Leandro Perdomo

TEXTOS ESCOGIDOS DE LEANDRO PERDOMO

Maestro Pepe

Ir al Museo Canario y ver las momias que allí hay es lo mismo que ver a maestro Pepe: es creer definitivamente en la estatura guanche.

Maestro Pepe es enorme. La osamenta de maestro Pepe rebasa todo límite; avanza hacia una dimensión insospechada. La cuarta de Einstein se queda chiquitita.

Yo pienso en el esqueleto de maestro Pepe y me quedo asombrado. El día que maestro Pepe muera el sepulturero tendrá que trabajar doble.

Mas, maestro Pepe tiene una proyección artística fantástica; abarca todas las artes.

Desde niños la figura empinada de maestro Pepe desbordó la emoción interpretando aquellas películas mudas del Frankenstein pavoroso. Maestro Pepe, en el cine, es Boris Karloff, no Lon Chaney.

Cervantes, que lo escribió —el Quijote—, y los pintores que pintaron al caballero andante, intuyeron a maestro Pepe a través del tiempo y los colores. Maestro Pepe, ejemplar esquelético de una raza abolida, siempre anda, y es caballero.

Domenico Theotocopuli pintó a maestro Pepe. Los rasgos, el semblante, la figura toda de maestro Pepe vive en los lienzos del Greco. Líneas rígidas de maestro Pepe en pelo —sin cachucha alba— predominan en El entierro del conde de Orgaz. Y en El hombre con la mano en el pecho, maestro Pepe invierte la estampa. Maestro Pepe es hombre siempre con el pecho en la mano. Porque maestro Pepe —ello es sabido de grandes y chicos— vende loterías y fía y no le pagan, y siempre fía.

Por el Parque de Santa Catalina viene maestro Pepe. Cachucha, gafas, palo y billetes —de lotería—, indumentaria afín. Maestro Pepe camina y su caminar es balanceo, un remolcarse de nave arcaica, un avanzar de dromedario, un otear el hoyo de burro majorero, un morirse y no morirse de sus enormes pies planos, callosos y sudados. Maestro Pepe simboliza el movimiento continuo a saltos.

—Y bien, maestro Pepe, ¿cómo anda el negocio?

—¿El negocio?… Este me parece que anda como yo, sin poder andar.

—¿No le importaría a usted, maestro Pepe, decirme algo de su vida? Yo quisiera contarle a mucha gente lo grande que es usted…

—Efectivamente soy grande, muy grande, de una estatura «inmensurable». Pero… fallo por la base. Mis pies no son pies; son callos enormes y callos más pequeños, todos juntos, amontonados y metidos en un 48 que me es estrecho.

—Eso debe ser terrible…

—¡Qué va! Esto es una lucha, una agonía: vida.

—Bueno, pues empiece la vida.

—Empiezo. Tenía yo dieciséis años y tenía una dimensión vital que mi cuerpo, ya en pleno desarrollo de altura, se resentía de la inacción forzada. Era para mí, lo sentía yo, raquítico el ambiente. Me ahogaba aquí, me encontraba como amarrado, encarcelado. Y un día me quité de cuentos y me zambullí de polizón a bordo del Cádiz (Pinillos). Esto fue en 1910, y en 1910, noviembre, me recibió la bella ciudad del Plata con todos los honores que toda ciudad americana recibe a los expatriados del mundo, a los aventureros del mundo… Pasé lo mío en Buenos Aires, créalo. Era yo un chiquillo y claro, sufría. Tres años oyendo tangos y comiendo carne pampera, me dije: «Pepe, esto ya cansa, busca otro sitio».  A los pocos días maestro Pepe se paseaba por las calles llenas de árboles de Montevideo. Y en diez años de vida intensa, de vida verdadera, empezome la fortuna a sonreír. Vivía yo como un maharajá. Ya no trabajaba. Había pasado de productor a empresario. Una de las mejores barberías de la capital uruguaya era mía. Mas… la riqueza trae el ocio, y el ocio, el vicio. Me envicié al juego, a las apuestas. Del hipódromo a mi casa, de mi casa a la barbería a buscar cuartos, y de la barbería al hipódromo. Esa era mi vida. Hasta que un día… me jugué la barbería y la perdí. Quedé escurrido, limpio. Aquella potra, aquella Parisina, debutante, me engañó; en la caída arrastró aparatosamente al jockey a la muerte, y a maestro Pepe a la ruina. Fue eso en el año 23, y en el mismo año, con los bolsillos vacíos, como salí de Las Palmas, llegué a Las Palmas. De simple oficial de barbero bregué entonces durante cinco años en la antigua barbería del Muelle. Después, pasé a La Única cuando se inauguró, en el 28, y en el mismo 28, me fui a La Violeta, donde manejé la navaja y la tijera y la brocha sin descanso veinte años justos, o sea, hasta el 48. Después… ya usted sabe: ambulante, buscándome la vida por las calles.

—Muy bien, maestro Pepe. Ahora que… ¿nada más que eso su vida?

—¡Hombre!… no le voy a decir a usted cosas íntimas, calladas, escondidas. Estas irán conmigo a la tumba.

—Lo mejor que hace. Pero… a mí me parece que me han dicho algo, maestro Pepe, algo… como que usted juega, que le gusta el juego.

—¡Mentiras! El que le ha dicho a usted que yo juego a la baraja es un mentiroso.

—No me he referido precisamente a ese juego.

—Bueno, pues entonces diga usted que yo, en Montevideo, jugué con Scarone, por aquel entonces interior izquierda del Nacional uruguayo; pero no jugué al fútbol, sino a la baraja…

[Falange, 11 de agosto de 1953 y El Puerto de la Luz, 1955]

 

 

 

Mandarria

Renqueando, como un barco de vela sin velas, como el Correíllo, como un perro mordido por otro perro, cruza Mandarria Ripoche, la calle de las dos estrellas. Mandarria va témpano al hombro, frío en el espinazo (el hielo se le descuelga en chorros sobre la espalda), y frío en los huesos y el alma en la mañana sin ron.

