LA TREGUA (fragmento)
El soldado rival, sentado junto a los demás alrededor de un plato de comida, rio sin poder contenerse.
– ¿De quién tienes miedo? ¿De los tuyos o de los míos?
– De los dos bandos. Me da miedo el perder estos instantes.
El soldado contrario volvió a reír. No podían tener en común como tema de conversación más que la guerra y las cosas nimias. Cualquier cuestión distinta podía desnivelar el equilibrio de la velada. Así lo comprendió Loris cuando el otro le dijo:
– Montas muy mal en mula
– Es la primera vez- le respondió-. Lo remediaré después de la guerra.
– Ya no habrá más guerra.
– ¿Tú crees? -le preguntó-. ¿Tú crees que esta tregua llegará a buen fin?
El soldado enemigo asintió con el gesto.
– Las guerras serán apagadas por la gente de bien.
LOS JUEGOS DEL TIEMPO (fragmento)
El traqueteo del viejo furgón, cuando no una avería del motor, el pinchazo de una rueda, los acompañaba hasta la plaza del cercano pueblo. Apenas una hora de descanso y, luego, pregonar la mercancía que guardaban en la cabina convertida en trastienda, ventanitas adornadas con cortinas de vichy.
Mi padre y tío Jacinto provenían del campo. Les gustaba, por tanto, el sol, los animales, el color verde y llevar sombrero. Mi padre nació cuando la primera década del siglo daba sus últimos disgustos y de ahí su miedo a volar en avión; mi tío Jacinto, dos años más joven, vomitaba, de pequeño, la primera comida del día, de manera que mi abuela preparaba dos tazones de leche de los que solo aprovechaba el segundo. NI siquiera el médico fue capaz de encontrar oro remedio.
LOS SUEÑOS IMPOSIBLES (fragmento)
Ya el preso, el fugitivo, se deslizaba cuerda abajo confiado en su suerte.
La brisa y las estrellas le trajeron a Evelio el llanto y la cara de Irmina. Su sonrisa. El frío huyó de su cuerpo y apuntó al fugitivo. Para él tenía que ser un fugitivo. Enrique Rodríguez Santos, pensó enrabietado, ¿recuerdas cuando, en las curvas del camino que conduce al aserradero, molestabas a Irmina y yo, impotente, enviaba a mi perro para que la cuidara de ti? ¿Y recuerdas cuando mataste a un hombre, al que la gente quería y al que yo nunca hubiera podido borrar del corazón de ella?
Y disparó.
En un instante, en una décima, en una centésima, ¿o en una milésima? de segundo se le vinieron a la cabeza las cosas que había pensado que tenía que hacer. Y gritó:
– ¡Alto o disparo!
Enrique Rodríguez Santos había caído ya y, sin embargo, Evelio disparó otra vez, sabiendo que le había alcanzado de nuevo.
Corrió y subió la cuerda con rapidez, arrojándola hacia el patio interior del castillo.
El revuelo dentro de la cárcel fu indescriptible y nadie supo lo que ocurría. Evelio, en medio de las carreras sin ton ni son y del frenesí, corrió, con entera serenidad, al portalón.
– ¿Qué pasa? – le preguntó el centinela que lo guardaba.
Sabía que tenía que ser el primero en llegar a Enrique Rodríguez Santos y asegurarse de que lo había matado porque de otro modo, tenía que rematarlo a sangre fría. No podía permitirse el dejarlo herido.
– ¡Un hombre se ha escapado!
Y se fue puertas afuera
Mientras oía que dentro del castillo todo era desorden, llegó junto al cuerpo y, de repente, se tranquilizó. Sin duda, su afición a la caza le había dado una buena puntería porque Enrique Rodríguez Santos estaba tendido en el suelo, en la tierra, con una bala a la altura de la oreja y otra en el cuello.
Estaba muerto.
– ¡Aquí! ¡Está aquí!
Vio como los demás soldados, en tropel, venían hacia donde él estaba y, entonces, se relajó.
