Yolanda Arencibia Santana

Selección de textos

[PANCHO GUERRA]

En   1947 [Francisco Guerra Navarro, Pancho Guerra] decide irse a Madrid, quizás por recomendaciones de su amiga Paquita Mesa y animado por un empleo burocrático que  su amigo Agustín Miranda Junco —ligado a la Dirección General de Trabajo—  le había proporcionado. Nuestro autor esperaba hallar en la capital nuevas expectativas que le permitieran darse a conocer, escribir, publicar, conectar con otras gentes y con otros mundos. Pero las cosas fueron más difíciles de lo que esperaba. Carmen Laforet y Manuel Cerezales le buscaron trabajo en el periódico Informaciones del que Cerezales era director y donde estuvo como redactor y colaborador literario. La publicación de sus  primeras obras y su vida bohemia le permitieron hasta última hora tan sólo mantener un cuarto de realquilado y hacer escasos viajes a Gran Canaria, especialmente por Navidad. En el plano personal, sin embargo, su carácter bondadoso, su humor y su fina ironía le hicieron acreedor de las mejores simpatías y amistades. Los canarios (los de paso por la capital o los instalados en ella) se reunían con frecuencia: Carmen Laforet, Vicente Marrero, Antonio Arbelo, Paquita Mesa, entre otros. En los primeros años de Madrid, solía reunirse con los canarios que allí estudiaban para charlar y comer en los alrededores de la plaza del Callao; o para tomar café en Zahara, o en Varela (calle de Preciados), lugar concurrido por poetas e intelectuales; también asistía a otras tertulias con isleños como Pepe Mesa, Polo y Del Castillo y frecuentó el Hogar Canario, cuyas conmemoraciones y agasajos hallaron reflejo en las páginas de sus crónicas. En una de  ellas, enviada desde la capital al Diario de Las Palmas, deja constancia de «una gozosa tarde isleña en el alto Madrid», entre calor de amistad, sones de timple («gallito mariscal de muchas peleas; quíquere musical; breve, requintada e infalible palanca de todas las escalas de la alegría») acompañado de la voz «torrencial y brillante de Alfredo Kraus cuyas isas levantan los pies del suelo», que fue «perfecta consolación para el maguado hombre insular, que entre margullos y baladeras va librando el fuerte jalío de la sangoloteada marea que es la ciudad». 

Durante estos años, la reescritura de piezas teatrales, la adaptación a este género de textos en principio narrativos, la redacción de nuevas obras y el abundante material que recopila para la elaboración de un ambicioso proyecto de compilación del léxico popular de Gran Canaria, son trabajos que ocupan el tiempo y el empeño intelectual de Francisco Guerra.  

En los últimos años de su vida, la bohemia que le había caracterizado fue abandonándolo y, en cierto modo, comenzaron a verse transformados sus hábitos vitales. Al parecer llegó a pensar  en casarse; y logró hacer realidad el cambio del «rincón de su cuarto de eterno realquilado» por un piso en condiciones que pensaba inaugurar con sus amigos y en donde tendría ocasión de mostrar sus trabajos recientes y sus versos (desgraciadamente perdidos). Pero, inesperadamente, el 3 de agosto de 1961 y durante una sesión de cine sufrió un ataque cardiaco que no logró rebasar. Poco después, en el Hogar Canario de Madrid, sus amigos —con Antonio Arbelo a la cabeza— constituyeron la Peña Pancho Guerra que se propuso «como tarea fundamental la publicación de toda la obra, inédita o dispersa, del amigo desaparecido», en palabras de F. Rodríguez Cirugeda. 

María Dolores de la Fe, que conoció a Pancho en sus últimos años canarios y que tuvo la fortuna de coincidir con él en Madrid al calor de la amistad de Manuel Cerezales y Carmen Laforet, nos lo describe como una figura quijotesca, alta y delgada, con cara alargada de labios muy finos y personal bigote recortado. Destaca de él una especial timidez que lo convertía en hombre de pocas palabras pero agudísimo observador al que nada escapaba y una personalidad exquisita, educada y muy culta cuya aparente seriedad exterior escondía a un sanísimo «mataperro». Era también hombre despacioso y reflexionador, tardo sobre todo a la hora de escribir porque, como dice Rodríguez Cirugeda defendiéndolo de las constantes autocensuras respecto a una proverbial pereza, teniendo la imaginación muy viva y la palabra pronta no fue, sin embargo, hombre de pluma fácil y sí de gran exigencia de creación personal.

