelve

 

en pulpa dentro de un fanal, o en ráfaga

de fugitivas alas, o en el paso

que irrumpe en la oquedad del precipicio?

 

NOCTURNO DE OSTIA

(P.P.P.)

Como entonces, ahora el mar estalla,

vago, entre calma y calma, y desentierra

en la memoria azules y relumbres.

 

¿Una bandada de visiones, yendo

de un rumor a un silencio repentinos,

hacia tus aguas vivas, agonía,

precipitó un relámpago de olvido?

 

SUBIACO

Un clavo ardiendo traspasó los ojos.

Mirad: no espejan el estoque en alto

que amenaza las nucas, ni la escala

que desciende al brocal del cero. Ahora

la claridad penetra más adentro. 

Desde mi fondo veo cómo sube,

quieta en el aire, una paloma, a hombros

de dos ángeles, cómo el cuervo ensaña

sus inválidas alas contra el suelo.

 

CIVITA DI BAGNOREGIO

Miro tus piedras: ve mi rostro

Mi calavera.

          Máscara,

vuelve a esconderme tras tu gesto. Engaña

siempre, siempre a mis ojos y a mi boca.

 

De Cuaderno americano:

 

MERCADO DE LOS ANDES

Llegan de las quebradas y los páramos

hasta el domingo de Pisaq. No a lomos

del pulso de este tiempo fugitivo

que me lleva: pisando los terrones

y las hierbas de siglos apagados.

 

Sobre la sombra de la ceiba truecan

miseria por miseria. Macerados

dineros por un ramo de raíces,

pulpas secas, hogazas sollamadas,

cuyes en carne muerta y mustia sangre,

granos de quinua o cebada, olluco,

o un puñado de coca: la hojarasca

piadosa que doblega fugazmente

las uñas del cansancio y la tristeza.

 

Algunos, taciturnos, lentos, vagan

en soledad, buscando sin saberlo

algo que estuvo acaso entre los nidos

de aventadas memorias, mientras muge,

deshilachado en ráfagas, el eco

de un caracol litúrgico y la quena

repentiza de encargo su sollozo

ante la alforja del turista. 

 

      Al fondo

de la calleja rueda el Urubamba

diciendo quedamente los recados

que hacia la selva envían los neveros.

Frente al río que avanza a su destino

estas gentes contemplan, desde dentro

de un fanal polvoriento, entresoñando

o en éxtasis, la prisa de las horas,

como piedras cansadas detenidas

lejos de la cantera y las murallas.

 

DÍSTICOS PARA GRABAR EN LA HOJA DE UN TUMI*

 Pese a las gemas, pese al brillo y la tersura,

soy tu zarpa aunque nada a tu cuerpo me anuda.

 

Si me toma tu hambre, te conduzco hasta el centro

de la víscera huraña y la pulpa del huerto.

 

Si tu ira me empuña, sin piedad quiebro el hilo

con que ata los ciervos de su edad tu enemigo.

 

* Cuchillo ritual de la cultura precolombina chimú.

 

De Paréntesis:

 

LAS GARZAS

Nunca os vi. Siempre quise

horadar vuestro nombre y contemplaros

cuando bajabais, lentas, hacia

uno de mis recuerdos no vividos.

 

De Tránsito a tientas:

 

JORGE ORAMAS

No apetito de luz: una risueña

exhalación de luz en carne y tiempo,

y en ojos  generosos que poblaban

todo de mediodía.

 

Un humano fanal tan transparente,

que en cada gesto revelaba el vuelo

hondo, sobre la calma o contra el viento,

de su llama indefensa.

 

Pero pisó la sombra precozmente.

Le persiguieron enseguida todos

sus hocicos crueles, y lo alcanzaron

pronto las dentelladas.

 

¿Cuántas voces (qué voz) sonaron próximas

y claras en su noche repentina?

No la mitad de un brazo, el brazo entero

y urgente era preciso.

 

Todas las manos, no una mano sola.

Por un pozo sin fondo se perdía

y no bastaba para izarlo el grito

de socorro que suena

sólo para aturdir una conciencia.

Qué duro el precio de las deserciones.

Todos quedamos mutilados. ¡Todos

quedamos mutilados!

 

Pasto sería de la muerte, acaso,

también aunque el coraje no fallara.

Mas desconsuelo nuestra pena fuera,

no este remordimiento.

 

LEYENDA PARA EL CUADRO DE ANTONIO PADRÓN NIÑOS Y TROMPOS

¿Qué silencio lamina

con la danzante púa moledora

ese mínimo astro, casi frutal, surgido

en las manos del hombre

como un retoño cósmico?

 

¿Qué son maravilloso, sólo

para vosotros perceptible, se alza

de cada grano macerado?

 

¿Qué música secreta de afiladas volutas

entra por vuestra sangre y va agrandando

en incesante siega de latidos

la tensa bóveda del éxtasis?

 

¿Qué pájaro profundo

unta de magia su garganta

en la impalpable vena de aceite

que, al latigazo del zumbel, alumbra

la tierra?

 

Yo posado

el dócil torbellino

sobre la abierta palma de la mano,

¿el pico ebrio sigue aún succionando

la melodiosa savia embelesante?

 

De Poemas dispersos:

 

PALABRAS PARA JESÚS BOMBÍN RECORDANDO

UNA PALMERA QUE SE ALZABA EN TIERRA DE SU GENTE

Jesús, tú nunca viste

lo que yo: una palmera

entronizada allí donde limita 

tu frontal Montañeta con el cielo.

Sola, encumbrada, inhiesta, subrayando

desde el alba al ocaso las miradas,

induciendo acuciante con su ejemplo

a que hacia un blanco de difícil diana

apuntara sin tregua cada anhelo.

Era como un emblema espoleante

para quien no abdicara

de la ebriedad del sueño.

 

Un día no la vi: quiso la ausencia

poner distancia larga entre mis ojos

y su porfía ascensional. Y cuando

pude asomarme otra vez, ansioso,

a su dominio, ya no estaba…

 

      (¿Quién

la abatió, qué viento,

qué tajadura de hacha o de la incuria?)

 

Pero enseguida vi que ella seguía

en pie —cuerpo glorioso—, trasplantada,

intacta y más esbelta, en la memoria.

 

Así la amistad trunca. Sigue siendo

a pesar de las cifras

de un epitafio. Todavía existe

como palma entrañada que conmueve

las hojas de su copa cuando un soplo

del recuerdo las roza.

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