Renqueando, renqueando llega Mandarria al bar y entrega el hielo y cobra: una copa de ron. Ya es feliz. Una mueca amarga de satisfacción vencida le ilumina el rostro, radiante ahora, sonriente bajo la cachucha eterna de luto y de miseria. Los ojitos le rebrillan como dos luces albas. Ya al hombre se le ha quitado el frío de la mañana, el frío del día, de todos los días. Ya no le duelen el hombro ni la espalda; ya no le timbiliquean las piernas; ya puede vivir, hoy, como siempre. Hará mandados y llevará contento el cacharro de comida a la vieja. Aguantará, sin enfadarse, las bromas de los barberos buenos que lo pelan y lo afeitan, de vez en cuando. Los barberos, al fin y al cabo, son buenos, pues hasta le pagan la copita cuando lo ven con mucho frío.

—Mandarria, tú sabes que a los personajes se les hacen unas preguntas y ellos, contentos, las contestan, porque después lo que ellos digan lo publican los diarios. ¿No te gustaría que los periódicos hablaran de ti, de tu persona, de tu vida?…

—¡Qué va! ¡Usté está loco! ¿A quién le importo yo, si estoy listo?

—Yo te garantizo, Mandarria, que esta vez sales tú en los periódicos.

—Una vez dicen que dijeron de mí que yo me dormía con la cachucha  puesta…

—Te prometo, Mandarria, que hasta tu cachucha saldrá.

—Esta cachucha mía usté lo echa a la broma; pero esta cachucha mía es una gran cachucha. Hace que me la dieron más de cuarenta años, y todavía la llevo. Es buenísima, de cuero, como ve, aunque ya no se ve el cuero…

—Bueno, empieza.

—Me dicen Mandarria por mi tío, el luchador, que se llamó de pila Miguel Cabrera Castillo, el mejor luchador de la época. Se retiró de la lucha pegando con Tabletas en un mano a mano terrible, donde no hubo vencedor ni vencido. Quedaron dos a dos, y ya mi tío, en paz descanse, no volvió a pegar más en ningún terrero. A él le decían Mandarria, porque él mismo se puso el nombrete. Fue cuando don Joaquín Moreno, el amo del Circo Cuyás, que era muy aficionado, le dijo: «El Sur sigue barriendo por el Norte. Vamos a ver, Cabrera, cómo te vas a portar el domingo».

Y mi tío le contestó: «Y qué voy a hacer yo, don Joaquín, si estoy hecho una madarria?». Y por eso, por esa ocurrencia, soy yo Mandarria, y mis hermanos los que murieron, y Mandarria mi padre, que lo trompicaron al pobre en la guerra de Cuba; y hay Mandarrias en Argentina, y en Venezuela, y en Méjico… Mandarrias todos por mi tío Mandarria el luchador en paz descanse… Mi tío Mandarria nació en Lanzarote y se crio en Gáldar.

—Muy bien, Mandarria, muy bien. Todo eso interesa a muchos.

—Que usté se cree. Lo más interesante es que usté no sabe que yo, aquí donde me ve todo timbiliquioso y flaquito, fui un hombre fuerte, muy fuerte, tanto como mi tío… Pero… la costa es la costa. Yo me desgracié en la costa. Muchos son los años que el reuma me tiene listo, y el reuma lo cogí en la costa. Puede decirle a los del periódico que, mientras yo arrastro la miseria y el reuma por las calles, ellos, los dueños de los barcos donde yo tanto pescado saqué con la liña, viven ricos, se han hecho todos ricos.

—Bueno, Mandarria, eso pertenece al pasado, y el pasado es el pasado.

—Yo no sé del pasado ni del futuro. Lo que sé es que yo salí de la costa listo para siempre. Son muchos los años que cargo con mi reuma, y todos los días me espera la vieja; y yo no la dejo nunca sin comer. Y gracias que mi vieja es una vieja fuerte, como mi tío. Le falta a mi vieja un año para el siglo y ella me dice: «Juan, hijo mío, tantos como años de vejez yo arrastro, tú te arrastras con esos dolores de la reuma». Y yo le digo: «Madre, tú eres mi madre». Y ella me contesta: «Hijo mío, tú eres mi hijo y por eso yo quiero morirme, porque tú sufres por mí con tu reuma». Y yo le vuelvo a decir: «No te apures, madre, que yo siempre viviré para ti, y cuanto más tú vivas, más viviré yo». Y la viejita entonces me coge, igual que cuando era chiquitito, y se pone a contarme cuentos antiguos, de cuando ella era moza y era muy guapa y por ella suspiraban los hombres…

—Mandarria…, eres tú un gran hombre.

—Yo no soy grande, soy más bien pequeño; pero… soy un hombre.

[Falange, 17 de septiembre de 1953 y El Puerto de la Luz, 1955]

 

 

 

TRES CUENTOS DE PELOS

Los bigotes de mi abuelo (I)

Aquellos bigotes de mi abuelo eran unos bigotes tremendos. Mostachos en punta, negros y relucientes, parecían dos espuelas de gallo inglés de pelea apuntando con sus filos como agujas fantasmas invisibles.

Yo era aún pequeño y en mi imaginación exaltada de aventuras y ensueños surrealistas, soñaba a menudo con los bigotes de mi abuelo. Veía en ellos rutilantes aspas de molino, remos de bajeles de piratas, botalones y mástiles de barcos a la deriva, alas de águilas, cuernos retorneados de machos cabríos y, ¡oh, sublime poder recreativo de la mente infantil!, hasta pencas de tuneras. Porque aquellos bigotes de mi abuelo sí que eran unos bigotes de verdad. ¡Y el respeto que imponían!

Mi abuelo acostumbraba, después de comer, atusarse diariamente los bigotes. Mientras los otros comensales hacían la sobremesa charlando o leyendo, mi abuelo se escapaba a su habitación y, tendiéndose sobre una vieja alfombra india llena de dibujos de flores y fieras, con sus rudas manos sobaba y sobaba las espesas mechas labiales en una especie de frenesí diabólico. Creo que a veces hasta caía en éxtasis.

Nadie, en la casa, estaba en el secreto del atusamiento diario de los bigotes de mi abuelo, excepto yo. En mi afán de saberlo todo, yo acechaba por las rendijas de las puertas golisneando de un lado a otro como un hurón. Y así fue como una tarde mi abuelo me descubrió aplicando un ojo en el agujero de la cerradura de su cuarto. Desde este momento, quedó establecido entre ambos una especie de complot. A partir de entonces empecé a ser su nieto preferido. Desde aquel día, sobre las grupas de las yeguas de mi abuelo, jamás cabalgó otro nieto que yo.