De Pancho Guerra, o el amor a lo propio (1993). Las Palmas de Gran Canaria: Ed. Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana.

[LA MUJER POETA EN EL ROMANTICISMO]

Como en el resto de España, la prensa se convierte en Canarias en el espacio idóneo para acoger las creaciones de sus mujeres «letradas», como se las solía denominar. Mujeres poetas casi siempre, pero también portavoces colectivas de temas de educación o instrucción públicas. Tímidamente. Discretamente. Casi pidiendo perdón.

No es difícil hallar algunos nombres de mujer en las páginas de casi todos los periódicos: algunos explícitos, claros en la rúbrica de poemas o de textos en prosa; la mayoría de ellos, agazapados tras iniciales tímidas y curiosos seudónimos del tipo de «una Señorita tan bella como ilustrada», como señalaba el redactor al pie de un poema en El porvenir de Canarias (1843). En no pocas ocasiones, la autoría femenina de los textos se semidesvela por la galantería condescendiente de un redactor ocasional, que apunta que se trata de «una señora que ya otra vez nos ha favorecido con sus lindas composiciones»; y que llega a respaldar paternalmente la creación con algún añadido retórico, como el que sigue: «Las dotes poéticas que revela nuestra joven poetisa, nos hace esperar que no desmaye en la difícil senda que por verdadera inspiración sigue, segura de que cada verso que brote de su brillante imaginación, será una nueva flor que añada a nuestro desierto parnaso».

Aparte del tema de la realidad del anonimato o del seudónimo en la época (que justificaría esta conducta), muchos factores juegan en el porqué de la ocultación de la mujer escritora de entonces: alguna bibliografía existe ya al respecto; destaquemos de entre ella el trabajo específico que M. Carmen Simón Palmer presentara en el IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, titulado «La ocultación de la propia personalidad en las escritoras del siglo XIX».

A este respecto, recordaba Susan Kirkpatrick la defensa que Carolina Coronado se vio precisada a hacer de la actividad poética femenina, presentándola como un hecho consustancial a la naturaleza humana misma, independientemente de voluntades personales, de posibles detractores o defensores. La época romántica que mueve la pluma de Coronado es, en efecto, la que conoce el despertar esplendoroso de las mujeres poetas. Tenía que ser así, respondiendo al individualismo y reafirmación de la personalidad que supuso el romanticismo, y debido al encuentro conflictivo de las formas culturales, políticas y económicas de la burguesía moderna, con las prácticas e ideologías de la España tradicional. Para las mujeres letradas, tal conflicto se manifestaba envuelto en una pugna doble: por un lado, la pugna entre las arraigadas costumbres que ensordecían ―cuando no acallaban del todo― las voces de las mujeres (salvo casos excepcionales) manteniéndolas sujetas al ámbito familiar; y, por otro lado, la pugna entre las nuevas ideas liberales y románticas que defendían la dignidad y la educación de la mujer, el derecho a la expresión individual femenina, y la aceptación de la poesía como expresión natural de los sentimientos. De ahí que la poesía femenina del pasado siglo XIX, animada por las mismas corrientes culturales y frenadas por sus resistencias, formase una tradición identificada sobre todo en la manera de construir el sujeto femenino y de justificar su escritura.

Pero las circunstancias económicas se unían a las de orden ideológico/estético y social, para propiciar la escritura femenina. Con limitaciones, porque personalidades y circunstancias como las de la poeta Coronado no son las más habituales. De las románticas canarias llegó a escribir Dulce María Loynaz que

lo que menos cuenta en estas poetisas son sus versos; lo interesante en ellas son ellas mismas, su calidad humana, su linaje espiritual en una isla tan pequeña. Una poetisa es siempre flor de tierra muy fina y trabajada: más de tres o cuatro sedimentaciones, capas de estratos diferentes son necesarias para decantarle la savia capaz de filtrarse por sus raíces. Una mujer no es nunca naturalmente una poetisa: lo es por un proceso peculiar, por un refinamiento, si se quiere, pero de todos modos, por algo que ha sobrevenido y obra en ella a modo de catálisis y la madura previamente para esa misión.

