De Sonetos andariegos:
A MI ABUELO, DETRÁS DE LA VIDA
Yo a este lado del muro, y tú a la parte
de allá. ¿Cerca, lejano? Tú callado;
yo gritando en silencio y obstinado
negándome a cansarme de llamarte.
Habla. Susurra apenas. Da un vagido,
un golpe con tu puño, o un ligero
arañazo en la cal. Yo sólo quiero
tenues sospechas de que está tu oído
pegado a la pared, como está el mío
sorbiendo tu callar. No he de pedirte
entero tu secreto: si es desierto
o mar, o senda, o cima, o bosque umbrío,
lo que se ve después. Quiero sentirte
para saber si ahí se está despierto.
MUJER DESCALZA
¿Van a tierra tus huesos, por los huecos
que saben las raíces? ¿Tu mirada
está brillando ahora entre los flecos
de dos nidos con savia coagulada?
Oh muchacha descalza y combatida
por la mañana en celo, no posada
sobre los surcos húmedos, brotada
como un árbol de fronda estremecida.
Tibia y ensangrentada galería
te adivino por dentro, prolongada
a la última hondura, y más lejana.
Quizás desde tus ojos se vería
lentamente avanzar la caravana
que hacia la vida viene, de la nada.
De Contraluz italiana:
TRAVESÍA
Llega ya, con el alba, la salida.
Lastimada de luz, la vista añora
sólo por un instante el túnel próximo.
¿Por dónde has de mirar al campo abierto?
¿Por el poblado espejo cuyo fondo
cierra una subyugante lontananza?
¿Por la ventana abierta hacia un paisaje
de sumidades: copas, azoteas?
¿Por la puerta que extiende, piedra a piedra,
su umbral hasta las lindes azarosas
donde cada aventura se resuelve
en pulpa dentro de un fanal, o en ráfaga
de fugitivas alas, o en el paso
que irrumpe en la oquedad del precipicio?
NOCTURNO DE OSTIA
(P.P.P.)
Como entonces, ahora el mar estalla,
vago, entre calma y calma, y desentierra
en la memoria azules y relumbres.
¿Una bandada de visiones, yendo
de un rumor a un silencio repentinos,
hacia tus aguas vivas, agonía,
precipitó un relámpago de olvido?
SUBIACO
Un clavo ardiendo traspasó los ojos.
Mirad: no espejan el estoque en alto
que amenaza las nucas, ni la escala
que desciende al brocal del cero. Ahora
la claridad penetra más adentro.
Desde mi fondo veo cómo sube,
quieta en el aire, una paloma, a hombros
de dos ángeles, cómo el cuervo ensaña
sus inválidas alas contra el suelo.
CIVITA DI BAGNOREGIO
Miro tus piedras: ve mi rostro
Mi calavera.
Máscara,
vuelve a esconderme tras tu gesto. Engaña
siempre, siempre a mis ojos y a mi boca.
De Cuaderno americano:
MERCADO DE LOS ANDES
Llegan de las quebradas y los páramos
hasta el domingo de Pisaq. No a lomos
del pulso de este tiempo fugitivo
que me lleva: pisando los terrones
y las hierbas de siglos apagados.
Sobre la sombra de la ceiba truecan
miseria por miseria. Macerados
dineros por un ramo de raíces,
pulpas secas, hogazas sollamadas,
cuyes en carne muerta y mustia sangre,
granos de quinua o cebada, olluco,
o un puñado de coca: la hojarasca
piadosa que doblega fugazmente
las uñas del cansancio y la tristeza.
Algunos, taciturnos, lentos, vagan
en soledad, buscando sin saberlo
algo que estuvo acaso entre los nidos
de aventadas memorias, mientras muge,
deshilachado en ráfagas, el eco
de un caracol litúrgico y la quena
repentiza de encargo su sollozo
ante la alforja del turista.
Al fondo
de la calleja rueda el Urubamba
diciendo quedamente los recados
que hacia la selva envían los neveros.