Por veredas apartadas, por montañas y sendas perdidas, por el jable, por vericuetos y lajiares de la amplia planicie volcánica, yo y mi abuelo galopábamos sin descanso. Todos los rincones de la isla fueron por mí conocidos, y así llegué a ser dichoso en mi infancia y así, también, fue como llegué a conocer los turbulentos y clandestinos amores, ya tardíos, de mi abuelo. Por estas calendas mi abuelo contaba ochenta años; yo, ocho.

Mi abuelo murió apuñalado por la espalda una noche borrascosa y llena de presagios. La tormenta arreciaba, el viento gemía y una lluvia espesa encharcaba los campos. Lanzarote entera parecía temblar en toda su desnudez de peña pelada y de roca. La tierra, enfangada y malsana, despedía al cielo un vaho misterioso. Miles de pajarracos nocturnos —pardelas, catanas y cotorras— graznaban rompiendo el silencio sus ecos rotundos…

Noche fatal. Noche llena de hondos latidos de venganzas y flaquezas humanas. Al amanecer de esa noche, encontraron a mi abuelo tendido en un barranco, muerto, su cuerpo apuñalado. Cuatro rajetas anchas de cuchillos le perforaban los hombros.

Mucho tiempo pasó sin saberse los motivos directos de la muerte violenta de mi abuelo y nunca se supo el nombre de los asesinos. Pero, de un costado al otro de la isla, desde Tinajo a Haría, desde Teseguite a Yaiza y a Femés, se extendió el rumor de que mi abuelo había sido sorprendido en medio de la noche por una pandilla de maridos engañados, y conjurados. Al decir de las gentes, pasaba de la docena el número de los cornudos, todos jóvenes y apuestos, cuando mi abuelo era ya nonagenario.

Hoy, después de tantos años, yo no me indigno, no siento pena ni rencor por el hecho de la muerte de mi abuelo. No lamento la circunstancia de que fuera asesinado. Al fin y al cabo, mi abuelo era ya muy viejo y tenía que morirse, y debía ya morirse después de haber amado tanto. Lo que no perdono, lo que, aun habiendo pasado tanto tiempo, siento dentro de mí que me quema las entrañas y me ahoga es el acto vil cometido por los criminales en el cuerpo ya sin vida de mi abuelo. ¡Canallas!… No se conformaron con la simple muerte del que supo hacer tantas noches dichosas a sus mujeres.

¡Oh, si mi abuelo resucita! ¡Cómo hubiese arremetido contra ellos! O no… Es seguro que, si mi abuelo resucita y se ve con el labio afeitado, sin sus fieros bigotes empinados y retorcidos apuntando al cielo, queda de nuevo muerto en el acto.

¡Los villanos! ¡Mira que cortarle los bigotes a un hombre ya viejo, y ya muerto!… ¿Es que pensaron, acaso, que no mi abuelo, sino los bigotes de mi abuelo fueron la causa de sus íntimas desgracias?

[Volcán, 6-20 de abril de 1963 y Lanzarote y yo, 1974]

 

 

El pobre Talavera

Fue en el año 1958. Mediaba agosto y Bélgica entera ardía en festiva euforia recibiendo un río incesante de gentes de todos los países que llegaban ansiosos de conocer el Atomium y todo lo que alrededor de las enormes bolas de acero se alzaba como símbolo y expresión de lo mejor y más bueno que cada nación había construido, había creado.

Si alegres fueron estas fechas para los belgas y para los millones de turistas de todas las nacionalidades, alegres lo fueron también para los miles de emigrantes que en los diversos pabellones encontraron un trabajo fácil y bien remunerado. Grande fue la cantidad de obreros extranjeros que vieron la posibilidad de redimirse temporalmente del rudo trabajo de las minas y las fundiciones. Entre estos extranjeros, muchos españoles. Y sin duda, entre los españoles necesitados en verdad de la evasión del infernal pozo carbonífero, ninguno como el pobre Talavera.

Conocí a Talavera limpiando cristales en la gran mole, toda «vidrio y transparencias», del pabellón español.

Era Talavera un tipo raro, extraño en su comportamiento y extraño también en su configuración corporal, con un hombro más caído que el otro y una cabeza completamente desproporcionada al cuerpo. La enorme cabeza de Talavera debía pesarle mucho sobre el mustio hombro doblegado.

—Este hombro lo tengo escachado —me dijo un día—, se me escachó en la honda noche minera bajo el peso de la blasfemia…

Cuando se acabó la exposición y con ella la «ganga» de muchos, Talavera, al contrario de otros, no había ahorrado nada; se había gastado los dineros por las noches en la Jambe de Bois, la célebre Pata de Palo donde Julio Viera tanto cantó, dibujó y comió espaguetis… Y Talavera tuvo que buscar la forma de no volver más a la mina y, como el hombre se resistía a regresar vencido, «escurrido», a su pueblo natal (Talavera de la Reina), donde su madre, ya vieja y viuda, y sus dos hermanas solteras luchaban con la aguja día y noche por el pan de cada día, Talavera fue empujado a menesteres infrahumanos, vergonzosos para él, según él sentía y comprendía la dignidad del hombre…

Por esta época me lo encontré un día paseando de arriba abajo en la Gran Plaza iluminada. Por su caminar a saltos y por el bamboleo de su cabeza hacia la banda del hombro hundido, me di cuenta de que algo le pasaba. Sin responder al saludo, me espetó, entre gritos y brincos:

—¡No enjuago más cacharros de cocina ni saco más escupideras de las «chambras»! ¡Se acabó el carbón, aunque me muera en la mina!

—Calma, Talavera…, cálmate, hombre —le dije.

—¡Te lo juro! ¡Te lo juro por Egmont y todos los ahorcados juntos…! ¡Para mí se acabaron las bacinillas y se acabó el carbón!

Hice todo lo posible por calmarle. Yo traté en aquella noche dominguera, bajo el pardo cielo bruselense, adentrar un poco de paz (orden y paz), en el cerebro enfebrecido de mi amigo. En el banal intento comprobé el lamentable estado de su mente. Fue cuando amaneciendo, después de horas y más horas de paseo y charla, de repente se sentó en las escalinatas enmohecidas de la iglesia del viejo mercado y empezó a llorar.