Las poetas románticas canarias que asoman a las páginas de la prensa romántica, o decimonónica en general, forman una gavilla de nombres de los que, hace muy poco, nada o apenas nada se sabía, y que el avance de algunas investigaciones y rastreos va rodeándolas de alguna luz: nombres, biografías, circunstancias, textos. A la postre, muy poca obra segura sobre la que estudiar y muchas incógnitas biobibliográficas que resolver. Requiere la tarea no sólo los rastreos en hemerotecas que habíamos apuntado, sino también pesquisas más complicadas en archivos particulares o familiares. Porque no es extraño el caso de la existencia de poemarios femeninos de interés que nunca vieron la luz pública, celados por lo que podría ser considerado un ejercicio de impudicia o una exhibición inconveniente de intimismo. Conocemos documentalmente el caso de la poeta Victoria Ventoso y Cullen, natural del tinerfeño Puerto de la Cruz, que se da a conocer con un poema en las páginas del periódico El Guanche (1859) y que reaparece meses después con varios textos en El Eco del Comercio. El silencio posterior, tras su matrimonio con un prohombre local, es absoluto. Sin embargo, murió a los 83 años, en los años noventa del siglo XIX, dejando a su familia un amplio poemario, de tono romántico e intimista y de corte nostálgico, titulado Ensayos poéticos, cuya exhumación se está intentando actualmente. Muy semejante es el caso de la grancanaria María Encarnación Cubas, casada con el notario, músico, poeta e historiador de renombre, D. Agustín Millares Torres. Doña María nada publicó en vida de una nutrida colección de poemas que permanece hoy en poder de su familia, desde su muerte a finales de los noventa del XIX; también se trabaja actualmente en ese rescate. No son casos únicos; ni en Canarias ni en el resto de España, dado el papel social que la mujer desempeñaba y los problemas de formación y de expresión que tenía la mayoría de ellas.

Entrando ya en la nómina de poetas del romanticismo en Canarias, anotemos, además de los nombres ya citados de las poetas Ventoso y Cubas, otros más conocidos en la época, como los de Isabel Poggi, Cristina y Leocriciana Pestaña Fierro, Cesarina Bento, Dolores Stanislas, Francisca Fleitas, Ana Lasso de Curbelo, Carmen González de Fernández Neda, y una misteriosa Mercedes López de Letona, que se asomó tímidamente a la prensa periódica una sola vez para callar absolutamente después, y de la que, al parecer, acaba de descubrirse un poemario prometedor.

Pero hay tres nombres femeninos que justifican por sí solos el que pueda hablarse de poesía femenina en el romanticismo canario. Son los de Ángela Mazzini, Fernanda Siliuto y Victorina Bridoux; que se dan a conocer en una misma publicación periódica tinerfeña: El Noticioso de Canarias, entre 1851 y 1855. Son poetas con distinta fortuna posterior y con distintos tonos. De entre ellas es la obra de Mazzini la más amplia, la más rica en variedad de temas y aspectos. La de Bridoux, por su parte, es la mejor conocida y la única estudiada, aunque también la más tópica y menos sorprendente. La de Siliuto, por fin, es la obra más corta y la autora con personalidad más enigmática; pero también aquella cuya poesía reviste mayor intensidad. 

De «“Yo quisiera volar, volar ligera”. Mujeres en la poesía del Romanticismo en Canarias» en Lectora, heroína, autora. La mujer en la literatura española del siglo XIX (2005). Barcelona: Sociedad de Literatura Española del Siglo XIX, 1-12.

