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Domingo Pérez Minik

Texto escogidos de Domingo Pérez Minik

De La novela extranjera en España

Las formas artísticas, la literatura y la ciencia han sido siempre actividades del espíritu que supieron superar las demarcaciones políticas nacionales europeas. Ha habido un teatro español barroco, una poesía inglesa romántica o una novela indígena al parecer, que ha dado el tono a una situación histórica dada, pero pronto aquel mundo creador se expandió, se deterioró o se fundió con otras mentalidades, hasta convertirse en un quehacer universal. Queremos decir con todo esto la necesidad que sentimos de vivir en este orden creador de la unanimidad de pensamiento, de estilo, de contenidos, a pesar de las dificultades que supone la imposición de una realidad activa, económica y social, donde el lírico, el narrador o el dramaturgo se producen. Ya es hora de que en todo nuestro continente occidental, sin olvidar las exigencias a nivel de toda la Tierra, las artes, las letras y las ciencias se originen sobre los mismos planos estimativos, con muy iguales preocupaciones, con idéntica moral. Y no nos referimos sólo a la mayoría de las naciones situadas entre el mar Báltico, el Atlántico y el Mediterráneo, a pesar de España y Grecia, con sus identificaciones distintas, o los países del Medio Oriente, con Israel. Hoy existe una novela china, japonesa y persa que padece los mismos antojos que la europea. El cuento de las fronteras naturales, con sus ríos, montañas y dialectos no deja de ser ya un embrujamiento impropio de nuestra civilización, buena o mala, la que tenemos. La literatura une, no separa”.

 

De Facción española surrealista de Tenerife

“Lo peor que tiene este libro es que sólo va a servir para enmendar una injusticia: el silencio que se ha producido a lo largo de más de treinta años alrededor, dentro y fuera, del movimiento literario surrealista de Tenerife. Se trata de injusticia española, una de tantas. Los extranjeros consideraron esta actividad cultural de la isla con mayor estimación, una indiscutible simpatía y un atinado enjuiciamiento. Cuando se habla del surrealismo en nuestro país se omite en todo momento lo sucedido en esta lejana provincia atlántica. Se intenta afirmar que García Lorca, Rafael Alberti y el primer animador Juan Larrea, aparte de otros muchos escritores, sin olvidar en primer término a Vicente Aleixandre, todos presentan una vertiente, un charco o un aire surrealista. Hemos de pensar que estos poetas ostentan la categoría de tal tamaño que cualquier matiz, actitud o tendencia no pueden dejar de ser estudiados en cualquier historia contemporánea. Pensamos que se ha cargado un desmesurado énfasis en este aspecto investigador, hasta confundir lo sustantivo, para dejarnos sólo con las hojas del trébol. No vamos a medir el tamaño de los prosistas y líricos de esta facción surrealista de Tenerife. Ni el tamaño ni la dimensión del espacio ocupado. Lo que sí es cierto: en la capital de esta isla apareció una revista llamada Gaceta de arte, bien apreciada en Europa, en los medios artísticos de mayor relieve, que aquí nació un grupo de poetas y narradores que en su tiempo fueron bien conocidos en la Península Ibérica y que, asimismo, en este recinto geográfico tan alejado, pero tan próximo a Occidente por su evolución cultural, económica y política, se hizo la única importante exposición de arte surrealista que se divulgó en España, se publicaron manifiestos, y fue visitada por André y Jacqueline Breton y Benjamin Péret, con sus conferencias, recitales y traducciones. En cualquier libro surrealista fuera de nuestras fronteras aparece todo este mundo operativo bien subrayado dentro de su itinerario universal”.

 

De Entrada y salida de viajeros

Con Bertrand Russell

“Sin duda, ya el puerto abierto y por la escalera de un paquebote inglés, había de bajar un hombre de tan crecido valor en la vida cultural europea, como el que fue profesor de la Universidad de Cambridge, Bertrand Russell. Hoy escritor e investigador puro. Necesariamente había de llegar. Entre tantos comerciantes, militares retirados, capitalistas y políticos que en tiempo de invierno en Tenerife llegan a Tenerife, creemos había caído la hora –precisa y no antes ni después—de la aparición sobre nuestro meridiano de una figura tan representativa del pensamiento contemporáneo.