—No tengo remedio —sollozaba—, yo sí que no tengo remedio. Yo estoy perdido. Mi padrino el muerto me aconsejó la emigración, pero yo no lo detesto, porque fue un padrino improvisado… Me iré con él. Escarbaré muy hondo en su tumba y le llevaré un tarro de esencia de perfume destilado de la flor negra de la mina… Y le lavaré la cabeza… Cada noche le lavaré la cabeza blanca para que no se le escapen las ideas de su cerebro encajonado…

La última vez que vi a Talavera fue a través de la ventanilla de un furgón policial. Los sanitarios habían sido llamados a la pensión donde habitaba y allí lo maniataron.

Por el gran bulevar de Midi cruzó el carricoche y yo reconocí la cabeza desgreñada de mi amigo que desesperadamente gritaba, gesticulaba, se debatía entre los musculosos brazos de los loqueros. Aún resuenan en mi memoria sus palabras machacadas por el miedo y el espanto:

—¡No dejes que me lleven, compañero! ¡No dejes que me cojan de cobaya! ¡No dejes que dirijan mi cerebro por radio en la distancia!

Hoy, que han pasado los años, yo quisiera saber en qué paró al fin mi amigo Talavera. No sé si murió o está vivo. No sé si lograron curarlo o si continúa encerrado en el manicomio haciendo número entre los múltiples emigrantes que en Bélgica como en Francia, Alemania, Inglaterra, no resistieron las adversidades que a veces depara la emigración y sucumbieron a la amargura, a la locura, a la chifladura…

[Nosotros, los emigrantes, 1970]

 

 

Saneamiento y descontaminación

Arrecife tendrá pronto cloacas. Menos mal. Porque si no, mal íbamos a andar. Tan mal que, de seguir las cosas así, sin la adecuada red de alcantarillado que toda ciudad requiere y exige, ya podemos suponernos cuál sería a la postre el final de Arrecife: hundido en la pestilencia, ahogado en sus propias emanaciones de sumidero y de retrete.

Ciento cincuenta y dos millones de pesetas ha dispuesto, o va a disponer, el Ministerio de Obras Públicas para acometer la empresa. Esos ciento cincuenta y dos millones salvarán a Arrecife. Como toda ciudad moderna, la capital de Lanzarote podrá de esa manera sanearse, curarse en salud, presumir de ciudad limpia, saludable, higiénica, aséptica, que eso dice mucho de un pueblo, le da categoría, lo eleva, le da cartel… nacional e internacional.

Después, ya saneado Arrecife en su fondo y trasfondo de subsuelo y de cimientos, ya descontaminadas sus aguas ribereñas, hay enseguida que ponerse a pensar en la descontaminación atmosférica y en la otra, en la que no es líquida ni sólida ni gaseosa, pero que tiene tanta y aún más importancia todavía: la descontaminación de las mentes, el saneamiento moral de las personas. Porque, ¿qué sacamos con tener limpio el cuerpo, si el alma está ensuciada? Mejor dicho: ¿de qué podemos jactarnos si, en el fondo de la persona más pulcra y acicalada, se esconde a lo mejor un monstruo? Y entiéndase bien que llamo monstruo, o para mí es un monstruo, todo aquel que, con tal de enriquecerse, no repara en el procedimiento. Se ha cometido tanto atropello en Lanzarote, se han hecho tantos negocios sucios incautándose de tierras que pertenecían a pobres gentes y engañando y explotando a pobres gentes, que se impone una fumigación total del ambiente, una desinfección plena del ente moral, un dragado a fondo de las conciencias.

Muchos creen que a mí me gusta zaherir. Muchos, a través de mis escritos, han llegado a creerse que soy un aguafiestas, una de esas personas derrotistas y con mala uva que todo lo encuentran mal, que no se conforman, que tiran acá y allá los tiestos rotos por el simple gusto de tirar, de molestar. Es posible que yo, como cualquier otro isleño, tenga mis ratos de malhumor, incluso hasta mis personales paranoias (tan propiciatorio de las islas, al decir de neurólogos y psiquiatras); no lo discuto. Sí estoy dispuesto a discutir que mis crónicas sean, como muchos (o algunos) dicen, el producto de una sistemática actitud, pensada y meditada, de atacar por el placer mismo de atacar. Aunque el hombre en sí y por su propia naturaleza es un ser agresivo y pendenciero (¡oh, las guerras, tanta guerra como ha sufrido la humanidad, y tanta riña casera, y tanta gresca cotidiana entre vecinos, y entre hermanos!), al respecto quiero manifestar que no soy ni nunca fui hombre de pelea; más bien (y puedo demostrarlo), un pacifista, amante de la ecuanimidad y la ponderación. Aunque no (eso sí) un manso en el sentido ese que da el libro bíblico al vocablo de… «mansedumbre a ultranza».

Aclarado esto, en evitación de equívocos, vuelvo al tema de las cloacas y la moral. Y digo, o mejor insisto, en que después de que Arrecife quede limpio y descontaminado en su configuración material de casas, calles, plazas, avenidas, playas y marismas, hay que limpiarlo interiormente, alma adentro. Para ello no se necesita dinero ni recurrir a los altos poderes públicos, sino simplemente una actitud de dignidad colectiva (voy a denominarlo así) por parte del pueblo, de los hombres y mujeres de Lanzarote que aún, ¡y gracias a Dios!, no se han dejado arrastrar por la corriente esa materialista y depravante que de unos años acá azota y barre a la isla como un vendaval.

Esa actitud de dignidad colectiva ya pueden suponerse ustedes cuál será: el desprecio, el aborrecimiento hacia todo aquel que, en Lanzarote, no se ha preocupado sino de sí mismo, de su medro y de su lucro sin importarle un pito los intereses generales de la isla; el desprecio y el aborrecimiento claramente manifestados en las relaciones y trato social a todo aquel que se enriqueció con artimañas a costa del desvalido o del ignorante; el desprecio personal y el aborrecimiento de tú a tú, cara a cara, frente al oportunista, al logrero, al que se aprovechó de unas circunstancias para apropiarse de lo que no le pertenecía… Media isla de Lanzarote, o casi media isla, ha sido malvendida, con trucos de propiedad camuflada, con usurpaciones de derechos y viles e ignominiosos procedimientos… Que ha sido así, que ha sucedido así para vergüenza y escarnio de los aprovechados, es público en Lanzarote, vox populi no solamente en Arrecife sino en todos los pueblos de la isla. A esto me atengo yo. Porque solo he querido, en esta crónica, reflejar la verdad imperante, esa verdad que está a la vista de todos y que nadie, hasta hoy, se ha lanzado a propagarla a través de un órgano informativo.

