Enrique Nácher

Selección de textos

DE BUHARDILLA (1950)

En un bar elegante un grupo de jóvenes imberbes esforzaban su ingenio ante unas jovencitas que, al oírles, reían sin cuenta ni razón manteniendo vasos de cerveza en su mano. Pedro pensó en ellos y en la comida del día siguiente; la asociación saltó de su cabeza al bolsillo, vaciado generosamente sobre la mesa de Lión, una hora antes. Con un andar astuto, cuyo aprendizaje forzaron las vigilias, fue acercándose a la mesa; no miraba a nadie, el gesto indiferente era el más adecuado, nunca debía mostrar demasiado interés en contratar sus servicios. Los jóvenes se oían chillar y reír a su derecha; ¡si callasen un momento! Su tono de voz, siempre discreto, pasó inadvertido. Los odió al momento.” (capítulo 2, p. 9)

***

Lanzó colérico contra el cristal de la ventana la colilla que le quemaba los dedos y sus ideas retrocedieron hacia la vida, hacia la forma de seguir viviendo. La ambición de su futuro se había nutrido durante años con la idea de una exposición y para ella había almacenado en el estudio algunos cuadros que, cada uno en su tiempo, habían sido inquietud y sueño de otros días. Aún pintaba telas; cuando la calderilla fraguaba en algún billete y podía adquirir lienzo y colores. Esto sucedía pocas veces, pero en sus ocasiones, vivía frente al cuadro, que poco a poco aparecía ante él ausente del mundo, aislado días y días de la calle, sólo pintando y soñando. Cuando el desfallecimiento no le permitía más, salía y durante unas horas sobreponíase a las náuseas del comercio inferior, pintando caricaturas en los cafés del centro. Con algunas pesetas, las necesarias para comer un poco, compraba provisiones que devoraba apresurado de vuelta al estudio. Luego, a pintar otra vez, hasta que sus sentidos, siempre exigentes y en tensión, le decían que no podía hacer más. Por último, acostado en el camastro, contemplaba horas y horas su obra. Akim el marinero, Ana de Tordesillas, el caballo Plumero… todos estaban satisfechos y la mancha de las bocas parecía distenderse al contemplar la verdadera belleza. (capítulo 4, p. 18)

***

Arrepentido y seguro ya de su próxima muerte, desanduvo el camino hasta el gallinero para situar en su sitio al salvado plume. Le afligía pensar en este último fracaso de su vida; era uno más, tan sólo eso, pero con categoría de póstumo. Ya no temía el resbalón. Lo deseaba. Así, en un momento, todo quedaría concluso y él en paz. La grieta del callejón ya no era como antes un temible tragadero; entonces caminó hacia el pollo, hacia la vida; ahora, buscaba otra vez la muerte llamándola desde el subconsciente con deseo de liberación. Una cosa quería: dejar el pollo en su sitio y morir como un hombre honrado; la idea de legar fama de ladrón le hacía estremecerse durante su inquieto andar por los tejados. (capítulo 8, p. 31)

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El  judío hablaba exaltado, golpeando con ambos puños el mostrador.

—No le puedo anticipar nada; nada. Todavía no sabemos si la exposición dejará algún dinero. A usted no le conoce nadie y lo más seguro es que no haya más que gastos.

Pedro oía silencioso. El hambre hacía de él un hombre peligroso, pero comprendía la razón del judío. Cada cual con lo suyo: lo justo era contener sus impulsos. El usurero usaba de su derecho; el dinero era de él y de nadie más, no se le podía obligar a que lo fraccionase entre los pedigüeños. Pedro era un pedigüeño. Comprendió con amargura la humillante condición, procurando ganar arrogancia con un modo de hablar que le devolvía su dignidad de señor.

—Está bien. Yo no exijo nada; ya que su bondad no responde a lo que le pido, creo que no podrá oponerse a que me lleve mis cuadros. (capítulo 16, p. 71)

 

DE GUANCHE (1957)

Desde la cumbre rocosa de Gran Canaria las montañas se escalonan escarpadas hasta la costa, cortadas por tajos y profundos barrancos. Es la de la isla una dormida historia de volcanes vomitando lava. Aquí está la piedra negra, desmoronándose, y, sobre la abrupta geografía, una comunidad de hombres en paz que viven a un ritmo lento. Como abrumados por la inmensidad de la montaña y el mar que a diario contemplan.

