Estaba el buen obispo muy sentido
de las pobres ovejas de esta villa,
porque del triste caso sucedido
pensó que tenían culpa no sencilla:
mas viéndolas delante, conmovido
del natural amor con que se humilla,
no solo no mostró queja ninguna,
pero las abrazo de una en una.
Así como el pastor pisó de Yara
las verdes yerbas y pintadas flores,
alegres ojos y contenta cara
mostró de allí adelante á sus dolores.
Fué desechando de fortuna avara
el trabajo pasado y sin-sabores;
y así recuperó sin demasía
el gusto, la salud, y la alegría.
Sálenlo á recibir con re[g]ocijo
de aquellos montes por allí cercanos,
todos los semicapros del cortijo,
los sátiros, faunos, y silvanos.
Unos le llaman padre, y otros hijo;
y alegres de rodillas, con sus manos
le ofrecen frutas con graciosos ritos,
guanábanas, gegiras y caimitos.
Vinieron de los pastos las napeas,
y al hombro trae cada una un pisitaco,
y entre cada tres de ellas dos bateas
de flores olorosas de navaco.
De los prados que cercan las aldeas
vienen cargadas de mehí y tabaco,
mameyes, pinas, tunas y aguacates,
plátanos, y mamones’ y tomates.
Bajaron de los árboles en naguas
las bellas amadríades hermosas,
con frutas de siguapas’ y macaguas
y muchas pitajayas’ olorosas.
De birijí cargadas y de jaguas
salieron de los bosques cuatro diosas,
Dríades de valor y fundamento,
que dieron al pastor grande contento.
[…]
Oh Salvador criollo, negro honrado!
¡Vuelve tu fama, y nunca se consuma;
que en alabanza de tan buen soldado
es bien que no se cansen lengua y pluma!
Y no porque te doy este dictado,
ningún mordaz entienda ni presuma
que es afición que tengo en lo que escribo
a un negro esclavo, y sin razón cautivo.
Y tú, claro Bayamo peregrino,
ostenta ese blasón que te engrandece;
y á este etiope, de memoria digno,
dale la libertad pues la merece.
De las arenas de tu rio divino
el pálido metal que te enriquece
saca, y ahorra antes que el vulgo hable,
á Salvador el negro memorable.
Huye el francés aprisa á la marina,
y dentro del mar se arroja y abandona;
pero aun ahí los halla mas aína
la muerte que á ninguno lo perdona:
Van en su alcance Reyes y Medina,
y los demás sin esceptuar persona,
y en el agua les dan la muerte á nado,
que se puede decir maté ahogado.
Parten en un batel por el mar largo
cuatro franceses con lijera priesa,
que de la muerte fiera el trago amargo
al mas valiente quita la braveza:
pero Miguel Baptista como un pargo
á nado se arrojó tras de la presa,
y detuvo el batel en la bahía
con muy grande valor y valentía.
Salen en su socorro á vuelo y nado
Merchan y Melchor Pérez el brioso,
y Manso el negro, pero buen soldado,
con un su hermano que es valiente mozo:
llegan á donde estaba aquel pescado;
y cada cual soberbio y animoso
tirando muchos tajos y reveses,
rindieron el batel con los franceses.
En esto un español que por su suerte
viene por tango-mango del navio,
se echa á nado huyendo de la muerte,
que el miedo solo para huir da brío.
Mas Pedro de Velgara, varón fuerte,
que vio del español el desvarío,
tras él se arroja al agua, y alcanzólo,
y á cuchilladas lo rindió, y matólo.