Todo salió como lo había pensado. No hubo más que un informe sobre las declaraciones que les tomó el teniente a él y al otro centinela y que este, por desconocimiento o por miedo, firmó sin más. Nadie reparó ni dijo si los disparos fueron antes o después que la voz de alto, ni nadie se preocupó de sacar conclusiones. El asunto quedó aclarado. A Evelio lo relevaron durante unos días del servicio y cuando cumplió el tiempo en el castillo lo devolvieron, con el resto de la tropa, al cuartel de origen en el que quiso pasar desapercibido hasta que se licenció.
LOS CAMINOS DE CRETA (fragmentos CAP. 33 y 44)
Elisenda ha terminado aquella noche con sus hombres. Han sido necesarios cuatro o cinco, casi ni lo recuerda, para sentirse saciada de sus furores. Ahora, al recogerse, llega el peor momento, aquel en el que le da por pensar en Nicolás Múrice, con tanta persistencia que las sienes empiezan a dolerle. Y sabe que solo el sueño acabará con esa migraña insistente.
Belmondo la espera con impaciencia, agita el rabo desde que la ve aparecer entre los arbustos y camina hasta la valla junto a la que crecen ariscos matorrales auspiciados por la feracidad de los orines de los amadores de Elisenda, que dejan allí, antes de entrar en el recinto de las obras, el último y placentero deseo.
Ella, con mecánica costumbre, pone la comida del perro y se sienta a su lado, en la silla que la espera noche tras noche. Desde allí observa a Nicolás Múrice que, vigilante a esas horas de la noche, se acerca muy despacio a la puerta desde la que, antes, cuando la había visto venir, se había alejado a propósito para dejar expedita la entrada y evitar que ella tuviera que darle explicaciones. Esos detalles, que reconoce y agradece, son los que la tienen confundida.
Cuando concluye su cena, Belmondo acude a recibir los parabienes de Elisenda, que le acaricia el lomo con sus manos ásperas pero amables.
No puede evitar un ligero reproche de su conciencia. Leve, porque, adrede, quiere soslayar en este momento la sensación de culpabilidad que la situación le produce. Luego, recoge la artesilla de la comida del perro y se va en dirección a la cocina. Desde allí oye cómo Nicolás cierra la puerta de la verja, desde afuera, y se marcha hasta mañana.
-Hasta mañana, Nicolás.
[…] Luego, fresca, vestida de limpio y con el pelo arreglado y brillante como de costumbre fue a sentarse en el bancal que estaba fuera de las cocinas. Sin saber cómo ni desde cuándo, se encontró que pensaba en Nicolás Múrice; recordó su cara, sus manos, los gestos con los que apoyaba la rotundidad de sus narraciones, su figura desaliñada y la mirada de sus ojos, que era nítida y que parecía ver más allá.
Sorprendida de tales pensamientos y para huir de ellos, se levantó, cogió el bol de Belmondo, lo llenó de comida, se lo puso junto a la verja y volvió a sentarse. Todo lo hizo de forma mecánica, y si le hubieran preguntado qué cosas acababa de hacer, no hubiera sabido responder, y hasta habría negado que fuera ella quien le hubiera puesto la comida al perro. No había dejado de pensar, con todo, en Nicolás Múrice.
ANGELITA (fragmento)
La trenza de Angelita me hizo soñar siempre con balcones cubiertos de flores, de infinitas guirnaldas por las que me encaramaba para reunirme con ella, mirada pálida y pensativa. O quizá lánguida. Su cabello, brillante y recién peinado para salir a jugar por las tardes en la explanada sembrada de césped, crecía en la nuca, se construía solo e iba a morir en la cintura. Siempre morir. El lazo blanco, nunca de cualquier otro color, marcaba un límite.
Cuando la tos, una tos profunda que le hundía los ojos, no la dejaba mover, me la imaginaba en su casa, sentada en la mecedora, perdiendo las pupilas tras las ventanas mientras contemplaba nuestros juegos.
– Angelita no sale hoy- nos decía Alvarito.