Desde Moya, situada en las alturas de la costa norte, se desciende al mar por el endiablado zigzag de una estrecha carretera. Y a medida que se baja van surgiendo a los lados los estanques de agua rojiza, los platanares escalonados en las laderas, la caña dulce, los abismos de piedra y, más lejos, entre la montaña y el mar, una estrecha franja de tierra llana ocupada por el verde mate de los platanares.

Allí está el Pagador. Un pago más de los muchos que salpican con sus casas bajas las montañas de Moya. Casas sin tejas. Llanas. Con cenefas de colores que limitan las ventanas y los ángulos. Son parte de la simple arquitectura de la isla. Sencilla y que al contemplarla causa una grata sensación de paz y silencio.

El Pagador es apenas un poblado, con su tienda donde se vende de todo y donde lo mismo se puede comprar que beber en su mostrador de madera. Cien años casi no cambiaron la fisonomía del pago.  (Capítulo 3, p. 20)

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Pero don Miguel tenía mucho aguante. Unos días en pie y otros en cama, el hombre iba adelante en su cuenta de años. María Candelaria lo cuidaba a su modo con hierbas, emplastos y purgas, que entre ella y un bien amañado curandero de Firgas que encontró su rentita en la casa, le administraban para el mejor provecho de los tres. Porque don Miguel Martín Rosales, si de su salud se hubiera tratado, no tendría en Bañaderos la bien ganada fama de tacaño que tenía. Y si ahora soltaba sus cuartos, era tan sólo con la idea de que le quedaba poco tiempo para gastarlos y el demonio se lo iba a llevar todo, tan pronto él reventase.

Entre otras, el hombre mantenía una idea generosa que pronto habría de cumplir. Su único apoyo era María Candelaria. Seguro que don Salvadorito tardaría para ponerla en la calle, tanto como tardara él en dar el último suspiro. Y en la entraña del viejo nació tierno el propósito de disponer algo en el testamento para que ella y el niño… un rato pensó irritado en el molesto niño, pero al cabo, con un ladeo de la boca, se dijo que él era hombre de buenas entrañas. Y con admirativo fervor hacia sí mismo, se sintió filántropo, incluyendo a Felipillo en los cálculos de su generosidad. (Capítulo 5, p. 43)

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Felipillo crecía suelto y hecho un mataperros, vegetando a su antojo por las tranquilas calles de Bañaderos. A los cinco años había aprendido a nadar y bajaba con sus amigos, tan descuidados como él, hasta la orilla del mar, para regocijarse en chapotear dentro de los charcos que se formaban en las oquedades rocosas del acantilado, al bajar la marea.

Entre otras cosas aprendió a poner el «trasmallo» con la marea alta, para aprisionar peces en los charcos cuando el mar descendía. Gozaban los niños viéndolos saltar en su pequeña prisión del agua y, sobre todo, el verdadero goce se sentía durante la dificultad de intentar cogerlos con las manos. Y lo mejor de todo esto llegaba cuando con sus peces en una cesta pequeña se los llevaba a su madre. (capítulo 6, p. 47)

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Las Palmas es una tranquila ciudad de casas bajas y calles limpias y bien trazadas, que ocupa una larga franja costera del ángulo nororiental de la isla. Sobre el caserío rectangular, listado con cenefas de color, como plantadas en la planicie de las azoteas, se alzan las dos torres de piedra negra de la catedral.

En el extremo norte de la ciudad existe un promontorio pelado que se adentra en el mar y se une a tierra por el estrecho istmo donde se asienta la capital. Es la Isleta. A un lado del istmo, hacia poniente, se halla la ensenada rocosa de las Canteras y, hacia levante, el Puerto de la Luz, cerrado por una larga escollera que se adentra algún kilómetro en el mar.

Las Palmas, en mil novecientos veintinueve, era ya una gran ciudad de ambiente y vida cosmopolitas. Sin embargo, no era fácil hallar en otra población de pareja importancia el sosiego que se advertía en sus calles y plazas. En los jardines, los hombres permanecían sentados tiempo y tiempo. Hombres de la Isla. Con sombrero oscuro y chaqueta blanca. Hablando despacio o bien sumidos en silencios largos. Diríase que no había prisa por nada, todo estaba hecho y sólo era importante hablar amigablemente y dormir. (capítulo 8, p. 70)

 

DE CERCO DE ARENA  (1961)

El de hoy era un día triste para Morro Jable. La gente amaneció temprano para comprobar la magnitud del desastre. Ya la afluencia de insectos había cesado, y la superficie del mar aparecía ennegrecida, en gran trecho, por los millones de cadáveres de langosta que sobredañaban. Cada ola al romper sobre la arena traía y llevaba la oscura masa manchando la albura de las arenas. Y monte arriba, sobre el paisaje arrasado, negreaban ventisqueros de langosta como si la tierra fuera móvil en las hondonadas.