Llegó y se fue, después de madurar al sol su cabeza blanca. Sin hacer ruido, sin los chirridos enojosos y las frases hechas de un Bernard Shaw o un H. G. Wells, ponemos por caso. Sin banquetes ni recepciones oficiales. Un pasajero, casi subversivo de la inteligencia, que se posa sobre nuestro mar sin el conocimiento de las autoridades españolas. Ya lo ha escrito él: “El placer de la aventura mental es más común entre los jóvenes. El pensamiento es destructor y terrible. Es impiadoso para el privilegio, para las instituciones establecidas y los hábitos confortables”.

Madurándose al sol. Allí, precisamente a las cuatro de la tarde de un domingo cualquiera, en una terraza de un hotel del Puerto de la Cruz, lo hemos saludos, el pintor Carlos Crerup, la señora de Drerup, Eduardo Westerdahl y redactores de Gaceta de Arte. No ha habido interviú, para fortuna nuestra. Ni lo hubiera resistido el maestro. No hemos intentado preguntar nada que tuviera aire de sensacionalismo periodístico. Ha sido el saludo, un acto de presencia, de mera quietud, casi pudiéramos decir, de puro conocimiento físico.

–¿Españoles?

Se ha incorporado en su sillón, se ha despojado de sus gafas y nos ha mirado un rato, incisivamente, con sus ojos de gallo inglés.

Le hemos puesto en sus manos una colección de G.A. Los libros de nuestra editorial. Un tiempo largo de observación, en que el profesor Russell ha mirado y remirado nuestra Revista. Ha encendido la pipa, y ya accesible, cordial, ha dado paso libre a la conversación.

–He venido a Tenerife por primera vez. Por la recomendación de unos amigos. Un mes maravilloso de sol. Quisiera venir el año próximo”.

 

De Antología de la poesía canaria

“Este libro quiere ser una Antología de la poesía canaria. Es decir, que la isla, como oposición al continente, al valle o al río, por necesidad dialéctica, tendrá que aparecer con todo su vigor geológico, con su especial condición vital y con su contenido humano diferenciado. La isla será así una presencia irreemplazable y física, un hoy en fusión extrema con la cultura, con la poesía y, al mismo tiempo, una historia que pretende, por la natural suficiencia del insular –y esto no tiene ningún carácter enfático, sino de seguridad biológica–, separarse de las otras tierras que constituyen su patrimonio.

Las islas no fueron siempre debidamente entendidas. Aun existiendo islas que, como las de Grecia o la Gran Bretaña o el Japón, han configurado una civilización y un quehacer trascendental. No podemos olvidarnos los insulares que cuando Hegel compuso su monumental Filosofía de la Historia desdeñó, de manera radical, el puesto que en ella tenían que representar las islas. El sabio alemán enjuició hasta tres clases de culturas: altiplanicie, valle y costa, posiciones de la corteza terrestre bien distintas y capaces de dar al hombre un estilo espiritual autónomo. Suponemos que para nuestro pensador, hombre de tierra adentro, una isla era, al fin y al cabo, una costa. Pero la verdad es que una isla no es sólo esto. Nos lo demuestra así, la manera como las islas griegas e Inglaterra han marcado la civilización de Occidente. De todos los elementos geográficos del Universo, es la isla aquél que con más dificultad podemos asir. Llegamos a conocer bien qué cosa es una isla, se nos presenta como una posición ventajosa de tránsito. Ella es por sí, esencial y puro tránsito. Está colocada aquí, allá, para que los otros hombres, los hombres de la costa, del continente, anden dando saltos sobre el mar, bien para satisfacer una esperanza, bien para remediar una angustia o simplemente para educarse en el camino de la libertad. Pero en las islas se ha de reconocer no solamente a ese hombre que pasa, que deviene y se va, sino también al hombre que se queda. De esta situación nace la fácil ininteligibilidad de lo insular”.

 

De Isla y literatura

André Breton y el Teide

“Como se verá, un tema repetido. La visita de André Breton al Teide. Que ha sido contada a través de muy diversas interpretaciones, líricas, periodísticas y míticas. Mucha gente ha escrito sobre la cuestión en muy distintos tiempos, como allegro, como adagio y como presto. Poseemos nuestros documentales, nos faltó un magnetófono, pero la literatura de tan variados niveles ha llegado a todos los lugares, manipulada por profesores, poetas y reporteros de ocasión. Y lo peor es que parece que esta escena no se ha parado. Aún tiene cuerda para rato, los relojes más viejos, los que ya están a medio servicio o los que se acaban de adquirir. La culpa de todo esto la tiene ese mismo surrealismo que a pesar de tantos vaivenes no ha perdido vigencia, al contrario, la ganó de manera más desinteresada, rota toda plataforma académica, desparramándose por el mundo en el teatro, la novela y la plástica. Ha tenido dos fases en su mitología. Una, la primigenia, más rígida, y, otra, la actual, más airada, abierta y desenfadada.