Nadie preguntaba el porqué; lo sabíamos solo con mirar los labios de don Agustín. Su rostro moreno oliva se oscurecía y los ojos, grandes y blancos, semejaban dos lunas llenas. Pero, sobre todo, destacaban sus labios. Nunca he visto labios más cárdenos que los de don Agustín.
ELENA VUELVE A ESTAR DE LUTO (fragmentos)
La señora es así, sale a su padre, no para en casa. Cuando no está de viaje por esos mundos de Dios, está en la fábrica. La familia y por consiguiente la señora también, ha vivido siempre de la fábrica de repostería que es famosa en todo el país por la multitud de productos y por su extraordinaria calidad. No hay galletas, ni magdalenas, ni cruasanes, ni repostería dietética y no dietética, ni roscos de reyes mejores que los nuestros. Digo nuestros porque yo, que tengo mis años, soy como uno más de la familia; al menos, todos han estado al cuidado de estas manos. La señora es la tercera generación. Cuando se casó por primera vez habló con su padre y le dijo que me traía con ella a su nuevo hogar. Don Juan Pedro ni se atrevió a protestar.`
[…] La señora trabaja tan duramente que necesita tomar un descanso de vez en cuando. Es su norma. Un par de semanas en la fábrica, una semana fuera. Se va sola, absolutamente sola. Ninguno de sus maridos pudo jamás con su ritmo. Hoy regresará de uno de sus viajes. Ya tengo la vichy-soisse, el sorbete de limón y el Dom Perignon en la nevera. Al magret de pato solo le hace falta un último toque. Esa es su comida preferida y la que indica el fin de cada viaje. Siempre que regresa a casa no quiere más que un baño, esa comida y estar a solas con su marido. Ahora es distinto porque, desde hace cuatro meses, doña Elena vuelve a ser viuda.
EL SÍNDROME DE TARZÁN (CAP. 3 fragmento)
Tarzán, al menos el que mostró el cine norteamericano e inmortalizó a Johnny Weismüller, se lanzaba de liana en liana para trasladarse de una rama a otra, para avanar de árbol a árbol en la selva que él conocía tan bien. Seguramente, los monos le enseñaron que esa era una de las formas más seguras de moverse por la selva, antes que recorrerla por el suelo donde podría encontrarse con hojarasca, bejucos, malas hierbas, panteras, tigres, serpientes y, en definitiva, dificultades y peligros. Pero, observando detenidamente la forma en que se desenvolvía de liana en liana, jamás se quedó sin apoyo en el aire, ni siquiera un segundo, suelto.
En el circo, un trapecista, el ágil, se lanza hacia su compañero porteador soltándose de su trapecio, volando unos metros y agarrándose a él por las muñecas con toda la firmeza de la que es capaz. Se queda en el aire unos segundos. Se arriesga.
Tarzán no lo hace así. Tarzán emite su grito característico, se balancea en una liana, se lanza aferrado a ella y se agarra a la siguiente sin soltarse ni una décima, ni una milésima de segundo, de la primera. Es un salto seguro. Lo único que puede fallar es la liana, pero esta es una mezcla de raíces, hojas y ramas que nacen en los brazos más altos de los árboles y, por tanto, parece muy improbable que no esté bien afianzada.
Alfonso Blasco siempre hizo lo mismo que Tarzán a la hora de saltar adelante, de dar un paso al frente en su carrera o en su trabajo: dar un salto seguro, pasar de una liana a otra sin soltarse de la primera hasta haberse agarrado a la segunda. La única diferencia es que Alfonso no emite ningún grito. Por el contrario, procura no darse a significar y hace su elaborado ejercicio en el mayor de los silencios.