Y sobre el mar, sobre las casas y sobre el desierto entero, otra vez el sol. Una luz codiciosa abrasándolo todo, hasta acabar con la vida, como una lucha del tenaz desierto para prevalecer en este lugar del mundo. Mas, bajo la luz cegadora, he aquí otra lucha. Los hombres doblados sobre el suelo hostil, barriendo la plaga con hojas de palma, reuniendo las cabras hambrientas dispersas por las laderas, preparando sus barcas para de nuevo salir al mar… (Capítulo VII, p. 93)

***

El calor era verdadero calor ahora que mediaba abril. El aire africano, seco y permanente, cruzaba Jandía con una opresiva sensación de ahogo. La tierra y los hombres parecían calcinarse en este infierno de sed y calor. Pilar andaba hacia la escuela lentamente, como si el peso gravitatorio sobre la tierra le anulase ya las fuerzas en esta primera hora del día. Nubes de arena volaban con el impulso del viento hasta casi cegar la vista. Y entre las trombas de polvo, brillaba sobre el cielo lejano un temblor de humo elevándose desde las piedras resquebrajadas. (Capítulo X, p. 117)

***

Llovía arena. En torno al Orejas de Asno dominando el centro de la península, se elevaba con un gran remolino la nube de arena que lo oscurecía todo. El vendaval se había levantado en pocos segundos. Empujaba hacia arriba encrespando las tabaibas en un paisaje vertical y cercano donde se borraban los horizontes. Algunas madres andaban buscando a sus hijos revueltos entre nubes de arena en tanto maldecían a la condenada doña Pilar que tan poco cuido tuvo de ellos.

Y mientras todo esto estaba en marcha, la condenada llegaba a su casa para cerrarse hasta siempre detrás de su puerta. Un pequeño oasis su casa, donde pudo verse libre y casi feliz. Y se dice casi, porque en su alcoba escuchó los cantos de doña Florinda trajinándole sus cosas.  (Capítulo XIII, p. 155)

***

El temporal de arena era sobrada justificación para que aquella tarde no se abriese la escuela. De todos modos, Pilar se había prometido no volver más al trabajo. De aquella señorita asustada, que un día bajó del barco en Gran Tarajal, no quedaba en ella más que la presencia física. Había vivido por primera vez y esta era su lucha. Un firme temperamento hizo su aparición y había llegado a saber que siempre cabe la esperanza de sobrevivir. Alguna cosa debía suceder para que la vida no terminase en inmunda basura. Por lo menos lo mejor de ella se había salvado en el choque brutal con las tierras de Morro Jable. Aquí estaba íntegro su espíritu y con él su virtud en triunfal armonía con su conciencia.

Sentada ante la ventana, miraba la turbidez carcelaria de la arena en nubes. Dentro de un trozo de pan estaba la tortilla que, como plato único, constituía todo su almuerzo. Alguna vez masticaba algo de aquella arena blanca que se filtraba por las rendijas invadiéndolo todo.  Pero ya era algo casi habitual. Saborear exquisiteces pertenecía a otra vida distinta a la del Morro. Esa vida estaba en algún sitio soñado e imposible al que se llegaba a través del tiempo. Tal vez todo ese tiempo había transcurrido y faltaba muy poco para alcanzar la dicha total. (Capítulo XIV, p. 163)

 

DE CERCO DE ARENA  (1961)

El de hoy era un día triste para Morro Jable. La gente amaneció temprano para comprobar la magnitud del desastre. Ya la afluencia de insectos había cesado, y la superficie del mar aparecía ennegrecida, en gran trecho, por los millones de cadáveres de langosta que sobredañaban. Cada ola al romper sobre la arena traía y llevaba la oscura masa manchando la albura de las arenas. Y monte arriba, sobre el paisaje arrasado, negreaban ventisqueros de langosta como si la tierra fuera móvil en las hondonadas.