[La Provincia, 30 de noviembre de 1973 y Desde mi cráter, 1976.]

 

 

 

El Submarino de La Vegueta

Esta Vegueta no es esa Vegueta tranquila y serena y sin humos y sin mayores estridencias de motores de Las Palmas de Gran Canaria. Esta Vegueta está enclavada en Lanzarote, lo estuvo siempre y lo sigue estando y lo estará hasta que un terremoto o cataclismo o un bramido profundo del Timanfaya dormido un día se lleve por delante no solo a este pueblo montañero, sino a la isla entera, que los designios de Vulcano, en los avatares del tiempo y de los siglos, nadie los sabe.

No tiene esta Vegueta nuestra conejera monumentos arquitectónicos ni espléndidas casonas de anchos portalones vetustos ni estilizados escudos de nobleza en los patricios frontis patriarcales como la otra, la aristocrática y culta y morigerada Vegueta de Las Palmas de Gran Canaria. Tiene eso sí, La Vegueta lanzaroteña, unas cuantas mansiones señoriales acortijadas (con huerto enarenado alrededor) en su escaso panorama urbano y una cadena de montañas en su escueto horizonte circular de rústico parámetro guanche o guanchinérfico: Tamia, Timbaiba, Tinache, Tisalaya, y un par de mesetas, a más de las morras de Liria.

Esta Vegueta conejera tuvo un pasado lejano lleno de hidalguía y nostálgica añoranza caciquiles, y también un pasado no tan antiguo lleno de matoniles peripecias y heroicas hazañas bestiales donde el cuchillo y el garrote imponían su autoridad a lo largo de los caminos y por senderos opuestos. Ejemplo de aquel pasado más lejano y caballeresco lo fue Bartolito Bethencourt, a quien definí a su tiempo como «un hombre de alma atrás», prototipo del hidalgo desfacedor de entuertos, que un día, por un amor quebradizo y huidizo y enfermizo, desapareció de la isla por siempre jamás. Del otro pasado más cercano, el del puñal y el palo autoritarios, puedo citar a Rudesindo Pérez, temido al solo mentar su nombre en el cotarro pueblerino y en el ámbito matonil de los otros pueblos: Tinajo, Tiagua, Tao, Tías, Tinguatón, Tomare, Tinoca…

Pero no voy a hablar hoy ni del uno ni del otro pasado histórico, de la una y la otra Vegueta, la de Bartolito Bethencourt y la de Rudesindo Pérez. Hablaré de una Vegueta distinta, de la última que se mantuvo aún con solera: La Vegueta de mi primo Leandro Fajardo, la de la posguerra, la humorística y un tanto ilustrada y chabacana y llena de quimeras vanas y recuerdos y olvidos y angustias, también angustias, porque la guerra nos había dejado a los jóvenes sin ánimo de nada (¿y a los viejos, idiotizados, haciendo la instrucción en los llanos del Castillo con sus fusiles de palo?), si acaso con ganas de reír, a los jóvenes, de reírnos todos rememorando las payasadas de las paradas falangistas en Arrecife, según regresaban los «héroes de la cruzada», del frente peninsular. Es La Vegueta de los años cuarenta y también cincuenta. Esta es La Vegueta del Submarino. Sigan leyendo y lo verán ustedes, al Submarino de La Vegueta, como dice arriba el título.

Aconteció que, como siempre, como casi todos los sábados después de la vendimia, mi primo Leandro invitó a unos cuantos amigos a comer sancocho y a catar el vino «granito de oro», envasado en pipa de roble encallado en la costa de la Mar del Cochino después de un naufragio. Su generosidad y su buen humor lo empujaban con frecuencia a festejar en su casa cualquier trivial acontecimiento, como pretexto para romper unos ratos de monotonía pertinaz de la diaria lectura y la placentera y continuada convalecencia, continuada después de años largos terminada la guerra. Este sábado, que era un sábado cualquiera como casi todos los sábados, iba a ser bautizado el Submarino de La Vegueta, de madrugada, antes de romper el día siguiente, la madrugada del domingo…

Diez, doce o quince personas, todos hombres, unos del campo y otros de la ciudad y todos amigos del anfitrión, beben vino y comen pescado y hablan sin parar. Las horas pasan rítmicas y las conversaciones se animan con los tragos y algún canto, alguna isa envergada en el entrepunto por la garganta eufórica y repleta de tufo del mosto de la pipa encanterada. Como siempre, como tantas veces, de repente alguien se levanta y se marcha fuera, a evacuar por lo bajo la bebida tras el corral, o a airearse un poco con el sereno fresco de la noche. Fue el caso de Francisquito el Breva, uno del lugar que usaba cachimba y solía los sábados echarse sus buenos tragos. Casi fue desapercibida la salida del Breva de la estancia, continuando las conversaciones y los cantos hasta que, un par de horas más tarde, Perico Tierrita se sintió sofocado y salió a refrescarse la cara en la pileta del burro detrás del corral. Salió el hombre tambaleándose y, alumbrándose con el claror de un cuernito en el cielo limpio de la noche, se acercó a la pileta. Metió la cabeza en el agua y, al ir a remojarse el pescuezo con la mano, la mano que agarra bajo el agua un trozo de palo en forma de cachimba. Saca la cabeza del agua y ve que era una cachimba de verdad con la chimenea hacia fuera y que no se movía, que estaba pegada. Mete la mano más al fondo en el agua y toca una cabeza y, después, un cuerpo humano. Asustado, echa a correr y grita: «¡Hombre al agua! ¡Corran que hay un hombre ahogado en la pileta!». Salen todos a una de la casa y efectivamente comprueban que es el Breva, más de dos horas durmiendo en el fondo de la pileta de agua del burro, hundido completamente y respirando por la cachimba. Y desde ese momento se le cambió en apodo. En vez de Pancho el Breva en adelante se llamó el Submarino de La Vegueta.

[El Eco de Canarias, 13 de junio de 1979 y Lancelot, 28 de enero de 1989]

 

 

El Indiano del Peñón

Corrían las primeras décadas del pasado siglo cuando un día, inesperadamente, el cura párroco de Teguise recibió una carta fechada en Cuba, en la que un lanzaroteño emigrado se interesaba por un sobrino suyo, al cual estaba dispuesto a enviarle el pasaje para que fuera a allá a acompañarlo, pues se encontraba algo viejo y muy solo.