 

[ENTRE PARDO BAZÁN Y CONCHA MORELL]

1891 fue año importante para Galdós. Primero, en enero había experimentado el sentimiento de la paternidad con el nacimiento de su hija María; segundo, en mayo publicó el tomo final de Ángel Guerra,  anotemos: la historia de aquel enamorado de vocación «guerrera», que busca su alma en causas perdidas y «angélicas» en la intención; tercero, se halla en puertas de cumplir la ilusión de ser dramaturgo, además de narrador; cuarto, está ilusionado con los planos de la que será su propia casa, sita en unos terrenos que ha comprado en la parte alta de Santander; y quinto, está en los albores de una relación apasionada con una joven de veintisiete años, esbelta, de facciones delicadas, rubia, blanca, agradable, voz armoniosa, especial sentido del humor, simpática, y una mujer que vivía con un protector a quien llamaba «papá» y a quien puede poner un piso, «un palomar», en Buen Suceso, 17. Galdós está vivo. Ilusionado. Optimista. Tal vez pletórico. Además, doña Emilia está muy cerca de su vida como mano amiga en todo lo concerniente al estreno cercano de Realidad, su primer drama.

Y ese año de 1891, cuando el escritor se refugia en Santander ya casi pasado el verano, se aplica en la escritura de Tristana, una ficción asentada en el asunto de Concha Morell y sus circunstancias. Será una novela de redacción rápida ―la anuncia a su editor como tarea de menos de tres meses―, pero que no se publica hasta 1892, porque el novelista metido a autor de teatro tuvo que interrumpir aquella redacción en diciembre para dedicarse de lleno al arreglo para la escena de Realidad, novela.

Resultará esa novela, Tristana, una invención realista de la muchacha acaparada por don Lope, que tiene aspiraciones utópicas sobre lo que podría ser su vida, que se enamora de un artista sujeto a una tía, que quiere ser independiente… Con estos mimbres, la novela de Tristanita no podía haber tenido otro final que el que tuvo. Porque, a la postre, Tristana es la historia de una derrota anunciada. En Tristana no sólo fracasa la protagonista, sino que fracasa la propuesta de posibilidad de la libertad en la pareja: porque si Tristana rechaza el casamiento porque sería una pérdida de su libertad, la unión libre desasosiega a Horacio, que se siente disminuido, confuso, amedrentado: su relación con Tristana se parece a una lucha, y la separación de la pareja puede ser una liberación. Galdós parece estar presentándonos su propia situación. En este caso, Tristana se inspira en Concha, en Pardo Bazán y en sí mismo. Así lo consideró la suspicacia temprana de María Zambrano, que incidió en ver en esta novela, además de lo obvio, la paradoja personal de Pérez Galdós, la novela que debería ser «la obra única de un autor». A la postre, el don Lope de la ficción sirvió de asidero a Tristana, y Pardo Bazán tiene su fortaleza en la literatura y en su personalidad. Pero Concha Morell no va a tener tanta suerte; y Galdós ha de vivir con sus propias incongruencias, como todos. La propuesta positiva que contiene la novela es lo que supone de llamada de atención pública hacía la perentoriedad de una mejor educación para la mujer, indispensable para situarla en condiciones de valerse por sí misma. Una apuesta nada habitual en la época.

Tristana es Concha Morell novelada, dijimos. «Tengo muchísimos deseos de conocer el libro que ahora estás escribiendo, ese que dices que te he inspirado yo. Ven pronto para que lo leamos juntos», le había escrito ella. (AMPG5, 3065).

Pero no está Pardo Bazán ausente de la novela. Porque mucho hay de las cartas de doña Emilia en las que intercambian los protagonistas Horacio y Tristana.

Algo de ello sabemos. Intentaré añadir algo al respecto.

Esas cartas, las de la novela Tristana, aparecen a partir del capítulo VIII de los veintinueve totales del texto, y ocupan los VIII, IX, XVI y XXI, insertadas en el discurso novelesco mediante diversas técnicas de taller que Galdós domina: la carta directa, el monólogo epistolar incorporado al discurso narrativo, las voces de los personajes comentando o repitiendo pasajes epistolares, etc.

La joven Tristana que se manifiesta por carta es atractiva y ocurrente: escribe en tono desenfadado, inserta citas en italiano, acude a lugares comunes librescos casi tanto como a las deformaciones léxicas, onomásticas muchas de ellas… ¿Evoca en ellas Galdós a Concha? ¿Cuándo empezó Concha a escribir a Galdós?