Y sobre el mar, sobre las casas y sobre el desierto entero, otra vez el sol. Una luz codiciosa abrasándolo todo, hasta acabar con la vida, como una lucha del tenaz desierto para prevalecer en este lugar del mundo. Mas, bajo la luz cegadora, he aquí otra lucha. Los hombres doblados sobre el suelo hostil, barriendo la plaga con hojas de palma, reuniendo las cabras hambrientas dispersas por las laderas, preparando sus barcas para de nuevo salir al mar… (Capítulo VII, p. 93)

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El calor era verdadero calor ahora que mediaba abril. El aire africano, seco y permanente, cruzaba Jandía con una opresiva sensación de ahogo. La tierra y los hombres parecían calcinarse en este infierno de sed y calor. Pilar andaba hacia la escuela lentamente, como si el peso gravitatorio sobre la tierra le anulase ya las fuerzas en esta primera hora del día. Nubes de arena volaban con el impulso del viento hasta casi cegar la vista. Y entre las trombas de polvo, brillaba sobre el cielo lejano un temblor de humo elevándose desde las piedras resquebrajadas. (Capítulo X, p. 117)

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Llovía arena. En torno al Orejas de Asno dominando el centro de la península, se elevaba con un gran remolino la nube de arena que lo oscurecía todo. El vendaval se había levantado en pocos segundos. Empujaba hacia arriba encrespando las tabaibas en un paisaje vertical y cercano donde se borraban los horizontes. Algunas madres andaban buscando a sus hijos revueltos entre nubes de arena en tanto maldecían a la condenada doña Pilar que tan poco cuido tuvo de ellos.

Y mientras todo esto estaba en marcha, la condenada llegaba a su casa para cerrarse hasta siempre detrás de su puerta. Un pequeño oasis su casa, donde pudo verse libre y casi feliz. Y se dice casi, porque en su alcoba escuchó los cantos de doña Florinda trajinándole sus cosas.  (Capítulo XIII, p. 155)

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El temporal de arena era sobrada justificación para que aquella tarde no se abriese la escuela. De todos modos, Pilar se había prometido no volver más al trabajo. De aquella señorita asustada, que un día bajó del barco en Gran Tarajal, no quedaba en ella más que la presencia física. Había vivido por primera vez y esta era su lucha. Un firme temperamento hizo su aparición y había llegado a saber que siempre cabe la esperanza de sobrevivir. Alguna cosa debía suceder para que la vida no terminase en inmunda basura. Por lo menos lo mejor de ella se había salvado en el choque brutal con las tierras de Morro Jable. Aquí estaba íntegro su espíritu y con él su virtud en triunfal armonía con su conciencia.

Sentada ante la ventana, miraba la turbidez carcelaria de la arena en nubes. Dentro de un trozo de pan estaba la tortilla que, como plato único, constituía todo su almuerzo. Alguna vez masticaba algo de aquella arena blanca que se filtraba por las rendijas invadiéndolo todo.  Pero ya era algo casi habitual. Saborear exquisiteces pertenecía a otra vida distinta a la del Morro. Esa vida estaba en algún sitio soñado e imposible al que se llegaba a través del tiempo. Tal vez todo ese tiempo había transcurrido y faltaba muy poco para alcanzar la dicha total. (Capítulo XIV, p. 163)

 

DE TONGO (1963)

Nuevos temblores de esfuerzo y fatiga casi derramaban el vino en este momento final. Porque no se podía dudar ya que éste sería el gran final de la prueba. Manolo desfallecía y enseñó su dificultad adelantando el brazo izquierdo, basta quedar la mano muy cerca de la muñeca. También él se refugiaba en la tramposa ayuda de las dos manos. Se diría llanto lo suyo en este humilde momento de esfuerzo fallido. De un momento a otro, la mano abarcaría la muñeca y esto, que acabó por tolerarse a [Juan], no se veía con agrado entre los que asistían a la competencia. Otra vez aquél, removido el fondo de animalidad, dejó escapar la palabra.—Aúpa. A Baixauli le deprimía la vergüenza de enseñar la mano izquierda tan cerca de la muñeca. La palabra del que miraba se le antojó reproche. Algo muy duro para el estúpido orgullo. Y para no enseñar más flaquezas, bruscamente, llevó a la espalda la mano izquierda de donde no la movería aun en trance de morir. «Aúpa pues.» (Capítulo 2, p. 25)

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Pero el boxeo es una profesión dura y no reconoce más tregua que el abandono o el desplome cuando un hombre ya no puede más. Pero si este hombre está hecho al honrado transporte hasta el límite de la fatiga, la acostumbrada entereza puede acompañar hasta en el desfallecimiento de la pelea. Y lo verdaderamente notable de este caso es que el diestro Julio que con tanta facilidad estaba encontrando blanco para sus golpes, resoplaba como un buey mostrando una fatiga que ni siquiera había dado comienzo en el desdichado Manolo. Pero cada púgil emplea su técnica, y la de cansar al contrario es una de las más acreditadas. Así, pues, esta paliza que estaba recibiendo el hijo de Campanar puede considerarse como una técnica particular del muchacho, verdadero autodidacta del boxeo. (Capítulo 4, p. 48)