Casi no sabemos qué es el surrealismo, aunque todo el mundo hable de él con desenvoltura, desvergüenza o puritanismo. El surrealismo se come, huele o saborea, si admite o se rechaza, se convierte en museo o se queda en medio de la calle para aguantar todas las inclemencias. Que es lo que no le va muy bien. A pesar de que André Breton y su escuela lo difieren siempre con la palmera en la mano, sentados en la cátedra, con su ordeno y mando, últimamente, se han publicado en España diez o doce libros de investigación, exégesis o polémica, casi todos de autores extranjeros. Los españoles que hemos tenido una tan importante representación en esta manera de entender la vida, el arte y el pensamiento no nos hemos ocupado de sus valores sino de pasada, en forma de conflicto o con cierta santurronería. Pero da lo mismo. El surrealismo está ahí y ha sido un elemento casi esencial de nuestra historia, aunque hayamos sido unos hijos muy destacados. Este surrealismo se encuentra abundantemente en nuestros palacios, esencial en nuestra literatura, arte y mente. Y de modo muy natural en nuestro pueblo, en la geografía y en el entendimiento de la moral práctica, en la Iglesia tradicional, en las guerras civiles, en las leyes y en la existencia privada. Ostentamos una posición excepcional cuando del surrealismo se trata. De este lado de la cuestión, somos unos seres privilegiados”.

 

De Debates sobre el teatro español contemporáneo

Epílogo 1952

“Estos Debates… podrían terminarse donde han sido terminados, sobre la alta y honda cresta de 1936, año de la guerra española. Después de nuestra contienda y ante un nuevo cuerpo de España, dolorido y contristado y con voluntad de paz, el arte teatral de nuestro país se replegó hacia esas zonas misteriosas del espíritu y de la vida, albergue propicio de los mejores seres, o, por el contrario, hacia esos campos abiertos a la evasión exterior, divertidos y analgésicos, contradictores de la individualidad y de fácil acceso al reflujo de las masas. Después de ese paréntesis tan fuertemente abierto que fue nuestra guerra, no sabíamos por dónde la actividad del hombre español, escritor, poeta, filósofo, habría de saltar. Muchos han afirmado que ese hombre, primeramente, se contentaría con un regreso sobre sí mismo, con una introversión cualquiera, con un nuevo afán de conocerse para mejor disponer la historia de mañana, y que de manera simple y en segundo lugar, sólo se atendría a cantar su propia existencia, feliz de sentirse viviendo. De todas maneras, ni a los novelistas, ni a los novelistas, ni a los dramaturgos de España les había tocado aún el momento de ponerse en marcha.

Todo nos obligaba a suponer que cuando teatro nacional de nuevo se abriera de par en par, seriamente, los viejos maestros quedarían arrumbados: los de la Restauración, los del tiempo de la Dictadura, y los nacidos con la segunda República. Todas aquellas preocupaciones estéticas o morales habrían de convertirse en trastos viejos”.

 

De La condición humana del insular

“El canario es, sin duda, un español. Su poesía ha sido trabajada por la lírica peninsular; su espíritu migratorio, por el mismo que nos dio un alto tono en singular momento de nuestra expansión civilizadora. Pero, a estas alturas, nos gustaría saber qué es además un canario. Aparte, claro está, de que ha sido un español que llegó a las islas Islas sobre un plano natural de aventura, tráfico y misión, que las ofreció a la cristiandad y al Occidente cultural, en lo que estas cosas se pueden ofrecer generosamente, pero que, al quedarse aquí, viviendo en ella bajo la suave o ariscada presión de su geografía, con el contacto perenne de su mar y con la estimulante amistad o enemistad de lo extranjero, más una platónica herencia de la raza aborigen, se ha ido a lo largo del tiempo haciéndose, transformándose, superándose, camino de una nueva dialéctica de su historia. Aquel español de antaño se ha convertido en el español que somos nosotros. No sabemos si llegará un día en que al español de estas Islas se les pueda reconocer tan fácilmente como a un gallego, a un vasco o a un catalán, casi con una palabra definidora. Para esto no nos hace falta una épica ni una novela ni un teatro. Nuestro propio sentimiento nos afirma o nos niega qué cantidad de Sancho Panza, de soberbia hispánica o de mística trascendente o doméstica poseemos en el fondo del corazón”.

 

 

 

 

 

 

 

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