NO REGRESES SI NO VUELVES RICO (CAP. 2 fragmentos)
El látigo restalló en el aire y las cuatro mulas se pusieron en movimiento casi al unísono, clavando las pezuñas del primer esfuerzo en la adoquinada calzada del malecón. Primero se oyó el ¡yaaaa, mula! Que Lisardo Concepción exhaló con un animoso empuje. Luego el grito se repitió cuatro veces y los cinco carromatos arrancaron de sus ruedas los aletargados quejidos metálicos de sus geométricos radios. Avanzaron hasta la salida del embarcadero donde el aduanero levantó su brazo y lo llevó hacia delante, señalando, al mismo tiempo, el camino de salida y su salvaguarda para que continuaran adelante. A lo lejos, aún se divisaba la mar y la hilera ordenada de los cayos.
– ¿Para dónde hoy? -preguntó al paso del primer carruaje.
– ¡Para Bemba!
– ¿Ya va por ahí la vía del ferrocarril?
No hacía falta contestar porque era la misma cantinela de la semana pasada. El aduanero entregó los papeles de rigor al carretero jefe y fue a cobijarse a la sombra de su garita. El sol apretaba de firme y la cercana mar arrastraba una brisa del norte que se metía en la tierra como un cuchillo, chocaba con la sierra y devolvía una humedad que hacía que los labios tuvieran sabor a salitre.
[…] Salvando las reticencias de los que no piensan y se anclan en la rutina, Lisardo Concepción le sacó un provechoso rendimiento a la capacidad de sus carromatos, hasta que los demás que intervenían en la cadena de los transportes se convencieron de sus aciertos. Cada sábado una factura para la empresa del ferrocarril y cada lunes el dinero del cobro en el banco de La Habana, con la orden permanente de transferir la mitad a la Isla de San Miguel.
Cada vez que iba a la capital visitaba a sus clientes y revisaba con ellos los envíos y la calidad del cumplimiento de su empresa de transportes. Algunas veces, después de aquellas visitas, iba a la tienda de siempre y se compraba un sombrero. Ya el tendero lo conocía muy bien y le enseñaba varios modelos que sabía que le gustarían. El sombrero era el símbolo del progreso y una vez que lo adquiría le daba un paseo por la ciudad.
EL PIE (CAP. 8 fragmento)
– Eso no tiene nada que ver con los milagros. Eso tiene que ver con las desgracias. El Cristo tiene el pie carcomido y en el pueblo nace una cabra con dos cabezas. Eso no es un milagro ,eso es un mal augurio.
Casilda Munira, la curandera del pueblo, lanzó aquella sentencia como quien lanza una soflama por un megáfono; enseguida se expandió aquella especie de veneno por el lugar y llegó a mucha gente. Luego, fue al cobertizo donde se mostraba el cabrito de dos cabezas al público, se arrodilló ante la valla y con hierbas, agua y unos sahumerios, lanzó unos rezados ininteligibles, tan largos y espesos que llegó a salivar y a echar espuma por la boca.
Casilda Munira tenía cierto predicamento entra las gentes del pueblo. Cuando alguien se descalabraba una mano o se levantaba de la cama con tortícolis o se le viraba el buche, no iba al médico porque sabía de antemano que le iban a vendar la mano, o le iban a poner un refajo y eso retrasaba la vuelta al trabajo del afectado. La gente acudía a Casilda que, con unos rezados, o unas sacudidas en los dedos y unas jaculatorias, la dejaba curada. Si la gente tenía tortícolis, le cogía la manos, le daba unas friegas en el cuello con un linimento especial, que el vulgo decía de cola de lagarto, y le daba un tirón del dedo medio de la mano derecha, cuando menos lo esperaba, y el cuello se le enderezaba en el acto. Y lo mejor para el buche virado era un mejunje de ginebra con limón y otros mejunjes que curaban el mal, y la gente salía de la casa de la curandera con ganas de comerse el mundo.
Por eso, mucha gente le hizo caso. Tanto, que el alcalde tuvo que tomar cartas en el asunto y hacer una prédica para que no estuviera la gente elucubrando cosas, que los hechos no tenían nada que ver el uno con el otro, que el Cristo tenía el pie carcomido desde hacía meses y que el cabrito con dos cabezas acababa de nacer ahora.