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En tanto llegaba el soñado día, footing, saco, ring, punching, gimnasia, guantes y, a veces, si la báscula señalaba algún aumento intempestivo, Manolo era condenado a sudar la gota en el baño turco o a hacer footing doble corriendo a paso gimnástico por la carretera de Torrente, cubierto por dos jerséis de lana y vigilado por Miguelito Miguel, su manager, que lo seguía a bordo del automóvil con su cigarro en la boca. Por cierto, unos excelentes cigarros éstos de Miguelito, que el Tigre tuvo ocasión de probar el día que salió de la cárcel, por partida doble. Uno antes y otro después de comer. Un grato recuerdo para los días sucesivos, ya que, desde aquella misma tarde, Félix Delgado, en sordo complot con Miguelito, le prohibió el tabaco. Algún cigarrillo caía a escondidas, pero si por desventura alguna vez fue sorprendido por sus dos cuidadores, se le recordaba el dineral que estaba costando con palabras que es mejor no repetir. (Capítulo 6, p. 64)

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Faltaban dos combates y uno de ellos sería disputado por un famoso valenciano del que se decía que todos los combates los había ganado por K. O. Esta vez la víctima era un tal Aguirrelazábal del que también se decía otro tanto. Pero el vecino de don Juan, un valenciano radicado en Bilbao, le aseguró que este Aguirrelazábal no iba a durar ni un minuto. Ahora se vería porque ya el speaker anunciaba el campeonato del peso semipesado.

A don Juan se le erizó toda la piel del cuerpo. ¿Era posible? Parecía una pelea a muerte. Los golpes resonaban en el local con una dureza que suspendía los sentidos. El público, puesto en pie, gritaba hasta no poder más. Y don Juan, también en pie, daba gracias a Dios por haber librado a su hijo de militar en el peso de estos mastodontes. Tenía la seguridad de que Juanito no habría bajado vivo del ring de haberlo enfrentado al terrible valenciano. (Capítulo 4 , p. 141)

 

DE EL MONO VESTIDO (ENSAYO) (1975)

Se diría que nuestra imagen a semejanza de Dios de considerarse como algo imperfecto y pecaminoso. Y bueno sería que esta clase de conformación mental quedase reducida al grupo de practicantes e iniciados. Pero el ser humano, cuando se siente convencido de su verdad, no se detiene. La proclama, la difunde y, siempre que puede, la impone por la fuerza sin pensar que puede haber otras verdades igualmente respetables. (p.16)

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Habrán de inventar una vida sin motores y ceñirse a un código moral que no podemos imaginar. Otra vez, y en sucesivas gradación de retrocesos, el hombre habrá de conquistar sus posiciones de dominio con arreglo a su condición de primate, y otra vez la naturaleza empezará a regenerarse para reconquistar el ciclo biológico alterado por la civilización. Nosotros hemos podido permitirnos el lujo de inventar la libertad y sometimos la naturaleza a lo que llamamos los sagrados derechos del hombre, pero las generaciones de un futuro lejano no podrán ser libres. Habrá que racionar la miseria y solo con férreas dictaduras se podrán contener las iniciativas apresuradas. Como siempre el más fuerte se situará al frente del clan, y la mujer -feliz triunfadora de los felices ochenta- tendrá que replegarse a su sitio de hembra y olvidar la época fugaz de la igualdad de derecho. Porque las oficinas y el trabajo cómo de las máquinas habrán pasado a la historia. (p. 169)

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Amargamente estamos aprendiendo, tras una centurias de orgullosas cultura, que no somos quienes para decidir el destino del mundo. No sabes por qué ni para qué gravita el universo en el espacio infinito. Pero los astros nacen y mueren sometidos a leyes inmutables a las que hay que someterse y morir. Nuestras rebeldías ante estas leyes no están enseñando que son superiores a cuanto podemos. Porque nuestra vida, nuestro pago fugaz por un paréntesis del tiempo infinito no es más que uno de los fenómenos de la Naturaleza sometidas a ese Dios que jamás podremos entender, pese a las mil imágenes de la Divinidad inventadas por el hombre. (p. 175)

 

 

 

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