De Paisaje y otras visiones
EL JUGUETE
El cielo de esta tarde
es de un azul tan puro,
tan transparente y diáfano,
que mirando hacia arriba
se siente el vértigo del Infinito.
Navega una nube blanca,
como un velero fantástico,
por el horizonte inmenso
de los cielos. Cambia de forma
y semeja ahora, un gran muñeco
de goma, inflado…
Yo entretengo mi espíritu
esta tarde, con la contemplación
de este frágil juguete.
VISIÓN DE LA NOCHE
Surge la luna
y hay un jirón de nube
que la muerde
dejándola incompleta
a la mirada,
como un pandero roto…
Las estrellas
son como las sonajas de lata
dispersadas.
XI
Sonámbulo de la vida,
voy andando caminos de mi sueño.
¡Cuando te encuentre, amada,
comenzará el reposo verdadero!
XIX
Silencio, alma de las cosas muertas,
alma de lo que sueña,
perfecta música del universo,
alma actual de lo que será;
ahora llegas,
después de larga ausencia
y tan intensamente traes
el recuerdo –¡Ella es todo el recuerdo!–
que no te dejaré partir…
¡Te guardaré en el alma,
silencio –¡Tú, mi silencio!–
para siempre… silenciosamente.
De Índice de las horas felices
I
No llegó de improviso.
Por todos los caminos el alma la esperaba.
Un claro día vino
y se adentró en el alma.
¿Cuándo fue? Hace cien años,
mil… o muchos más.
Desde que apareció en mi vida.
ni comienzan las horas ni se acaban.
V
El viento jugaba, travieso,
entre los pliegues de tu traje rosa.
Las manos ágiles del viento
con tu cuerpo jugaban, afanosas.
Sentías sus caricias suaves
–de alas de mariposas–
y tu rostro, encendido,
era como la aurora.
El viento se ceñía a tu cintura,
y a tus piernas, ágiles de corza,
y a tus brazos desnudos
y a tus senos de redondez melódica.
El viento, como ensueño, te desnudó.
¡Eras roja y morena como la caoba!
X
No hablemos más de esa hora futura
que tú crees lejana.
Llegará como todas; pero como en ninguna,
será real el sueño. En la mañana
de tu virginidad la rosa deshojada,
será todo el pasado… ¡Un ayer
que hacia un futuro llama!
S/T
La primavera corre por los campos,
dueña eterna de la luz y de la gracia,
–sus senos apretados, contra el viento–
y sube sin fatiga a las montañas,
baja a los llanos, salta los barrancos,
lava sus pies en las corrientes claras,
se duerme bajo el bosque en la alta noche,
contagia con su risa a las mañanas…
¡Toda la tierra, en la estación alegre,
de sus senos robustos se amamanta!
Textos publicados en prensa
MAR EN LA ORILLA Y EN LA ALTURA
Desde la orilla, eres pequeño, mar,
para mi alma ávida de tu grandeza.
Te aplastas, te achicas contra el cielo
–mar de arriba que tiene su horizonte en tu horizonte–,
te escondes en ti mismo, asustado,
de verme limitándote
la orilla con mis plantas…
Si me alzo hasta la cumbre,
te agigantas, terrible,
imponiendo tu inmensidad
al orgullo de mi altura,
abriendo tu horizonte limitado
tan lejos… ¡tan remotamente lejos!,
que la vista no llega hasta tu límite,
y el alma sólo llega -si llega- fatigada.
[En La rosa de los vientos, 1924]
A MISS RIVER, EN PRIMAVERA,
DESLUMBRADA DE SOL Y MAR ATLÁNTICOS
I.- Primavera.
El sol se abre en colores
-oro y plata-
sobre la rubia mies
de las aguas atlánticas.
¡Alegría!
Primavera en el cielo y en el agua.
El sol, única flor de oro
abierta en la mañana,
para mirar al campo florecido,
sobre un tallo de luz,
regio, se alza.