En el pueblo de Soo, de donde era el sobrino, se hizo una fiesta aquel día que el sobrino embarcó con rumbo a Tenerife para desde allí coger el barco que lo conduciría a la bella y próspera isla del Caribe. Pero sucede que, a los pocos días, el sobrino que recala de repente en Soo. ¿Qué había pasado? Pues ni más ni menos sino que el muchacho nada más poner los pies en el velero empezó a marearse y no paró hasta desembarcar en la canaria isla picuda, la isla de los chichas, por lo que se volvió a Lanzarote, pensando que, si en dos días de navegación casi se muere, en un mes por lo menos que tardaría el barco en llegar a Cuba con seguridad no escapaba. Esto lo dijo muy compungido al cura y a sus amigos de Soo, entre los que se encontraba el joven Marcial Borges. Entonces este, que era recio como el rejón del arado y amoroso como vara tierna de membrillero, cogiendo a su amigo aparte le dijo: «Mira, como tu tío a ti no te conoce porque no te ha visto nunca, yo puedo pasar por ti, suplantarte y ser el sobrino de tu tío». El otro consintió, y también el cura, y ahí tienen ustedes el joven Marcial de Soo navegando hacia Cuba y desembarcando en La Habana presentándose ante el viejo colono lanzaroteño y pidiéndole respetuosamente la bendición cual sobrino cariñoso y bueno.

Y el viejo fue muy pronto cogiéndole estima a su sobrino hasta el punto de tomarlo como confidente suyo. Y pasó el tiempo y una noche lo llama a su habitación y le dice: «Quiero confiarte algo muy serio, querido sobrino mío, y es que yo sospecho que tienen la intención de matarme y el día menos pensado amanezco envenenado por mi mujer ¾el viejo era casado sin hijos¾. Si esto acaece, tú no seas bobo y llévate el baúl lleno de peluconas de oro que tengo en el sótano, bajo tierra, que nadie lo sabe, ni ella ni el médico, su cómplice…». Y así lo hizo el joven Marcial. El mismo día que el anciano amaneció yerto, soltando espuma verde por la boca, envenenado, se fue al sótano por la noche y desapareció con el baúl. Pero no se volvió a Lanzarote inmediatamente, sino que se dedicó a recorrer durante años la gran isla y las otras islas caribeñas hasta que encontró lo que buscaba: una bella joven mulata con largas trenzas aterciopeladas y tristes, a lo niña Chole valle-inclanesca. Fue cuando se vino para acá, a Lanzarote, con su esposa cubana y una pareja de esclavos negros. En Tenerife, donde el velero hacía la primera escala, el esclavo negro se plantó frente a su amo y le dijo: «Yo ser libre. En España no existir esclavitud. Yo no ir contigo a Lanzarote». Años después, estando ya don Marcial instalado en su casa solariega de El Peñón, sucede que se le presenta el negro y le pide de rodillas que lo admita como nuevo esclavo, que lo perdone, que ha pasado mucha hambre y muchos trabajos en la isla chicharrera y está arrepentido. Don Marcial no lo perdonó, o sea, no lo quiso como esclavo, y el negro, desesperado, enloquecido, se ahorcó días después en un árbol del camino. Y así empezó don Marcial Borges, al no perdonarle al negro su deserción, a tener fama de hombre terrible y despiadado. Más tarde fue cuando su esposa y la negra esclava que le habían sido siempre fieles se volvieron a Cuba, con el beneplácito de don Marcial, que les pagó el viaje y las gratificó generosamente. Al parecer, el clima conejero no les sentaba y añoraban terriblemente la rumbosa vida cubana, y don Marcial, denominado ya el Indiano del Peñón, las dejó irse libremente a las dos, juntas las dos.

Y ahora, entre las múltiples anécdotas que circularon y aún circulan por la isla, citaré solo una, que bastará al lector para hacerse cargo del carácter, del nervio, del acerado temple de don Marcial Borges. Como es sabido, la isla de Lanzarote ha sido siempre dividida en dos zonas geográficas convencionales, que imaginariamente separan el volcán, la lava petrificada del volcán de Timanfaya: la Vuelta Arriba y la Vuelta Abajo, o sea, volcán arriba y volcán abajo. El Peñón pertenece a la Vuelta Arriba, municipalmente a Teguise, así como otros pueblos, y también pertenece a la Vuelta Arriba el municipio de Haría. Pues bien, enterado don Marcial que un hacendado de Haría bastante rico se jactaba de su potencial económico y que en varias ocasiones y en varios lugares había exclamado en público que nadie más que él cantaba como gallito en la Vuelta Arriba, que el Indiano del Peñón ni nadie era gallito que cantara a su lado, velais que un domingo por la tarde se encamina don Marcial montando en su yegua hacia Teguise, donde solía pasar unos ratos jugando a la petanca o a la pelota de mano, y a lo que era también aficionado el potentado de Haría. Al ir a amarrar la yegua por detrás del convento de Santo Domingo, se percata don Marcial de que el de Haría había amarrado ya su caballo y se disponía a orinar detrás de la esquina, como era uso y costumbre en la época. Despacito, va don Marcial escurriéndose por la pared a paso liviano y, sin que el otro se diera cuenta, justo cuando estaba en plena meada, lo trinca por detrás en el pescuezo al tiempo que dice, dándole potencia a la voz: «¡Yo no quisiera saber sino quién es el gallito que canta volcán arriba!». Al virarse y reconocer a don Marcial, al de Haría se le atragantó la voz y no pudo pronunciar palabra, trancándosele también la orina y muriendo a los pocos días sin poder orinar, reventado de vejiga.

Esta es la anécdota, bastante contundente. No obstante, voy a añadir que entre unos papeles viejos y documentos encontrados en un cajón de esta casa de mis abuelos de Teguise, donde vivo, encontré varias cartas de un tal Lope Mauricio fechadas en La Habana y dirigidas a mi bisabuelo Manuel Spínola Bethencourt, que también emigró a Cuba y allí vivió varios años. En una de estas cartas, aquel le dice a mi bisabuelo: «Y ahora quiero pedirle un consejo, don Manuel. Resulta que me escribió don Marcial Borges desde ahí diciéndome que me agradecía que le enviara la dirección de fulano de tal ¾aquí un nombre y apellido que me reservo por si acaso¾. Yo sé dónde vive, dónde está; pero, como conozco muy bien a don Marcial de cuando estuvo aquí, estoy seguro de que, si se lo digo, es capaz de venir a Cuba y matarlo, de retorcerle el cogote como a un baifo…».