Frente al río que avanza a su destino
estas gentes contemplan, desde dentro
de un fanal polvoriento, entresoñando
o en éxtasis, la prisa de las horas,
como piedras cansadas detenidas
lejos de la cantera y las murallas.
DÍSTICOS PARA GRABAR EN LA HOJA DE UN TUMI*
Pese a las gemas, pese al brillo y la tersura,
soy tu zarpa aunque nada a tu cuerpo me anuda.
Si me toma tu hambre, te conduzco hasta el centro
de la víscera huraña y la pulpa del huerto.
Si tu ira me empuña, sin piedad quiebro el hilo
con que ata los ciervos de su edad tu enemigo.
* Cuchillo ritual de la cultura precolombina chimú.
De Paréntesis:
LAS GARZAS
Nunca os vi. Siempre quise
horadar vuestro nombre y contemplaros
cuando bajabais, lentas, hacia
uno de mis recuerdos no vividos.
De Tránsito a tientas:
JORGE ORAMAS
No apetito de luz: una risueña
exhalación de luz en carne y tiempo,
y en ojos generosos que poblaban
todo de mediodía.
Un humano fanal tan transparente,
que en cada gesto revelaba el vuelo
hondo, sobre la calma o contra el viento,
de su llama indefensa.
Pero pisó la sombra precozmente.
Le persiguieron enseguida todos
sus hocicos crueles, y lo alcanzaron
pronto las dentelladas.
¿Cuántas voces (qué voz) sonaron próximas
y claras en su noche repentina?
No la mitad de un brazo, el brazo entero
y urgente era preciso.
Todas las manos, no una mano sola.
Por un pozo sin fondo se perdía
y no bastaba para izarlo el grito
de socorro que suena
sólo para aturdir una conciencia.
Qué duro el precio de las deserciones.
Todos quedamos mutilados. ¡Todos
quedamos mutilados!
Pasto sería de la muerte, acaso,
también aunque el coraje no fallara.
Mas desconsuelo nuestra pena fuera,
no este remordimiento.
LEYENDA PARA EL CUADRO DE ANTONIO PADRÓN NIÑOS Y TROMPOS
¿Qué silencio lamina
con la danzante púa moledora
ese mínimo astro, casi frutal, surgido
en las manos del hombre
como un retoño cósmico?
¿Qué son maravilloso, sólo
para vosotros perceptible, se alza
de cada grano macerado?
¿Qué música secreta de afiladas volutas
entra por vuestra sangre y va agrandando
en incesante siega de latidos
la tensa bóveda del éxtasis?
¿Qué pájaro profundo
unta de magia su garganta
en la impalpable vena de aceite
que, al latigazo del zumbel, alumbra
la tierra?
Yo posado
el dócil torbellino
sobre la abierta palma de la mano,
¿el pico ebrio sigue aún succionando
la melodiosa savia embelesante?
De Poemas dispersos:
PALABRAS PARA JESÚS BOMBÍN RECORDANDO
UNA PALMERA QUE SE ALZABA EN TIERRA DE SU GENTE
Jesús, tú nunca viste
lo que yo: una palmera
entronizada allí donde limita
tu frontal Montañeta con el cielo.
Sola, encumbrada, inhiesta, subrayando
desde el alba al ocaso las miradas,
induciendo acuciante con su ejemplo
a que hacia un blanco de difícil diana
apuntara sin tregua cada anhelo.
Era como un emblema espoleante
para quien no abdicara
de la ebriedad del sueño.
Un día no la vi: quiso la ausencia
poner distancia larga entre mis ojos
y su porfía ascensional. Y cuando
pude asomarme otra vez, ansioso,
a su dominio, ya no estaba…
(¿Quién
la abatió, qué viento,
qué tajadura de hacha o de la incuria?)
Pero enseguida vi que ella seguía
en pie —cuerpo glorioso—, trasplantada,
intacta y más esbelta, en la memoria.
Así la amistad trunca. Sigue siendo
a pesar de las cifras
de un epitafio. Todavía existe
como palma entrañada que conmueve
las hojas de su copa cuando un soplo
del recuerdo las roza.