II.- Mediodía.
Incendio de llamas blancas.
Resplandecen estrellitas
-margaritas florecidas-
en el agua.
Sol intenso, lejos, cerca…:
en la orilla dibujada
por la espuma blanca17 y fina,
y en el lejano horizonte
de acuarela emborronada.
[En La rosa de los vientos, 1924]
PATRÓN DE TUS VEINTE AÑOS
La dedicatoria de este poema
es en voz baja.
Por los ríos de tus venas
van tus años navegando.
Veinte barquitos veleros
y un solo patrón al mando.
Veinte velas desplegadas,
henchidas de aromas sanos.
Veinte bodegas repletas
de sueños multiplicados.
Todos tienen buen andar,
no soplan vientos contrarios,
pronto llegarán a puerto
con el pabellón flotando.
¡Arriba veinte banderas,
que en la bahía va entrando
flota de veinte veleros
y un solo patrón al mando!
[En Atlántico, 1929]
[TODO EL CAMINO…]
De San Cristóbal a Las Palmas, después de jugar 25 partidos, beberse 25 botellas de Ancla ¡entre ocho!─ regresaba Pancho, a la caída de la tarde. Inútiles son sus esfuerzos para mantener el equilibrio de sus pasos. Contra la pared de los cercados, unas veces, contra los transeúntes otras, así viene Pancho. Llega ya cerca del Cementerio. La torre de la Catedral, al fondo, recta, erguida como flecha disparada al cielo, es para los ojos nublados de Panchito el Nudo, algo así como la Torre inclinada de Pisa. Los picos del Cementerio amenazan caer sobre la cabeza volteadora del ciudadano Panchito. Hace un alto de indecisión frente a los amenazadores picos. Los mira atemorizado. Hace esfuerzos inauditos para no caer, pero… al fin, va derecho, de cabeza, como una bala, contra las pilastras del Campo Santo.
Panchito se repone. Se rasca una y otra vez la cabeza herida, y al fin, indignado, tira el sombrero contra el suelo, y exclama, enfrentándose con el cachorro:
─¡Mal rayo te parta; tóo el camino has venío cayéndote como un borracho, hasta que me jeringaste!
[En El País, 14 de enero de 1928.]
VÍSTETE DE LIMPIO…
Era tal la traza de aquel muchacho, y tanta su suciedad y abandono, que sus amigos, por mal nombre, le llamaban el Rañoso.
La camisa blanca había perdido su color indefinido. El traje era una lámpara. Sus zapatos negros, a fuerza de no limpiarlos, tenían, como la camisa, solamente sombras y lejos del color primitivo. Las uñas eternamente enlutadas ─las uñas de las manos, que las de los pies, Dios sabe cómo estarían.
De su cuerpo emanaba un husmillo algo raro y trascendía de su boca un indescifrable olor a tabaco mascado, que hacía ponerse a distancia al incauto que cayese en su radio de acción.
Nadie había, sin embargo, que consiguiera hacerlo guardar las leyes del aseo. Nació para eso, para no lavarse. Y no tenía remedio la cosa.
Un día, ─se acercaba Carnaval─, en una plaza pública se hallaba una docena de amigos proyectando el disfraz que vestirían en los días alegres de Carnestolendas.
─Yo creo que todos debemos hacernos un pierrot.
─No hombre, no. Mejor sería ir todos con sábana, que es más baratito y nos conocerán menos.
─Pues yo creo ─decía otro─ que la comparsa debía ir vestida de pantalón corto y capa, como van siempre los estudiantes.
Así se discutía cuando el Rañoso, usando de la palabra, dijo:
─Señores: lo mejor sería que nos vistiéramos…
Pero no pudo acabar porque una voz le atajó, diciéndole:
─¡Tú, lávate, vístete de limpio y no te reconocerá ni tu madre!
[En El País, 25 de enero de 1928.]