El epistolario que conocemos de Concha Morell a Galdós es amplio, y en su inmensa mayoría carece de fechas, por lo que solo por conjeturas puede datarse. Así y todo, pueden ser organizadas en tres grupos, y el Archivo del Museo Galdós lo ha ordenado con cierta lógica (tal vez en un origen las cartas estaban en sus sobres) de modo que las consideradas primeras podrían serlo, porque son cartas de peor caligrafía y de penosa ortografía, propias de una mujer insegura y vacilante. Algunas de estas «primeras» pudieron ser recibidas por Galdós durante la redacción de la novela.

Concha llegará a ser una remitente de cartas muy atractiva; y adquirirá modos de escritura que se corresponden con las que ahora escribe la ficcional Tristana. Pero nada de ello se registra en estas cartas primeras.

No hay duda de que Galdós se propuso aumentar la cultura de Concha. Nada tiene de extraño, porque fue tónica personal del escritor con quienes tuvo a su alrededor. Y no solo con «las mujeres de su vida», que parece demostrado respecto a Lorenza Cobián que llegó a redactar unas frases, según afirman sus descendientes. Incluso, recomendará lecturas y aconsejará modos de actuar pedagógicos a la mujer culta que fue Teodosia Gandarias…

Concha Morell aprendería pronto, porque era muy lista y no era una analfabeta. Sus cartas demuestran, aumentando cronológicamente, que llegó a poseer una cultura mediana y que era una buena lectora, capaz de interpretar con acierto lo leído y de jugar inteligentemente con ello; capaz también de incluir citas literarias oportunas (también en italiano) y de redactar con fluidez y gracia. En sus años últimos llegará a redactar para la prensa. No pudo llegar a ser actriz por falta de aptitudes y por problemas de su personalidad frágil; y al final de su caída declarará que habría trabajado en cualquier cosa. Frente a Pardo Bazán o a Lorenza Cobián, el fracaso de Concha es «el quijotismo» de no tener conciencia de su situación. Seguramente Lorenza Cobián no pensó en la posibilidad de una relación consolidada con Galdós; y a Pardo Bazán le habían venido bien las argucias de ocultación de su enamorado, hasta tomárselas a broma. Pero no ha de ocurrirle lo mismo a Concha, que tiene otras aspiraciones: ella hubiera querido poder «ser vista» por la familia de Galdós, casarse con él. Y ahí tendrá que fracasar.

Cuando llegue el momento de la ruptura, alguien culpabilizará a Galdós. Es difícil opinar con perspectiva correcta. Las circunstancias que habían hecho de Concha una mujer impulsiva, desconcertante, imprevisible, y cuya inestabilidad fundamental perturbaba anímicamente al escritor, conformaron su «realidad» de tal modo que difícilmente aquella relación pudiera haberse consolidado por leyes, aun en personas menos «escurridizas» y temerosas de la opinión de su familia que Galdós. Andando el tiempo, ella se quejará ante su enamorado: «¿Me quedaré en la estacada como Tristana? Tal vez, pero mi pata es el corazón. Si vieras como me duele. ¡Qué peso, qué fatiga!» (Carta 3003AMPG).

De «Galdós entre Pardo Bazán y Concha Morell» (2021). La Tribuna. Cadernos de Estudos da Casa-Museo Emilia Pardo Bazán 16 (2021), 21-28.

[GALDÓS, 1894. VIAJE A CANARIAS]

Cara bene: aquí estoy desde ayer, derrengado y aburrido, lo primero por el largo y pesado viaje, lo segundo porque, a causa de los «potititos», he perdido el vapor. 

Carta a Concha Morell. 9659

El 4 de octubre [de 1894] parte Galdós de Santander hasta Madrid; y el 6, desde la capital hasta Cádiz, para embarcar hacia Las Palmas. Tendrá problemas ese desplazamiento. El viajero se había retrasado en su salida de la localidad cántabra y no llegó a la andaluza a tiempo de enlazar con el correo previsto; para el próximo tendría que aguardar ocho días. El motivo de retraso fueron los requerimientos amorosos de Concha. Ya en Cádiz, pensó adelantar el viaje cogiendo uno de los cargueros que se dirigen a las Canarias desde Gibraltar. Pero finalmente embarcó hacia Tánger («mar malísima», carta 9663) y Melilla.