Ahora, con esto, sí me parece que ha quedado configurada la personalidad de don Marcial Borges, el Indiano del Peñón, sin equívocos ni duda alguna.

[El Eco de Canarias, 18 de octubre de 1979 y Lancelot, 27 de enero de 1990]

 

 

 

 

 

Mi burro Malascarcha y el amor

Era pequeño, negro, estrellado, con una mancha blanca en la frente que parecía iluminar el sendero que pisaba, aquellos senderos arrugados y tenebrosos que constituían los caminos solitarios de la isla. Era, por decirlo así, casi un burro enano, un burro canijo; muy distinto a Platero, el burro andaluz. Este era más bonito, albo, de pelo de algodón; el mío, negro retinto, de pelo engruñado y mustio como la magua, como el desaliento. El burro de Juan Ramón era un burro primoroso, aristocrático y gordinflón; el mío, en cambio, de baja estofa pueblerina, de arrabal, parecía a veces un cangallo ¾de gallo¾ y, por tanto, más enamoradizo y escuálido, completamente esmirriado. Pero tenía sus ventajas.

Yo fui feliz con mi burro, seguramente más feliz que todos esos propietarios de coches que parece que no viven sino para el coche y por el coche. Fui feliz en la niñez y quise tanto a mi burro que hoy, después de más de medio siglo, sigo acordándome como si fuera ayer. Y de este ayer inolvidable y lejano les voy a contar algunas peripecias que pasó mi burro, tan sufrido y tan sacrificado y tan sentimental, hasta el día en que murió de hambre. Porque antes, en Lanzarote, isla desnuda y huérfana, desamparada, había épocas en que se morían de hambre no sólo los animales ¾perros, burros, camellos, cabras, sobre todo cabras¾, sino también humanos: jóvenes, viejos, mujeres, niños, sobre todo niños. No había más que pasar un par de años sin llover. Los campos se resecaban y el gofio y la batata faltaban hasta el extremo de tener que comer raíces de la hierba muerta, para escapar, tanto animales como humanos. Así fue Lanzarote y esto lo digo para que se entere todo ese cúmulo de millonarios y multimillonarios nacidos y no nacidos en la isla, toda esa caterva de nuevos ricos de aquí y los que vinieron de allá y aquí se han opiparado, se han hinchado, se han forrado hasta las ternillas ¾véase que no digo el jocico¾ inundándonos de cemento despiadadamente y llevándose los dineros a mansalva, devorando como cuervos, extirpando, exprimiendo a la isla hasta el último cogollo, sin dejar un resquicio virgen de la naturaleza antigua, si no los atajan. Si no los atajan, porque todavía habrá tiempo de salvar algo, algún rincón, alguna montaña, algún barranco, alguna loma. Pero habrá que andarse rápido, actuar con premura los que todavía sienten un poco de amor por Lanzarote, porque, si no, no nos van a dejar a los nativos un metro de tierra sana donde enterrar los huesos.

Sí, mi burro se murió de hambre siendo aún adulto, que no era viejo, pero no murió precisamente por faltarle la comida que le daba el amo, sino por olvido, por abandono. Me tuve que ausentar una temporada y, al regresar, mi burro, en la gallanía, tumbado patas a un lado, yacía muerto sin remedio, ya desbaratándosele el cerro y las pocas carnes que le quedaban. Y pasó que se olvidaron de él. Aquellos que dejé encargados de cuidarlo no lo hicieron. Me dijeron que se olvidaron, pero lo cierto es que el pajero que dejé para su alimentación había desaparecido. Se habían llevado la paja y dejaron morir a mi burro. Así es el bicho humano, egoísta, cruel, ladrón y pendenciero.

Pero voy a contarles lo esencial de la categoría de mi burro, y fuera sentimentalismos, que hoy el sentimentalismo ya se sabe adónde va a parar, lo que le espera. En esta sociedad actual endurecida y competitiva y egoísta y drogadicta, borracha, el sentimental, el que se apiada de alguien o por algo, sucumbirá sin remedio. A lo mejor no como mi burro, del hambre y por olvido humano rateril, pero sí por inquina, por desprecio del pudiente al desvalido, del uno por el otro, del encaramado al descolgado.

Les voy a decir de mi burro algo que ustedes ni se sospechan siquiera, por mucha imaginación que le pongan. Les voy a decir, por ejemplo, las cuitas que mi burro Malascarcha vivió, y todo por ser pequeño, raquítico de ancas, engruñado de cuerpo y rabo engrifado. Y era que las burras no lo querían. Enamoradizo como siempre fue ¾«enamorado como un burro»¾ veía a la hembra y se le acercaba y la olía y aquella le rehuía. Yo me daba cuenta de sus tormentos y me acercaba a él y, comprendiendo a tan temprana edad ¾apenas unos diez años¾, le hablaba a la oreja y lo consolaba diciéndole que no se apurara, que un día llegaría la burra pequeña, tan diminuta como él, y entonces vería cómo ella, la hembra, se dejaría amar y serían los dos dichosos, al menos por un rato, ya que su condición de burros, sujetos al palo y a la carga, era una condena insuperable. Le decía, acercándole mi palabra a la oreja, que no desmayara, que aguantara, que esperara, y Malascarcha me escuchaba paciente, con paciencia de burro, y parecía decirme, me decía efectivamente con la mirada, con aquella mirada vaga de macho reprimido por las circunstancias, que estaba bien, que esperaría ese momento supremo de la vida para morirse tranquilo. Hasta que llegó el día señalado. En una excursión que hicimos a la costa de Tinajo, allá por Tenésar, mi amigo montado en una burra grande apirganada y yo en mi pequeño burro canijo, dio la casualidad de que la burra entró en marea. Y pude convencer a mi amigo, Pascualillo el de Yuco ¾un barrio de La Vegueta¾, de que teníamos que ayudar al burrito a consumar el acto amoroso, ya que jamás lo había hecho ¾las delicias del amor¾ y su burra, al parecer, no lo repelía, estaba conforme. Y ahora imagínense ustedes a dos chiquillos de calzón corto y sin fuerzas para nada levantando por las corvas al burro, que no llegaba ni a la mitad y garrapateaba desesperado por alcanzar aquello que jamás había probado y tanto le apetecía. Así largo rato hasta que, al fin, en un supremo esfuerzo, logramos levantar al burro lo suficiente para el enchufe… Aquello fue apoteósico. La burra mascaba y mascaba, y mi burro, dejándose caer para atrás como un costal, quedó tendido sobre la arena con un rebuzno mustio de placer y felicidad. En sus ojos, mirando de revés a los chiquillos, resplandecía una mirada diáfana y limpia de agradecimiento de burro bueno, muy contraria a la mirada turbia y egoísta del macho humano en posesión de la hembra esclavizada.

Este fue el amor de mi burro Malascarcha, su único amor palpable y de verdad. En su mirar después de la encangación, caído por tierra como estaba y con los ojos atorrados, parecía decir: «Ahora sí, ahora ya puedo morirme tranquilo».

[Lancelot, 14 de marzo de 1987]

 

 

 

Los desheredados

Yo soy uno de ellos. A mí me desheredaron los falangistas. En el año 1937, yo aún chiquillo, le aplicaron una multa a mi padre, por rojo, y le hicieron pagar una cantidad de dinero que no tenía, por lo que obligado fue a vender de prisa y corriendo la finca del Jable (unas 300 fanegas de terreno), porque, si no, al campo de concentración en Las Palmas de Gran Canaria y de allí no se sabe a dónde, si no lo matan, como a don Manuelito Fernández, con aceite de ricino.

En aquellos intervalos de los comienzos del levantamiento militar, mi padre solía refugiarse en el caserón de La Vegueta, y allí estaba yo con él cuando, antes de rayar la medianoche de un viernes día de correo, unos toletazos iracundos de culatas de fusil de palo resonaron en la puerta, atrabancada por dentro. Yo, un chiquillo todavía, como he dicho, me fui derecho a la escopeta y me dije «si son los falangistas, me cargo a más de uno…». Pero mi padre se abalanzó ante mí y me atajó: «Espera —me vociferó—, no te precipites que, si son los falangistas que vienen de Las Palmas, tienen poco tiempo para las detenciones porque el correíllo no los espera muy después de la medianoche y se irán, y de aquí a la próxima vez que vuelvan ya miraré de esconderme bien y no darán conmigo…». Así fue, y yo no hice uso de la carabina de un caño solo herrumbriento, y se fueron, y mi padre escapó.

Poco después fue cuando vendió la finca, y la economía familiar empezó a ir para atrás, y yo, desde aquel momento, quedé incorporado a las filas de los desheredados, de los que no iban a heredar ni un perro chico, a ser uno de los tantos que, en la isla, el día de Reyes encontraban en el zapato de niño un trompo de a perra gorda o un pito de perra chica. Nada más. Estos eran los Reyes Magos. Menos un año que, estando yo en esta misma casa donde hoy moro, acompañando a mi abuelo materno Francisco Spínola Gómez, me pusieron los Reyes una flauta colorada. Tan contento estaba yo con la flauta que desde temprano me fui con otros chiquillos a las morras de la Mareta, y, al bajar, tocando a silbido limpio la flauta, resbalé y me fui al suelo de baretas. La sangre brotó de mi frente y mi abuelo ordenó al verme: «A casa de Ferrán, y que le limpie bien al chico la herida con alcohol antes de vendarlo…». Don José Ferrán era el médico del pueblo, buen médico, pero no creía en los microbios.

Sí, los falangistas me dejaron sin herencia. Esto no lo había yo dicho nunca y lo digo hoy porque más de una vez me han espetado a la cara el reproche de mi enfilamiento con la pluma al falangista oportunista de antes y de ahora, que todavía los hay, los hay… muchos en el partido gubernamental actual, fuera de aquí y aquí. Pues no es nada cómo anda la cosa.

Cuando se me ha ido la pluma y he dicho que hubo falangistas de mala tonada, cantando el himno y sin cantarlo, que se iban arriba del desdichado rojo perseguido y señalado con el dedo por ateo o indino, no sé si me habré sobrepasado y le dijera rata de cloaca a alguno, que es posible; pero reconozco y confieso hoy que no todos eran iguales, ya que entre tantos afiliados y relucientes de la camisa azul destacó algún hombre bueno, generoso, justiciero, igual que ocurre hoy en el partido dominante en el poder. Pero a mí me dejaron sin herencia.

El falangismo o, si se quiere mejor dicho, el franquismo, enriqueció de una u otra manera a muchos adeptos cuyos hijos y nietos han heredado lo suyo y son poco menos que potentados privilegiados del dinero y las prebendas, y empobreció al tiempo a muchos, cuyos hijos y nietos (yo los he visto, los conozco) arrastran vida de parias. Esta es la verdad. Tan verdad como el enriquecimiento de la caterva de políticos de ahora que no reparan en nada con tal de dejarle a la prole una buena pella maciza en el acta testamentaria, después de la buena vida, del buen beber y el buen yantar y el buen cobijar (conejar).

Cuando llegaban los falangistas de Las Palmas a poner orden en la sociedad arrecifeña en los primeros tiempos del levantamiento, algunos grupos entraban en donde les parecía, relucientes las pistolas y las porras, y, sin más ni más, empezaban al cachetón y a la patada en el culo con el que se les ponía delante. Fue el caso de Domingo el Catorro, al que cogieron en el patio del Círculo Mercantil, donde Diego tenía la cantina, y allí lo molieron al zurriagazo. «Pero por qué al Catorro y no a cualquier otro de los que estábamos allí», nos preguntábamos. Y la respuesta no vino a ser otra, sino que todos calzaban zapato y uno no, Domingo el Catorro, que usaba alpargatas porque no tenía zapatos. Echen ustedes cuenta… Por aquella época, entre todos los chiquillos del pueblo de unos catorce y quince años, todos eran balillas menos tres: Pepe Molina, Domingo el Catorro y yo.

Ya me iba a dejar a mi Bentejuina atrás. Al menos tengo que nombrarla. Porque se lo merece. Porque esta semana se ha portado muy bien. Cogió una jartura de tuneras y agarró una cagalera que le duró por lo menos cuatro días. Se quedó algo perruñenta, algo flaca, pero ya ha vuelto a la digestión normal y me mira regocijada asomando la cabeza por detrás de la palmera, maliciosamente, y en compensación a su camelluna vida jorobada y carcelaria, ahora mismo voy y le doy una ración doble de maíz tostado a la brasa conejera.

 

[Lancelot, 17 de abril de 1993]

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