Al volver de África a Gibraltar, comprueba el viajero impaciente que ninguno de los vapores que de allí parten tiene permiso para transportar pasajeros. Vuelta resignada a Cádiz, pues. Allí le aguarda la mala noticia («el jicarazo») de la muerte de su cuñada Magdalena. ¿Qué hacer? «Proseguir el viaje», le aconsejan por telegrama su hermana Carmen y su editor, Cámara. Y así lo hace; entristecido, consternado. Siempre sintió especial afecto por Magdalena, que era mutuo. Para él, siempre fue la «madrina» que compartió con su esposo Domingo, el verdadero padrino (lo fue de bautismo y confirmación), la protección por aquel hermano menor que casi llegó a reemplazar a aquel hijo único, Sebastián (1856-1868), que había perdido el matrimonio por la infección trágica de la finca de Los Lirios. Solo era trece años menor que Benito. Por otra parte, era Magdalena el último vínculo de conexión con aquella Sisita que vino de Cuba y cuyo fin desgraciado sufrieron ambos de manera especial. Magdalena, fallecida el día 13, recibirá sepultura en el cementerio de Santander. Tenía entonces sesenta y cuatro años.

El día 15, por fin parte Galdós hacia Las Palmas, en el vapor correo Pío IX. El día 18, es recibido en el muelle de la ciudad con todos los honores, aunque sin música, por el luto reciente; salvas, mensajes de bienvenida… La prensa local (La correspondencia) había avisado de su viaje dedicándole el número extraordinario y, durante su estancia, el Ayuntamiento (Felipe Massieu y Falcón era alcalde entonces), primer promotor de los actos, acordó en pleno de 19 de octubre grabar en mármol el nombre de la calle ciudadana que se le había dedicado años antes, y también colocar la lápida conmemorativa que puede verse aún en la casa natal de la calle Cano, convertida hoy en su museo. El Gabinete Literario lo nombró socio de honor con toda pompa, y encargó un retrato suyo para su galería de hombres ilustres. El Museo Canario lo recibió con honores y le ofreció para su firma su libro oficial. Tal vez lo que más le agradó al abrumado don Benito fue el agasajo de la Sociedad de Mareantes de San Telmo (a ella había pertenecido su padre), que le obsequió con una artística maqueta de un barco de pesca. Quedará el pequeño galeón en Las Palmas para su restauración por el carpintero de ribera Manuel Miranda y en enero de 1895 saldrá hacia Santander, en donde adornó el despacho del maestro. Hoy se conserva en la recreación de ese espacio en el museo grancanario. 

La ciudad que se encontró don Benito entonces había cambiado mucho respecto a la que dejó atrás en la mitad de la década de 1860. Habían sido los primeros años de la década de los ochenta los del principio del resurgimiento económico, con la construcción del puerto de refugio de las Isletas y el aumento de las producciones de azúcar y tabaco que el recrudecimiento del conflicto colonial cubano había favorecido; superado el ciclo comercial de la cochinilla, comenzó el de la exportación de plátanos, tomates y papas. El Teatro «Nuevo», aquel cuya ubicación mereció sus sátiras juveniles, había sido inaugurado en 1890 con una Traviata perfectamente escenificada y se erguía flamante en la entrada de la ciudad, muy cerca del mar y de la pescadería, sin espectadores nadando, ni Neptunos en los palcos, ni divas asustadas ante el pez que asoma por la boca del apuntador, como auguraron con sorna sus habilidosos dibujos. Allí se habían estrenado ya algunas de sus obras; como la zarzuela Cádiz, que abrió el año 1892, y La loca de la casa y La de San Quintín, que se acababan de representar en mayo y junio, respectivamente, de aquel mismo año, 1894. En otro orden de cosas, el turismo de salud se había ido afianzando en las islas; y en este viaje don Benito pudo ver el recientemente construido Hotel de Santa Catalina, así como apreciar la novedad de la ubicación en terrenos cercanos al puerto de las casas carboneras y almacenistas, como Miller, Blandy Brothers y Cía, Salvador Cuyás y Prat, etc. En la calle del Cano vivían sus hermanas Tomasa, Dolores y Manuela, aquellas «mironas» de los juegos infantiles de la vecindad, que se paseaban por la azotea después de comer. No residió con ellas don Benito, sino con su hermano Ignacio, que habitaba entonces la casona de Guanarteme (o Santa Catalina), junto al mar. Allí fijó don Benito su residencia estos días, pese a la lejanía, porque, aunque ya estaba en funcionamiento la carretera que unía la capital con el puerto, se requería del auxilio del caballo, de las calesas o incluso del barco (como el día de su recibimiento) como medio para cualquier desplazamiento. «Volvió en busca del pasado», escribiría en la prensa, años después, Miguel Sarmiento. Ocasión de volver a ese pasado debió ser también este viaje, sin duda. Además de atender los asuntos legales de tal viaje, sabemos hoy que anduvo a sus anchas por la ciudad y por la isla, y que recorrió los lugares de su infancia hasta llegar hasta los populares Poyos del Obispo (en el rincón de San José, extremo sur de la capital) en compañía de un popular carpintero y latonero llamado Joaquín Gutiérrez, discutidor incansable. 

Muchos agasajos recibió don Benito en su ciudad y su isla. Sin embargo, él quería huir de toda exhibición y, en la medida de lo posible, sus paisanos respetaron este deseo (el luto reciente fue una buena excusa). Sabemos que visitó el lugar histórico del Batán acompañado del alcalde y que, además del recorrido despacioso por la ciudad de su infancia, estuvo en la villa Teror (6 de noviembre) y se detuvo en la bella finca de Osorio, visitando la basílica venerada por los grancanarios. Su recorrido por el Monte Lentiscal y la finca de los Lirios, más que visita fue una agradable reunión familiar y estancia distendida. Recorrería el ahora visitante los barrancos de su infancia llenos de recuerdos y nostalgias. En el Monte Lentiscal se dejó retratar, en plena naturaleza, sentado en un taburete y con un hermoso perro negro entre las piedras. Esa foto providencial ayuda a conocer los rasgos de entonces: la de un hombre atractivo, alto y recio, de ojos escrutadores, semblante moreno y nutrido bigote. Aprieta entre sus labios una larga boquilla y esboza una sonrisa. Su vestimenta combina las botas recias, el traje algo desarbolado y la «bilbaína» habitual del campesinado canario, con la airosa corbata blanca de lazo que adorna el cuello. Una estampa atractiva. 

No llegó al mes la estancia de don Benito en su ciudad natal; pero sin duda estrechó lazos con sus paisanos y se interesó por sus proyectos. Para la despedida, el 12 de noviembre, hubo de saludar mil veces, abrumado ante la escolta de barquillas con banderitas y barco especial para la banda de música, cuyos acordes lo acompañaron hasta que el buque correo Hespérides se adentró en el océano tras la vuelta a la bahía de las Isletas. El correo tendrá escala en Santa Cruz de Tenerife. Nuevas alegrías; nuevos honores. El 13 de noviembre, al llegar a Cádiz, se quejará en carta a Concha: «Si no echo a correr para acá, mis paisanos acaban conmigo, a fuerza de obsequios» (carta 9762).

De Cádiz, Galdós partió hacia Madrid inmediatamente, aún sin saber si sus hermanas habrían vuelto a la capital tras el entierro de Magdalena o seguirán en Santander. 

De Galdós. Una biografía (2020). Barcelona: Tusquets Editores, 400-403.

 

Otros textos disponibles

No data was found
Compartir
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Cookies estrictamente necesarias

Las cookies estrictamente necesarias tiene que activarse siempre para que podamos guardar tus preferencias de ajustes de cookies.

Cookies de terceros

Esta web utiliza Google Analytics para recopilar información anónima tal como el número de visitantes del sitio, o las páginas más populares.

Dejar esta cookie activa nos permite mejorar nuestra web.

Cookies adicionales

Esta web utiliza las siguientes cookies adicionales:

(Lista aquí las cookies que estás utilizando en la web.)